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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Por una nueva modernidad

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 3 de junio de 2007, 02:07 h (CET)
“No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.

No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.”


Angela Figuera Aymerich

Todos los objetivos de la política seguida en España desde la transición política pueden resumirse en una palabra: modernización. Y curiosamente por unanimidad, todos los sucesivos responsables de esa política, han entendido como modernización económica, la profundización y extensión de las relaciones de mercado en la vida económica y social. Modernización y mercado han sido y todavía son, sinónimos en la política económica española.

El resultado final es que tras un largo y, para muchos, costoso periodo de ajuste que no parece tener fin, pues, cuando el anterior no ha concluido, se demanda la colaboración para un nuevo ajuste; la economía española ha conseguido liberar las fuerzas de mercado y éste está cumpliendo eficazmente su labor: promover la producción de bienes y servicios.

Del crecimiento del Producto Interior Bruto, del moderado éxito de la política antiinflacionista y de la tímida recuperación del empleo, se suele decir que si bien, se está lejos del cumplimiento de los objetivos, las tendencias apuntadas son las correctas, señalan el dinamismo, la mayor eficiencia y productividad de la economía española, y, en consecuencia, justifican la continuidad de la política diseñada. Al mismo tiempo se nos bombardea con algunos mensajes interesados y repetidos que probablemente seguiremos escuchando. Los salarios, se dice machaconamente, son los que provocan la inflacción, que nos hace perder competitividad y la mejor manera de ganarla es ofrecer costes salariales cada vez más bajos. La protección social genera marginación en lugar de solucionarla. El sector privado es quién produce eficientemente porque el público es un desastre. El empleo precario, hoy por hoy, es la única solución al problema de desempleo. Abaratar el despido es fundamental para la estabilidad del empleo... Hay otros mensajes también muy repetidos, y todos ellos, nos recuerdan una frase de una maravilloso personaje de L. Carroll, “Lo he repetido tres veces, luego es verdad”.

No obstante, la aparición o ampliación finalmente de graves desequilibrios en la marcha de la economía española ha ensombrecido en buena medida la aparentemente buena evolución y ha funcionado como un toque de atención de la política económica llevada a cabo.

En definitiva, a los grandes problemas que afectan a muchos ciudadanos como la falta de empleo y el déficit de prestaciones sociales, bienes públicos e infraestructuras, se han sumado, otros nuevos, como la inestabilidad laboral y el deterioro de los servicios colectivos. A ello hay que añadir la percepción general de que el crecimiento económico sólo ha beneficiado a unos pocos. de que la renta estaba tradicionalmente mal repartida en nuestro país, pero que la generada en los últimos años no se ha distribuido mejor.

Todo ello lleva a la conclusión de que el crecimiento de la productividad contable no es sino un espejismo que oculta que la productividad en términos de bienestar de la economía española no está creciendo, en el mejor de los casos, al ritmo deseado.

De cara al futuro, la modernización económica debiera ser entendida como la profundización y extensión de los derechos sociales a partir de la potenciación de la producción de bienestar bajos criterios de participación y calidad. Un nuevo tipo de modernización viable para este país en los años futuros bajo el contexto de la transnacionalización, la realidad del cambio sociotécnico y la ampliación y diversificación de las demandas de calidad de vida y bienestar de los ciudadanos y trabajadores de este país.

Los primeros años del siglo XXI pueden ser una oportunidad para consolidar el Estado de Bienestar en el seno de una sociedad también de bienestar. Y es que, como dijo el poeta: “Nunca es tarde para hablar de estas cosas”.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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