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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El deterioro de la cohesión social

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 12 de abril de 2007, 23:35 h (CET)
“¡Ay de aquellos que no comparten
el pan y la esperanza!”


Salustiano Masó

Hay cada vez más sociólogos que sostienen que el trabajo ha dejado de ser la actividad que convierte a los individuos de una sociedad en miembros de ella. Pero en modo alguno ha perdido toda su fuerza identificadora; cuando se pregunta a una persona desconocida por su identidad social, se sigue sobreentendiendo que se le pregunta por su actividad laboral. No muy distinto es el significado de la siguiente pregunta en contextos más desenfadados: “¿Tú estudias o trabajas?”

Si el hecho del trabajo continúa siendo un hecho constitutivo de la identificación social de los individuos en las sociedades modernas y se da por obvio que es un elemento confirmador de las mismas, es evidente que la imposibilidad de acceder al mismo es, para los individuos afectados y para la sociedad en su conjunto, un problema que va mucho más allá del hecho de que esos individuos tengan dificultades para disponer de los medios materiales necesarios para su vida.

Y está, además, la cuestión de la relación entre trabajo e intercambio social. No sólo se supone que todo miembro de la sociedad se define a partir del trabajo sino también que todos ellos perciben a cambio una compensación justa y proporcional por su actividad productiva; de otro modo el orden del trabajo perdería legitimidad. Esto último es lo que está empezando a acaecer en España con claridad desde mediado de los años ochenta no sólo un porcentaje elevado de quienes desean trabajar no logran hacerlo, sino que la compensación económica entre quienes lo hacen se produce en medio de desigualdades imposibles de justificar ni siquiera en términos meritocráticos. ¿Cómo es posible justificar socialmente que haya personas que en una sola operación financiera logren hacerse con un capital que cientos de trabajadores no lograrían reunir a lo largo del trabajo de toda su vida? ¿No reducen estos hechos a la nada toda la legitimidad social construida en torno al trabajo?

El mantenimiento y la acentuación de los efectos desintegradores deslegitimaría el orden económico de mercado y el orden social correlativo (la sociedad de mercado) hasta poner en peligro su existencia. Pero difícilmente la necesaria integración social puede venir del agente que la causa. Únicamente podrá venir de un agente exterior capaz : el Estado. Y ha sido el Estado quien ha venido salvando al capitalismo de sí mismo y le ha conferido legitimidad. El último avatar histórico de esta intervención del Estado en favor de la legitimación de la economía de mercado y de sí mismo ha sido el Estado del Bienestar.

El problema es que la legitimidad no se alcanza de una vez para siempre. Los últimos veinte años nos están deparando un claro tránsito desde un momento social en que el Estado jugaba un papel sustancial en la economía y en la relación entre empresas y trabajadores a otro en el que la palabra corre cada vez más por cuenta de la lógica de mercado. Pero ello supone una vuelta atrás en los derechos sociales colectivos. ¿No se estará entrando, aunque se pretenda lo contrario, en el camino de la deslegitimación del orden social tal y como se está configurando? ¿No se encuentra aquí una de las razones fundamentales del descrédito creciente de lo político (y de los políticos)? Da la impresión de que lo político está dejando de cumplir la función que venía cumpliendo. Y lo que es evidente es que lo que en el presente está en juego no es sólo una política más o menos correcta para la recuperación del empleo; lo que está en juego es todo un modelo de articulación de la sociedad. Y como dijo el poeta: “¡Ahora, siempre, es tiempo!”

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