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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Democracia, otra cara

Marino Iglesias (Gijón)
Redacción
viernes, 6 de abril de 2007, 13:20 h (CET)
Sin duda, en occidente, ha de ser extraordinariamente difícil aplicar un sistema de gobierno distinto a la “democracia” en los países que la tienen establecida, e igualmente difícil la subsistencia para las “dictaduras” en ejercicio. La interdependencia entre naciones es tal, que la Confabulación Occidental de Vivos impiden lo uno y condenan a la miseria a quines viven – o padecen - lo otro.

Es lógico rechazar la dictadura, entre otras cosas, porque – de poder desenvolverse sin presiones exteriores – al estar concentrado el poder en un individuo, el régimen resultaría tan bueno o tan malo como el individuo lo fuera y, dada la condición general del ser humano, la posibilidad – al igual que en la lotería – de llevarse “el gordo” sería mínima. Pero, claro está que, lo verdaderamente determinante, es que quienes manejan el poder – políticos y comunicadores, o lo que sean los que escriben y publican – lo usan para hacer del señor – el pueblo – un servidor. La “democracia” el campo de cultivo idóneo; un caldo tonificante también para malandros y alborotadores de toda índole.

Divide y vencerás, así de sencillo, esta es la técnica. ¿De qué otra forma sino podrían doblegar el poder del pueblo? ¿Se imaginan un pueblo unido y con dos dedos de frente? Por ejemplo: Como a mí le ha pasado a casi toda la clientela de la Seguridad Social, nueve horas de espera en urgencias, diez meses de espera para una resonancia magnética... Como le ha pasado a casi todo el mundo, todo el mundo lo sabe. Como yo, todo el mundo habrá visto a la administración tirar nuestro dinero en obras innecesarias y muchas veces disparatadas. Luego, sí hay capacidad de financiación. Todo el mundo ha visto desde hace mucho tiempo protestitas, marchitas y otra serie de huevonaditas de este tipo propias de un pueblo, cuando menos, dividido, y que, por supuesto, han dado cero como resultado. Pero ¿qué pasaría si se produjera un paro nacional, total, para demandar solución a esta y a otras cuestiones? Muy fácil adivinar el resultado, creo yo.

En esta bendita “democracia” española se pueden producir hechos tan disparatados como el que la división sea causa de un objetivo común, y en esa estamos: La oposición, hace oposición, y el gobierno ha hecho suyo todo lo demás con el objetivo fundamental de cargarse a la oposición. De manera que todos en la misma función: Oposición. La oposición oponiéndose al gobierno y el gobierno oponiéndose a la oposición ¿Y quién coño gobierna? Pobre España.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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