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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Violencia de género

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 22 de marzo de 2007, 11:26 h (CET)
En el año 2005 cuando el gobierno promulgó la exigente ley sobre la violencia doméstica daba la impresión que se empezaba a navegar por un nuevo rumbo esperanzador. Casi dos años después los juzgados se han inundado de casos de abusos a esposas, compañeras o ex. A la vez se ha incrementado el número de mujeres que han muerto en manos de sus compañeros. La ley que entró en vigor en enero de 2005 endurece las penas contra los violentos, provee una mejor asistencia social a las mujeres afectadas y crea juzgados especiales para combatir este tipo de violencia. Los medios de comunicaciones hacen eco de multitud de testimonios femeninos que denuncian la violencia que sus compañeros ejercen sobre ellas. Margarita ha sido maltratada por un profesor universitario de ética desde el comienzo de su matrimonio que ha durado catorce años. Después de quedar embarazada de su primera hija, la violencia se hizo insoportable. No presentó su primera denuncia a la policía hasta pasados seis años de convivencia.

Son numerosos los relatos escalofriantes.

El problema no es estrictamente español. En lo que de año (30-11-06), en España han muerto 61 mujeres. En Francia 95. En Inglaterra cada semana brutalmente mueren dos. El problema es tan grave que España ha dictado una ley muy completa.

En Madrid se reunieron representantes de la unión Europea para diseñar una campaña contra la violencia doméstica. A pesar del esfuerzo legislativo que se está haciendo no es suficiente con legislar para resolver el problema que tanto dolor ocasiona. Eva Suárez, representante de Amnesty Internacional ha dicho que “la ley es un gran paso hacia delante. Queda, pero, mucho que hacer antes de que los derechos que las mujeres tienen sobre el papel se hagan realidad”.

La legislación española para luchar contra la violencia doméstica fue escogida este año por el Consejo de Europa que organizó la conferencia de Madrid. En su último esfuerzo para garantizar los derechos de las mujeres en Europa, el Consejo utiliza la conferencia como un trampolín para su Campaña para Combatir la Violencia contra las Mujeres, incluyendo la Violencia Doméstica. Con la Campaña que durará hasta marzo de 2008, el Consejo espera despertar sensibilidad, incitar a sus estados miembros a presentar resultados concretos y, promover la implantación de medidas efectivas para prevenir y combatir la violencia contra las mujeres. La legislación española, ¿forma parte de este proyecto?

Ana Herranz, trabajadora social que dirige el programa Mujeres Maltratadas del Instituto de la Mujer de Madrid, dice. “Antes, no se daban medidas concretas para las víctimas de la violencia doméstica. Ahora se da el hecho de que puedes denunciar a tu maltratador y pedir una orden de alejamiento, y que el hombre tenga que dejar el domicilio, es un cambio importante”.

A pesar de que se tiene más conciencia del problema, no ha disminuido el número de mujeres que denuncian malos tratos, todo lo contrario, aumenta considerablemente. Ángeles Álvarez, que dirige el grupo especial de la Fundación Mujeres de Madrid, afirma: “Hemos visto cuadruplicar durante la pasada década el número de mujeres que presentan denuncias, aún cuando el número de muertes sólo ha crecido un poco. Así que la situación ha mejorado”.

A pesar de ello se dan fracasos evidentes. El treinta por ciento de mujeres muertas durante el 2006 habían presentado denuncias contra sus compañeros. El hecho de que el peaje en muertes en nuestro país sobrepase el de los años anteriores a la implantación de la ley que defiende a las mujeres, nos hace pensar que dicha ley no se ejecute adecuadamente. Ángeles Álvarez asegura. “No hemos visto una aplicación real de las órdenes de alejamiento. Sin ejecución, las órdenes no tienen ningún valor”.

Ana Eisman, una de las 260 funcionarias judiciales que a primeros de noviembre de 2006 hicieron una protesta por las “intolerables” condiciones laborales, dijo: “El gobierno no previó los problemas que acompañarían la aplicación de la nueva ley, a nosotros, los funcionarios nos han explotado. Se supone que nuestro turno finaliza a las 3 de la tarde, generalmente tenemos que quedarnos hasta las 7”.

Soledad Cazada, fiscal del tribunal de la violencia doméstica de Madrid asegura: “Hemos de educar y reeducar a toda la sociedad. Hemos de aprender a crecer en la igualdad”. Margarita, el testimonio presentado al inicio de este escrito y que hace tres años que se ha liberado de su torturador afirma que queda mucho trabajo por hacer, al decir: “La violencia doméstica hoy es un crimen. Esto no resuelve el problema. La ley es más palabras que realidad” ¿Se puede poner fin a este problema que provoca tanto sufrimiento?

Le oí decir al prestigioso filósofo Xavier Rubert de Ventós y excelente orador que la violencia de género es un atavismo de nuestro pasado animal de hace millones de años. Según esta teoría, la violencia de género es la consecuencia de unos genes que se mantienen agazapados en nuestro código genético y que sin más ni más pasan a ocupar un primer plano, impulsando a hacer barbaridades en quienes tienen la desgracia de que tal actividad acontezca. De acuerdo con esta filosofía el problema de la violencia contra la mujer es inevitable, a menos que los genetistas sean capaces de aislar a estos invisibles monstruos que provienen de nuestro pasado antropoideo y extirparlos de nuestro ADN. No creo que lo consigan.

En contraposición a la teoría evolucionista que remonta al ser humano hasta una etapa animal, se presenta el creacionismo que nos separa radicalmente de esta procedencia. Lo único que tienen en común el animal y el hombre es que ambos hemos sido fabricados de “barro” La Biblia presenta al hombre como una creación especial de Dios en estado de perfección. Los males que padecemos, entre ellos el de la violencia de género, son fruto del pecado, virus espiritual que ha contaminado nuestro comportamiento moral pero que puede neutralizarse. La sangre de Cristo es el antídoto que extermina el pecado y, con ello, la agresividad contra la mujer.

Si creemos que nuestros orígenes se encuentran en alguna especia de simio, no tenemos nada que hacer. Tan sólo esperar a que nuestros genes que conservamos de nuestra existencia prehumana nos jueguen una mala pasada y nos muevan a exteriorizar nuestros impulsos animales adormecidos. Por el contrario, si consideramos que somos criaturas de Dios hechas a su imagen y semejanza, tenemos la oportunidad de hacer un acto volitivo que nos acerque a Dios que en Cristo Jesús elimina el pecado causante de los desmanes que los hombres cometemos contra las mujeres.

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