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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La España de los tercios

José Carlos Navarro (Mérida)
Redacción
lunes, 26 de febrero de 2007, 12:01 h (CET)
Los famosos tercios de Flandes que en el Imperio de Carlos I su hijo Felipe eran un ejercito de hacer política de Estado, en la actual los tercios estadísticos arrojan conclusiones desalentadores. Cercanos al tercio de la población apoyaron el Tratado de Constitución Europea y el Estatuto catalán. Un tercio apoyó y coincidió en su apoyo al Estatuto andaluz. Publica la EPA que en Extremadura uno de cada tres asalariados trabaja en el sector público (le siguen Castilla-La Mancha, Castilla y León, Cantabria, Asturias, Galicia y Andalucía), siendo la que mayor proporción de trabajadores públicos tiene sobre el total nacional del 17,7% . Casi un tercio de la población activa extremeña que mantiene a las familias depende económicamente de las administraciones locales, autonómicas o nacional, constituyendo los tercios de esta comunidad autónoma. Evidentemente en el extremo opuesto por debajo de la media nacional se sitúan Cataluña (12,6%), Valencia (12,9%), Murcia (15,5%) y Madrid (17,3%).

Cierta relación de proporcionalidad que existe en que mientras mayor proporción de asalariados públicos tienen la Autonomía menor es su P.I.B. De hecho Extremadura por debajo del 70% P.I.B. europeo medio (Madrid es superior al 125%) tiene 2,2 asalariados del sector privado por cada funcionario, frente a la media española del 4,6. Es indudable que estos tercios en sus distintas variantes deciden el alta proporción como se rigen los destinos de las comunidades y del conjunto de España. Los tercios de Flandes se manejaban con picas; los tercios funcionariales se mantienen únicamente con dinero público.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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