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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La CEI en proceso de desintegración

Alexander Pogorelski
Redacción
lunes, 26 de febrero de 2007, 11:34 h (CET)
De examinar a fondo el espacio postsoviético, dudosamente se podrá percibir en éste una realidad socio-política.

¿Qué es lo que existe de hecho? Hay un club de parientes en que las relaciones de parentesco ya dejaron de existir y no revisten importancia alguna, pero se mantiene la tradición de “expresar sus respetos a la abuela”, como suelen decir en Odesa. De vez en cuando la costumbre se impone, los parientes se reúnen, y de paso sablean un par de rublos a un tío rico o a la abuela, mientras que dos sobrinos menores acuerdan crear una empresa conjunta. Lo malo es que la anciana tiene amargo carácter, secuela de lo sufrido. Ella se siente ofendida a cada rato, tiene ataques de histeria e intenta inmiscuirse en la vida de sus parientes menores. La situación se ve agravada porque a ella le tocó parte apreciable de la herencia familiar dejada por el “abuelo”: Lavrenti Beria, omnipotente jefe del KGB en los tiempos de Stalin. Por eso en sus reuniones los parientes escuchan en silencio, a regañadientes, el tono aleccionador de la “abuela” apenas conteniendo el malestar que esto les causa. Me he visto obligado a recurrir a esta imagen para hacer llegar mejor lo que representan hoy las cumbres de la CEI (Comunidad de Estados Independientes). Es una buena tradición que todavía se mantiene. Así se rinde homenaje a aquellos dolores ilusorios afectando a la generación que recuerda aún la Unión Soviética y siente cierta nostalgia por el pasado.

Entretanto, los 15 años transcurridos desde la desintegración de la URSS han demostrado: no hay que reanudar amistades perdidas, sino buscarlas allí donde se pueden hallar. La experiencia de los Estados democráticos, sin evaluar la eficiencia de la Comunidad, a la que, además de los países de la CEI, se incorporaron algunos antiguos países de democracia popular de Europa Oriental, señala el camino hacia una nueva comunidad que rebasa las fronteras de la ex URSS, las que en realidad han perdido su significado. Precisamente en una configuración geográfica y política distinta, el desarrollo de la integración podrá ser más eficiente. Actualmente, los límites de la CEI frenan este proceso. Y precisamente Rusia es el obstáculo principal en esta senda. Sus enormes dimensiones, las diferencias colosales en recursos y en desarrollo económico existentes entre algunos territorios, crean un cúmulo de problemas. Por esto en las relaciones Rusia-CEI ya no tiene sentido aplicar el principio: “un país, un voto”, porque Rusia y sus partenaires son dos conceptos inconmensurables. Fíjense: cuando se creaba la Unión Europea los países que la integraron fueron distintos, pero tuvieron un potencial aunque desigual, al menos afín por sus índices convencionales. Pero en nuestro caso, las diferencias entre Rusia y sus vecinos son enormes.

Aunque, a primera vista, no sólo en Rusia, sino también en varios países de la Comunidad se registró un crecimiento económico, no hay que olvidar que en el espacio postsoviético éste se debe principalmente al boom petrolero y gasífero. Todos los países del área que no extraen ni refinan petróleo ni gas, viven a costa de la demanda energética, es decir, de los mercados abiertos, los torrentes migratorios, etc. Está claro que es una fuente muy insegura de desarrollo y no se puede ensalzar lo que sucede: bien se sabe que cada boom tiene su fin.

Unas palabras más sobre Rusia como factor desintegrante. Últimamente, a mi modo de ver, en sus relaciones con los países vecinos Rusia recurrió al “método de saboteador”. Existía la “escuela Altschuler”, autor del libro “Así se hacen los inventos”, que ofrece el “método de saboteador”: a un grupo de inventores se les propone convertirse en “grupo de saboteadores” que “se infiltran” en una empresa concreta con el fin de elaborar e introducir elementos de las tecnologías capaces de provocar frecuentas averías e intermitencias en el trabajo de su maquinaria. Sin embargo, siempre se pone en claro que la mayoría de métodos nocivos fueron aplicados en la producción por los propios trabajadores.

Esta situación precisamente se observa ahora en las relaciones de Rusia con sus partenaires de la CEI. No se escatimaron esfuerzos por crear con tamaña maestría el “cordón sanitario” en torno a su propio país. Para hacerlo, los adversarios foráneos de Rusia tendrían que empeñar ingentes esfuerzos y gastar fuertes sumas de dinero.

Naturalmente, el proceso sigue un camino tortuoso. Sin embargo, salta a la vista la altanería de la nueva élite rusa alentada por el boom petrolero. Se mantienen las ambiciones imperiales y se emprenden intentos de reducirles a todos a la condición de “hermano menor”. Pero desde hace mucho las nuevas élites de los Estados soberanos son dueños absolutos deseosos de administrar sus respectivos países a su manera. De un modo u otro, en el espacio postsoviético se están formando naciones nuevas y desestimar ese proceso significa desestimar la realidad, crear problemas de gran calada para su propio futuro y, lo que es principal, perder amistades. Sí, se puede imponer el diálogo, pero no el amor ni la amistad. Recurriendo a la violencia, en lugar de las estables relaciones de consocios, podrá surgir algo distinto, inestable e innecesario.

Procede señalar que el supeditar la política a la economía, lo que se observa hoy en algunas acciones de política exterior de Rusia es, al parecer, un error garrafal. Insistimos en que vendemos los agentes energéticos a precios bajos, que mantenemos a algunos Estados postsoviéticos. Por lo menos, los hemos mantenido y es verdad a costa de los precios bajos que Rusia cobraba a sus consocios. El gas ruso representa solamente el 25% del gas consumido por Europa. No obstante, el precio del gas vendido por los europeos, pese a lo complejo que es su formación, se compagina con los precios establecidos para el gas extraído en el Mar del Norte y con los precios de otros productores de hidrocarburos.

Sería erróneo desestimar el precio de mercado. Es cierto que los precios fueron rebajados y hemos subsidiado a algunos vecinos. Sin embargo, hay que definirse al respecto. Con frecuencia, muchos países postsoviéticos, debido a su antigua integración a la economía de la URSS y que actualmente se atienen a distintas vías de desarrollo independiente, son económicamente impotentes. Por esta razón, hemos de decidir quién los va a subsidiar en lo sucesivo. Si Rusia se niega, siempre habrá quien lo haga. Entonces no hay que quejarse de que los radares o misiles del bloque militar occidental puedan acercarse a nuestras fronteras. Estoy convencido de que todos los países postsoviéticos optarán por una vía normal de desarrollo, pero, por el momento, necesitan dotaciones que sin duda recibirán de alguna otra fuente. La cuestión de apoyo de las economías de los países agrupados en la CEI es cuestión de influencia de Rusia en el espacio postsoviético.

En muchos aspectos, no es correcto comparar la CEI con la UE. Hemos de comprender que los países de la UE recorrieron un camino de más de 60 años para alcanzar el nivel actual de integración. Fue un proceso muy complicado y apoyado activamente desde fuera: por EE UU. El camino que tendrán que recorrer Rusia y otros países de la ex URSS será mucho más escabroso. Pero no surtiría efecto echar la mirada retrospectiva al pasado ni rendirle homenaje en forma de conservación de la CEI. Oteando el futuro, se perfila un determinado rasgo positivo: de un modo o de otro, en el espacio de la antigua URSS se constituirán alianzas económicas sobre principios reales. El sistema en proceso de formación se verá completado con relaciones en los ámbitos humanitario e informático. Pero en la fase inicial esa infraestructura podrá desarrollarse sobre la base de intereses económicos comunes e, indudablemente, teniendo en cuenta la comunidad de sus respectivas culturas y la mentalidad afín. A mi modo de ver, el futuro pertenece a una alianza nueva de los países étnicamente afines de Europa Oriental y no obligatoriamente en el marco de la antigua Unión Soviética, ya que es demasiado grande la diferencia mental entre los pueblos de los países postsoviéticos. Tal alianza no surge por sí sola. Pasarán decenios antes de que esta sea creada. Pero tal es la perspectiva real.

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Alexander Pogorelski, director del Instituto de Europa Oriental, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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