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Opinión
Etiquetas:   Filosofía   Reflexiones  

Trayectorias del disimulo

“Hay que apagar el exceso antes que el incendio”. Heráclito
Rafael Pérez Ortolá
martes, 13 de octubre de 2020, 09:56 h (CET)

Se suceden una barbaridad de cambios, es evidente; en lo pequeño y en lo enorme, el tamaño ya no es lo importante. La gama de repercusiones recoge todo el espectro, incluidos los extremos. Las especulaciones sobrepasan atropelladamente a las afirmaciones rotundas. La inestabilidad del conocimiento estimado dispersa las nociones consideradas firmes hasta el momento.

El RIGOR de las valoraciones actualizó también su talante al son de la época. Las fijaciones anteriores quedaron obsoletas, removidas por el dinamismo de los saberes. El rigor, ahora no para quieto, ejerce con un aleteo constante en persecución de las metas intuidas como reales y esenciales; aunque a la vez, imprecisas y un tanto enigmáticas. El reto es apasionante.

Primero vivimos y a continuación quizá pensemos. Lo de los fundamentos barajados exige un tratamiento con mayor profundidad. Como es innegociable la existencia comunitaria en alguna de sus múltiples maneras, resulta relevante tomar en consideración las aportaciones de cada sujeto según sus cualidades. Suele producirse un desajuste importante, fácil de comprobar a diario en los ámbitos actuales. Abundan los testigos de cuanto acontece, estaban presentes alrededor de las diversas actuaciones; por eso destaca el pequeño número de quienes ofrecen su TESTIMONIO sincero en cuanto a colaboraciones efectivas y responsables. El escaqueo de los simples testigos es empobrecedor.

El picoteo se ha extendido a las manifestaciones sociales. De la gastronomía hemos pasado a los funcionamientos comunitarios. Probar de todo en pequeñas dosis, no hincarle el diente a nada en profundidad, agitando el cotarro con un amplio muestrario cambiante. A estos hábitos los denomino protagonismos de APROXIMACIÓN, detenidos en la superficie y ocultando carencias. Surgen expertos del Covid-19 al mes de conocerse la epidemia; naturalmente, no preguntemos por fundamentos. Eruditos, ceñidos a sus sectarias apreciaciones, huidos de las versiones contrapuestas. Aventadores de responsabilidades, pese a ser los gestores de los hechos examinados.

Revolotean y proliferan.

Al parecer hemos perdido la actitud ingenua predominante en otros tiempos; sin desvelar por otra parte la comprensión total de vida y acontecimientos. La fascinanción se incrementa con los rincones misteriosos, con el quiebro de los ocultamientos. En esas entreveras radica el EMBRUJO de ciertas actuaciones. En la comunicación a través de las palabras, funcionan el saber, los engaños, las relaciones humanas, con ese porcentaje desconocido e inquietante. A su embrujo se añaden otros muchos, desde la tecnología a las estrategias desarrolladas. Siempre acaba favorecido el carácter ambiguo de sus pulsaciones, expuesto a la espontaneidad intuitiva, el intento benefactor o los matices de la prevaricación.

El orgullo unido a la prepotencia, genera peligrosas situaciones de conflictos sociales; la persistencia en esas raíces petulantes acaba por desintegrar las ideal del conjunto si no se le pone freno. En esa posición no se atiende a razones, es imposible la cohesión razonada de sus miembros. Así es muy difícil el enlace de las tareas orientadas a la mejor compresión de cara a la convivencia. Una de estas distorsiones ha surgido como una llamarada desde algunas brasas antiguas. Me refiero al ANACRONISMO agresivo, ocupado enla pretensión de juzgar lo sucedido en cualquier época según las ideas actuales. Son actitudes totalitarias, de una impertinencia fuera de tono, además de impotentes ante lo que fue.

Ni la astucia, ni sabiduría ni leches, estamos inmersos en la realidad de la diversidad apabullante con su ajetreo absorbente. A la hora de pensar y decir, ver y saber, actuar o desistir, el tropiezo con las limitaciones nos acogota. Las actitudes rutinarias transcurren, pero sin ningún soporte medianamente elaborado; la mera sucesión de las actitudes sólo contribuye a la desorientación progresiva. Ya desde el universo freudiano se habló del FORZAMIENTO del pensar, como una necesidad perentoria para atemperar las condiciones de vida. Su desprecio conduce a las prácticas impulsivas, adornadas por los caprichos de las fuerzas establecidas, sin permitirnos derecho de réplica.

Las trayectorias disgregadoras son muy expresivas en los diferentes sectores de la actividad social. Veamos el ejemplo de la MEDICINA. Cuando suele decirse que es un arte, sale a relucir algo de esto. Los vericuetos administrativos están implicados en la manera de llevar a la práctica sus menesteres, pero son añadidos al núcleo de la cuestión. La frialdad de las tecnologías, siendo importante, renquea en cuanto se postula como dogmática. El entrenamiento profesional tampoco puede quedar aislado, ni las buenas intenciones son suficientes. Los disimulos desbarran. El arte exige la integración de los elementos disponibles, incluidos los humanos sufrientes como primer eslabón sustancial.

El significante de cualquier reacción de los humanos es contingente y arbitrario, sin duda; sobre todo porque deriva de las apreciaciones subjetivas, cada cual lo valora a su manera. Después vendrá si coincide o no mucha gente en la misma consideración. Visto desde los autores de la manifestación original (Declaraciones, hechos concretos), de manera similar, el criterio es subjetivo en orígen. El carácter SOLAPADO de las estrategias es casi obligado, por debajo de las apariencias. Por lo tanto, están fuera de lugar las afirmaciones contundentes, ni los propios protagonistas conocen todos los factores involucrados. La franqueza objetiva es un ente figurado al cual nos aproximamos.

Las contradicciones son inevitables en la sociedad. He insinuado las enormes influencias de factores subyacentes, aún con las mejores intenciones de los intervinientes. Más que una sospecha, palpamos la evidencia de la dificultad para construir una sociedad orientada al bien común. No queda otra, estamos forzados a convivir con los abundamientos del egoísmo expresados en el colectivo. Nos enfrentamos a la tragicomedia del FINGIMIENTO, como práctica habitual en la convivencia. No es un fantasma impalpable, como bien observamos a diario. Las teorías sucumben bajo su capa encubridora, bien adobada con la credulidad y colaboracionismo de las propias víctimas.

También disimulamos si no testimoniamos frente a esos fingimientos cuando los percibimos con claridad. De donde se deduce la insuficiencia de la simple percepción, porque deja el espacio libre a la confusión de los fingimientos mal encarados. Tras la pertinente denuncia pública, precisamos de una respuesta coherente, dispuesta a la mejor FRANQUEZA colaboradora, sabedores de la iniciación de tareas sin fin, con el ánimo dialéctico constructivo. Al disimulo inevitable se le pueden conferir matices de honradez.

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