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Opinión
Etiquetas:   Filosofía   Literatura   Psicología  

¡Vaya perplejidades!

Barbaridades truculentas, de las que no hacemos caso y así nos va
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 21 de agosto de 2020, 09:07 h (CET)

Suponen un reto continuado a la vitalidad natural. Quedamos absortos, sin palabras, ante las asombrosas realidades, las dudas, los saberes, las fantasías y los engaños; las querencias tropiezan ante obstáculos insalvables. Desde la sencillez cotidiana a las cuestiones complicadas, nos surten de abundantes retos de este calibre. Bergman nos señaló uno de estos enfrentamientos radicales en “El séptimo sello”. Cuando la muerte se pone delante, la tensión nos deja perplejos, cómo la entretengo, quiero saber el contenido del paso siguiente; pero se acaba la cuerda y será imposible continuar el diálogo si no me acepta una partida de ajedrez pensando mucho las jugadas. La perplejidad adquiere carta de naturaleza.

Estaremos de acuerdo en el carácter subyugante de las matemáticas, de la exactitud de sus medidas ejemplares; el recuento de las provisiones, las cuentas corrientes, las distancias o los movimientos, pueden así adquirir consistencia. Sin sus cálculos quedaríamos muy desprotegidos en los numerosos avatares con notables carencias de cara a los proyectos. Detrás de esas verdades, descubrimos pronto con el consiguiente desengaño, la doble cara de los números, provocadores también de peligrosas inconveniencias. Mentiras basadas en el número de apoyos, no todo se puede medir, las mediciones dependen de la orientación de sus fines; nos plantean el asunto en serio, hay que afinar en las actitudes adoptadas.

La capacidad de raciocinio nos caracteriza como especie, o sería más acertado decir, es una característica más a considerar. Una valoración descubridora de senderos alambicados conducentes a realidades bien diferenciadas. Los senderos del pensamiento aislado de una persona, sin ningún apego por el pensar ajeno. Su polarización detrás de ideas determinadas, como si no hubiera otras. Con derroteros fantasiosos intolerantes, incluidos los procederes irracionales desastrosos. El potencial emancipatorio de la razón acaba por situarnos ante una cruda perplejidad, al situarnos ante la propia responsablidad. Echaremos en falta los razonamientos pertinentes para desfacer entuertos.

El conjunto mundano reúne una serie de componentes peculiares en su estado natural; inestable y sometido a ciertas reglas de funcionamiento. Cada uno de los elementos de ese conjunto es portador de unas propiedades; como no podría ser de otra manera, así sucede también con los humanos. Aunque pudiera venirnos bien, no traemos aparejado el libro de instrucciones, nos vemos obligados a intuirlas sobre la marcha, sin pasar de las conclusiones inestables.

Portadores de notables particularidades, esa reunión constituyente de la naturaleza propia, junto a sus maravillas y penurias, nos mantiene en la confusión al notar la carencia de manuales, con la consiguiente exigencia del posicionamiento personal.

En el trasunto de los aconteceres cotidianos, surge con frecuencia eso de no hay salida o nada podemos hacer. La frustración suele generar esos tapones. Aunque persiste el gusanillo tenaz de rebuscar en lo imposible; es muy suyo aceptar los argumentos a su manera, sin descartar el invento de nuevas fantasías resolutivas. Nadie responde de cual vaya a ser el final de todas esas aventuras. Ahí se mantiene terca la esperanza, ilusoria o engañosa, como parte esencial de nuestros procedimientos. Alguien dijo que esa espera formaba parte del tormento. Sin ella sucumbimos y con su estímulo seguimos afrontando los enigmas vitales. Corremos el riesgo de un aturdimiento paralizante.

El incremento de la población es un hecho evidente, sobre todo en determinadas zonas, en las cuales llega a provocar serios problemas. Los medios de comunicación han progresado lo indecible. Estamos sometidos a la saturación por los mensajes recibidos y la capacidad de viajar es inmensa. La pluralidad de contactos es ilimitada. En ese ambiente general, destaca sobremanera, nos deja perplejos, la tenebrosa esfera de la soledad, extensiva a gran número de personas. Incluso en los ajetreos con gente abandonada, los niños en muchas de sus actividades, en lo referente a los debilitados por sus achaques o los marginados; sacan a colación las muchas formas del desentendimiento entre las personas.

Coincidirán conmigo, uno de los asuntos manoseados hasta la saciedad en fechas recientes es el de las noticias falsas, como si fuera cosa exclusiva de este momento. En este sentido somos unos incurables inveterados. No obstante, si lo examinamos con cierto detenimiento, el verdadero atolondramiento, anonadados del todo, derivaría más bien de las verdades ofrecidas por los entornos. Con un muestrario variado de caraduras en plena acción, apareciendo los verdaderos comportamientos de los líderes políticos, así como la aspiración muy patente y generalizada a la mediocridad; junto a otras muestras, constituyen una expresión fidedigna de las actuaciones emprendidas.

Me hace gracia la greguería de Ramón Gómez de la Serna: “Las moscas son los únicos animales que leen el periódico”. Porque, salvando las distancias y con un toque humorístico respetuoso, diría que los expertos son los únicos que leen la realidad cotidiana, pero de igual forma, desentendiéndose cada vez más de una presencia fundamental en cuanto acontece; la de las personas, con toda su carga de sufrimientos, emociones y sensibilidades, tan difíciles de medir. De semejante desliz reiterativo, quizá resulte una explicación convincente del reconcomio de insatisfacción burbujeante por los interiores de las personas, incluidos paradójicamente los entendidos en acción.

Los fines de nuestras acciones siguen múltiples orientaciones. Apegadas a las necesidades materiales, encaminadas al trato y consideración de los demás, forjados a base de la imaginación de cara al futuro con insospechadas proyecciones. Las distintas finalidades están sujetas a un dinamismo pleno de condicionantes y consecuencias. Acaban fraguando una maraña sujeta a continuas modificaciones. Esa ausencia de bases sólidas impide fijar las posiciones, pero seguimos acuciados para la toma de decisiones, sin la posesión de todos los indicadores. Abocamos así a la perplejidad diaria ante el discernimiento,, casi convertida en rutina por su continuidad, sin disminuir un ápice de su importancia.


Por último mencionaré esa terca perplejidad reduccionista de fijar las posiciones en torno a un positivismo a ultranza, como un nuevo dogmatismo irracional. Si asumimos esa capacidad de dictamen absoluto, a sus detentadores les conferimos una posición preeminente sacada de una supuestas propiedades de su yo; mientras niegan esas cualidades. El positivismo a tope debería detectar esa realidad fuera de su órbita. El reto subsiste sin visos de solución, transformado en un verdadero elemento constitutivo; el dilema sigue planteado.

A las mentalidades estrechas sólo se les vislumbra el camino de ser arrastrados por las corrientes. La vitalidad existencial radica en poner el bagaje personal en plena corriente. Con las aportaciones y vivencias oportunas.

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