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Me niego a ser víctima de algo; más bien quiero ser donación de todo

​Personalmente, reconozco que me niego a quedarme en la pasividad, en el no hacer nada, pues la vida es demasiado pulcra para dejárnosla manchar
Víctor Corcoba
jueves, 20 de agosto de 2020, 08:52 h (CET)

Cada cual ha de ser el intérprete de su existencia, no el atormentado de nada ni de nadie, lo que nos exige ser más auténticos y batalladores de la evidencia. Realmente no me gustan estas condenas mundanas que te obligan a vivir en la miseria o en el vil terror de los mil abusos consentidos. No podemos dejarnos caer tan bajo. Cultivar el arte, laborar el sueño con abecedarios más celestes, seguro que nos ayuda a escapar de esta locura salvaje, que todo lo martiriza y sabotea al capricho de unos fanáticos destructores de vida. No podemos dejar que nos la echen abajo. El ser humano debe propiciar el don de unirse y reunirse, cuando menos para hacerse respetar, pues aún hay mucho morador en el planeta que está siendo sacrificado por actos de intolerancia, indiferencia y terrorismo.

Para empezar, creo que está bien que se oiga el grito de las personas pobres en el altar de la codicia. Ojalá se nos despierte la conciencia. Hay cosas silenciadas que, si salieran de pronto a la calle y se vertieran al mundo como en verdad suceden, quizás podríamos enmendarlas, haciendo frente a las condiciones que propician la propagación de la inhumanidad. Ya está bien de falsear la realidad, de ser incapaces de garantizar el respeto universal de los derechos humanos y del estado de derecho como pilar fundamental de la lucha contra los sembradores de la crueldad.

Personalmente, reconozco que me niego a quedarme en la pasividad, en el no hacer nada, pues la vida es demasiado pulcra para dejárnosla manchar.

No quiero ser sacrificado por gentes sin escrúpulos, nuestra misión es vivir y donar vida, ayudar a restablecer ese mundo armónico al que todos estamos llamados a trabajarlo, o si quieren a servir a los demás de la mejor manera posible, que no es otra que ofrecer amor. Uno nunca debe, por ninguna razón, dar la espalda a nadie. Hemos de implicarnos siempre, hasta llorar con los que sollozan de tristeza, pero que aún laten con fuerza para luchar, pues su propio espíritu innato se rebela contra esa exclusión impuesta, contra ese injusto destino dado, contra esa esperanza de luz robada. Sin duda, hoy más que nunca se requieren respuestas sensibles a las necesidades de tantas víctimas, abatidas por mil hechos crueles, con asistencia verdadera y más allá del momento, tanto material como espiritual, entendiendo que al final lo que importa no son los años vividos, sino la entrega en donación por mejorar el camino de toda existencia humana.

Por desgracia, nuestra época tiende a considerar a los demás, como un mero objeto y desde una perspectiva mercantil, atribuyéndole valor a criterios de conveniencia, al “tanto tienes, tanto vales”, deshumanizándonos por completo; lo que nos exige hablar claro, no esconder nada, proteger a los sobrevivientes y perseguir a los culpables. Si como dijo el Papa Francisco, “la trata de personas desfigura la humanidad de la víctima”; también los plantadores de la naturaleza maligna del terror, activan una guerra psicológica tan destructiva que nos hacen despreciarnos a nosotros mismos de la faz de la tierra. Algo tremendo, pues, cuanto más vivo; también más me reanimo en el ánimo, porque más maravilloso se vuelve el camino y más gozo se siente en los andares.

Por eso, es importante no desestabilizarnos, ganar confianza y unidad entre semejantes; si acaso, de lo que he de tener miedo es del propio miedo a no poder llegar a la cumbre del vivir y a no lograr hacer recuento de lo hermanado. El obrar con decencia, precisamente, es lo que nos hace grandes de corazón. Se me ocurre pensar en los trabajadores humanitarios y sanitarios que continúan asistiendo a los más vulnerables, en medio de la pandemia de COVID-19, de necesidades sin precedentes y de inseguridad creciente. Ellos sí que son los grandes ángeles del verso del alma.

En todo caso, me quedo con la sabiduría de los pueblos indígenas de América Latina, que tienen una visión muy clara de que somos parte de la naturaleza, no de que estamos aquí para comercializarla y hacer negocio. Ellos, de igual forma, son víctimas de un poder egoísta y mundano que los obliga a abandonar sus costumbres para intentar sobrevivir en sociedades que los marginan. Sin duda, falta humanidad en todo y restan también liderazgos que nos fraternicen.

Desde luego, necesitamos cooperación y acción colectiva, que nos haga caer en la realidad y en el asombro de saber que uno existe, por y para los demás, y que solo así merece cohabitar, previo hallarse uno consigo mismo y ser el protagonista de la acción, por mínima que nos parezca. Indudablemente, todos los brazos son necesarios e imprescindibles para sustentarnos y sostenernos en el anhelo de la savia. 

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