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Etiquetas:   Cultura   Filosofía   -   Sección:   Opinión

Bacon

Respecto a Dios las especulaciones baconianas están llenas de aspectos no racionales
José Manuel López García
lunes, 15 de diciembre de 2014, 08:21 h (CET)
Francis Bacon nació en Londres en 1561 y murió en 1626. Es un filósofo del Renacimiento que afirma un cierto empirismo en su pensamiento. Señaló la gran significación de la ciencia para el progreso humano. En su obra Novum Organum establece la necesidad de dominar la naturaleza para que sirva al ser humano. Con lo que no estaría de acuerdo es con la explotación de lo natural que se lleva a cabo, actualmente, en el mundo. La superación de la física aristotélica tradicional, que es algo necesario para Bacon, es el resultado del surgimiento de la revolución científica en el siglo XVII. Y es también la consecuencia del establecimiento de una física experimental fundamentada en la experimentación e inductiva.

De todas maneras, respecto a Dios las especulaciones baconianas están llenas de aspectos no racionales, y que pueden ser considerados en cierto modo místicos, probablemente influidos por el neoplatonismo, y por el teocentrismo medieval. Según Bacon en el ser humano existe una lucha constante entre la luz y la oscuridad, lo que recuerda la doctrina maniquea que profesó durante años san Agustín.

Frente a la alquimia y la magia Bacon consideraba que ambas no eran conocimientos rigurosos y, por tanto, confiaba únicamente en los saberes científicos. Aunque es cierto que no comprendió completamente, el método científico que estaba surgiendo con Galileo, y otros hombres de ciencia de la época.

La famosa doctrina de los ídolos de Bacon nos advierte de las falsas nociones, y de las trampas y engaños del lenguaje, si no se sabe interpretar de modo preciso y exacto.En lo relativo a los ídolos de la tribu es verdad que los errores de juicio y valoración son frecuentes porque la mente humana acostumbra a creer y no cuestionar las ideas recibidas. Y de lo que se trata es de ser capaz de elaborar juicios objetivos de las cosas, y de la realidad.

Bacon conoce muy bien la mente, y la voluntad y los sentimientos de las personas, ya que escribe: «porque lo que a un hombre le gustaría que fuese verdadero, eso tiende a creer». Además, es evidente que en muchas ocasiones los individuos tienden a considerar que las abstracciones que llenan sus inteligencias son inmutables y no están sujetas al paso del tiempo. Todo cambia, como ya decía Heráclito, y nada es inmune a la dinámica temporal de la estructura de la realidad.

La crítica a las causas finales o a la teleología por parte de Bacon me parece sumamente acertada, porque en el campo de la física no son afirmables. Otra cuestión diferente es que la acción humana está movida por propósitos o causas finales.

Sobre los ídolos de la caverna que indica Francis Bacon cabe decir que son consustanciales a cada sujeto, ya que son la consecuencia de la educación recibida, el temperamento con el que se nace, y las lecturas y aprendizajes realizados. Lo que no impide que cada sujeto se esfuerce en ser, lo más objetivo posible, en sus reflexiones y juicios procurando ejercer su pensamiento, en el campo de la verdad y de lo cierto.

Respecto a los ídolos del mercado (idola fori) es indudable que son errores causados por una mala interpretación, o por un uso incorrecto del lenguaje. Aunque no conviene dejar de tener presente, la ambigüedad semántica de ciertos términos y frases. La claridad y la precisión solucionan estos problemas causados por los vocablos utilizados oscuramente.

Acerca de los ídolos del teatro me parece exagerada la crítica de Bacon respecto a los sistemas de filosofía. Ya que, en realidad, son la expresión de un prodigioso avance del conocimiento y la ciencia a lo largo de la historia, que también incluye lo experiencial, ya que hasta la obra mayor de Newton se titula Principios matemáticos de la filosofía natural.
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