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Opinión
Etiquetas:   Poítica   robots   Pandemia  

​El tele trabajo ¿el invento del siglo?

¿Es, en realidad, el verdadero sustitutivo del trabajo presencial?
Miguel Massanet
jueves, 25 de junio de 2020, 08:15 h (CET)

Es evidente que, para muchas personas, la posibilidad de trabajar en su casa es algo ilusionante, lo que ya no está tan claro es que, este “descubrimiento” que achacamos al confinamiento obligatorio que los ciudadanos nos hemos visto obligados a mantener, por culpa de la pandemia del Covid 19, ha dado lugar a que algunos colectivos de trabajadores por cuenta ajena y profesionales, tuviera que recurrir al tele trabajo para poder mantener, dentro de lo posible, el funcionamiento de algunos trabajos en sectores determinados, ni mucho menos la mayoría, y sólo en algunos aspectos limitados de las diversas actividades que se llevan a cabo dentro de una empresa.

Nos llaman la atención algunas opiniones que dan a entender que, con este descubrimiento de poder trabajar desde el propio domicilio, ya fuere a través del contacto entre ordenadores sincronizados o de las teleconferencias, algo que evidentemente no está al alcance de la mayoría de empresarios, sobre todo si se trata de autónomos o pymes, muchos de los cuales no disponen de los elementos técnicos precisos para semejantes procedimientos; ya se han solucionado los problemas de las empresas y las necesidades de los trabajadores. En todo caso, tenemos la impresión de que la euforia que parece que ha despertado la posibilidad de que trabajar desde el propio domicilio, no vaya a ser de fácil implantación en el mundo de las empresas por distintos motivos. Es evidente que, hoy por hoy, en modo alguna estaría recomendada en la mayoría de casos y, en muchas ocasiones, nos da la sensación de se ha tratado el tema con una frivolidad que nos hace recordar a aquellos inventos del TBO, del entrañable profesor Franz de Copenhague, que siempre convertían un procedimiento simple en una alambicada combinación de mecanismos para, por fin, llegar al mismo resultado.

En primer lugar, mientras las fábricas no funcionan completamente automatizadas, algo que, aunque se está intentando ir en esta dirección, todavía está muy lejana la fecha en la que, todas ellas, puedan prescindir del mantenimiento y en muchos casos de la presencia de trabajadores para tareas complementarias en los distintos centros de trabajo. Es cierto que la robotización está dando pasos de gigante y que es evidente que en un periodo no demasiado largo muchos de los trabajos que actualmente llevan a cabo los trabajadores van a quedar sustituidos por las máquinas robotizadas que los van a sustituir. Ello no obstante, esto no significa que el robot tenga que dirigirse desde el propio domicilio sino que, en realidad, va a sustituir el trabajo humano sin tener necesidad de ser controlado por ellos. Seguramente el propio mantenimiento de semejantes sustitutivos del trabajo del hombre se realice también por los propios robots. En todo caso, se trata de otro problema que, indudablemente, va a plantear qué hacer con el ocio de todos aquellos que se van a quedar sin ocupación alguna.

Especialmente, en el sector de servicios y en los pequeños comercios (salvo aquellos de índole familiar que compartan local y vivienda) la presencia de los dueños y de los vendedores va a ser muy difícil de ser sustituida por medios telemáticos, no sólo por las dificultades técnicas que pudieran surgir, sino porque estamos acostumbrados a que, cuando vamos a comprar una prenda de vestir o un televisor, haya una persona que nos venda el artículo con la que compartir la información y de la que recibir las explicaciones e instrucciones adecuadas o escoger el modelo que más nos convenga, una experiencia que difícilmente podrá conseguirse a través de la voz metálica de un mecanismo robotizado.

Ya no hablemos de las empresas, las grandes empresas que, si bien es cierto que suelen ser las pioneras en la automatización de sus fabricados, también lo es que hay una parte de comercialización, propaganda, marketing, estudio de mercados, investigación, promoción y aspectos sociales que es evidente que no se pueden dejar en manos de un robot o que se sustituya a un vendedor con un CD, en lugar de la presencia de una persona que pueda atender presencialmente al cliente y aclararle de viva voz las objeciones y dudas que pudiera tener. Parece que nadie se acuerda, cuando se habla del trabajo desde casa, de lo que vienen advirtiendo muchas encuestas y estudios sociales en los que se nos recuerda que el periodo vacacional, en el que las familias comparten más horas de convivencia es el más propicio a que se agraven los conflictos familiares. Según un informe de los abogados especialistas en divorcios hay dos momentos en el año en los que los divorcios se disparan: después de las fiestas navideñas y de las vacaciones de verano. Según Divorce Demography España es el quinto país del mundo en cuanto a tasa de divorcios, con un 61% de matrimonios que fracasan.

Los que escuchamos las declaraciones de estos días pasados, de aquellos, llamémosles privilegiados, que han podido seguir el trabajo desde su propio domicilio, ya comentan lo difícil que es, en muchas ocasiones, concentrarse en lo que hacen debido a las interrupciones de chiquillos, familiares y otros motivos diversos que, evidentemente, no suelen ocurrir en los respectivos centros de trabajo. Se quiera reconocer o no en los centros de trabajo, si bien no se trabaja al 100%, sin embargo hay cambios de impresiones, consultas, opiniones, comentarios o críticas que es más difícil que se puedan tener desde los respectivos domicilios por mucho que, de tanto en tanto, se tengan entrevistas telemáticas en las que se pretenda acumular todos aquellos temas de interés para la marcha de la empresa.

Puede que los haya que por circunstancias familiares, dificultades para cuidar de los niños, problemas para llevarlos a la escuela o determinadas incapacidades físicas, preferirían poder trabajar desde sus hogares pero, todos los que por obligación hemos tenido que permanecer más de 80 días recluidos en nuestras casas, saliendo únicamente para comprar lo más necesario y sin poder hablar con nadie más que con los conviven en nuestra vivienda, sabemos la presión a la que hemos estado sometidos, las incomodidades anexas al encierro, la sensación de agobio que se ha generado en nuestro entorno y lo que hay de ilusorio en esto que se ha dado por llamar conciliación familiar, como si las familias estuvieran deseando permanecer unidas para gozar los unos de los otros. La realidad es muy distinta. Los hijos se pasan el tiempo usando el móvil para mantener relación telefónica o chateando con sus amigos; los padre intentando hacer ejercicio o viendo futbol por televisión, las madres ocupadas en sus trabajos o viendo series de TV y, cuando esto no sucede, entonces es cuando surgen las disputas, las rencillas o los momentos de tensión que, en muchas ocasiones, acaban con la paz familiar.

Cuando uno sale de casa para ir a trabajar, deja atrás los problemas familiares, la presión de su mujer para que le dé más dinero, los problemas de estudios de los hijos y la insoportable machaconería de la suegra empeñada en que le pongan su programa favorito en la TV. En realidad el ir al trabajo es un remedio necesario, un descanso balsámico para la salud del trabajador, un lugar en el que hablar de todo sin el temor de meter la pata ante sus deudos. Incluso las regañinas de los jefes o los momentos de zozobra ante el peligro de un despido, son muchas veces compartidas por el resto de compañeros, lo que crea un clima de unión ante el peligro común que, en modo alguno, se produciría si cada uno de los trabajadores lo hiciera desde su propio domicilio.

O así es como señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, estamos convencidos de que esto de trabajar desde el propio domicilio, esta solución de hacerlo todo en familia, sin excusa alguna para encomendarles a los abuelos el cuidado de los hijos ni poder encargarles con el trabajo de acompañarlos al cole; con la parienta recordándole a uno que el grifo del baño gotea y los niños pidiendo que, ya que estás en casa, les ayudes en sus problemas de matemáticas ( cuando ya ni te acuerdas apenas cómo sacar una raíz cuadrada) o les ayudes en una redacción sobre la conquista de México por Hernán Cortés, no es más que volver a otro confinamiento, en esta ocasión indefinido, una nueva artimaña de las mujeres, hoy en día al mando de la política, para tener aherrojado al marido, sin posibilidad de escabullirse, mientras ellas siguen reivindicando la igualdad y el derecho a sojuzgar al género al que vienen achacando su desgracia. Para Gil Bejes Sampao: “En un tiempo el feminismo pretendió que las mujeres fueran como los hombres. Visto que no ha sido posible, ahora pretenden que los hombres sean como mujeres.” Y no se apuesten nada a que no lo vayan a lograr.

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