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Opinión
Etiquetas:   Política   PP   PSOE  

​La nueva amnesia y la reconstrucción del viejo orden

​Podemos e Izquierda Unida lo van a tener muy difícil
Armando B. Ginés
martes, 23 de junio de 2020, 08:17 h (CET)

Ya se han instalado en el inconsciente colectivo los dos conceptos que van a explicar los marcos de referencia políticos del futuro inmediato. Lo acuñan los diseñadores de eufemismos que trabajan en los laboratorios de asesoramiento ideológico internos y externos al poder y lo van asumiendo poco a poco como suyos propios los mass media más influyentes, llegando por porosidad repetitiva al común como ideas naturales surgidas en la mente de expertos áureos objetivos y omniscientes. Nos referimos a la nueva normalidad y la política de reconstrucción preconizadas por el establishment español, las elites corporativas en la sombra y el PSOE gubernamental (Unidas Podemos no hace más que mantener una actitud pasiva en este sentido para no crear demasiadas disonancias cognitivas graves en el día a día del gobierno de coalición).

Hay tendencias de eventos recientes en España que desmontan ambos señuelos publicitarios que propagan el viaje a un nuevo tiempo de sacrificio y solidaridad universales que alumbrarán una romántica sociedad de interacciones amables e igualitarias. Lo que en el fondo se pretende, a medio plazo, es una restauración del bipartidismo de la transición con roles predefinidos de alternancia débil entre el PSOE y el PP, dejando fuera fuerzas de izquierda real y auténtica que pongan en cuestión el modelo de Estado (monarquía frente a república), el régimen económico (capitalismo en cualquiera de sus versiones) y la distribución ineficiente e injusta de la riqueza. El problema actual del fascismo de Vox quedaría reducido a sus dimensiones ocultas de siempre, operativo dentro del PP, la judicatura y las fuerzas represivas militares y policiales. Esa es la España que quiere hablar con España (genial eslogan de los mentalistas monclovitas) preconizada en el último discurso para cerrar el estado de alarma por el coronavirus de Pedro Sánchez.

Hay muchos síntomas que avalan la hipótesis que a aquí se defiende.

Hace casi nada se ha sabido por una filtración interesada a El País que 100 economistas de la academia han sido movilizados por Sánchez para dibujar el futuro de España. Al parecer no cobran por su tormenta de ideas. La noticia en sí parece neutra pero una lectura más atenta pone sobre el tapete varias incógnitas preocupantes.

¿Quién ha seleccionado y elegido a los 100? ¿El dedo de Sánchez? ¿La seducción irresistible de la patronal? Entre ese elenco de talento autorreferente, por los nombres que han salido a la palestra, solo hay representantes de la tecnocracia de las derechas teñidos del prestigio independiente del suouesto talento curricular. Tecnócratas de derechas: esa es su verdadera ideología. El reparto se ha salpimentado, según la noticia, con académicos con sarpullidos social liberales, incluso, con osadía manifiesta, con personajes de alguna veleidad socialdemócrata. Lógicamente, ha trascendido que Unidas Podemos está con la mosca detrás de la oreja. Las ideas de izquierda serán contrarrestadas si no se ajustan a los parámetros de Bruselas y del ala derechista del PSOE por los dictámenes “neutrales y objetivos, carentes de ideología” de la camarilla áurea de los 100 en la penumbra de la cueva platónica, esto es, economistas de fuste sin ningún interés propio ni político: profesores y profesoras nada más, pura ciencia al servicio de la verdad.

Este as en la manga que se guarda Pedro Sánchez está abonando el terreno para que Unidas Podemos aminore sus peticiones más radicales y para que Ciudadanos arrime el hombro en el Congreso eliminando la dependencia de nacionalistas e independentistas vascos y catalanes, ERC y Bildu principalmente. La aproximación táctica al PP (Zapatero como emisario de bondad exquisita departiendo con el católico ultra García Egea) busca aminorar el ruido de sables del trasiego político ordinario y llegar a acuerdos, algunos públicos y otros en secreto, para regresar al viejo orden parido por la transición. Pedro Sánchez, en este aspecto, ofrece garantías de saberse mover entre líneas para adaptar sus gestos y figura a espacios muy diferentes: tiene cintura política, en pocas palabras.

Otro movimiento fresco tiene como protagonista al Grupo Prisa/El País. Hay mar de fondo en su accionariado provocado por factores financieros y de oportunidad política. Han defenestrado a su directora de sopetón regresando al puesto Javier Moreno, el director de mano dura que despidió a mansalva años atrás. En este proceso de readaptación a la compleja situación también ha sacado al ruedo ibérico a su portavoz intelectual de referencia, el extodo y multimillonario Juan Luis Cebrián, insultando a siniestra como es su estilo bravo en momentos de especial relevancia, y a su mamporrero más mediático, Felipe González, éste en tono más festivo, con sorna e ironía de cierta gracia torera. Un exfalangista y un exsocialista del sur de chaqueta de pana tirando a demoler la coalición con Unidas Podemos. Ambos siguen siendo influencers dentro de esa izquierda no izquierda que lo mismo votaba antes a los tirantes parafascistas de Fraga que a las barrabasadas de ultraizquierda estética de Alfonso Guerra.

Cebrián y González representan el rol de la moderación centrista con leve artificio y tufo a gauche divina del siglo XX aunque su estatus sea el de viejas glorias que nadan en ríos de privilegios y prebendas gracias a sus inestimables servicios al gran capital. Pero que los dos inauguren el enésimo giro a la derecha de El País contra Unidas Podemos y el gobierno de coalición puede interpretarse como que las hostilidades contra la izquierda real de este país entran en una fase de mayor énfasis bélico.

El tercer síntoma de la baja calidad democrática de España reside en la inviolabilidad permanente de Juan Carlos de Borbón y de sus descendientes. Una interpretación jurídica inexplicable. Si todos los poderes del Estado español proceden de la voluntad del pueblo, nadie puede arrogarse que la Constitución señala que los monarcas están por encima de ella y de la voluntad popular. Lo absurdo del planteamiento salta a la vista incluso para inteligencias que no llegan a la categoría de emérito o catedrático.

No obstante, esa interpretación reaccionaria y tramposa tien su razón de ser. Los Borbones son el símbolo del pacto entre el franquismo y los moderados de la oposición oportunista, es decir, la que no se fajó con su cuerpo contra el dictador fascista, fundamentalmente el PSOE y afines a su halo histórico. Si tocan a un Borbón cualquiera por presuntos delitos con indicios más que elocuentes, el sistema de canje político a dos bandas se puede venir abajo y muchos próceres que han vivido de sinecuras y actividades irregulares podrían ser sometidos a juicios con posterioridad a la caída en la mazmorra de algún personaje regio. El actual rey tampoco escapa a las sopechas de conductas éticas reprochables (demos tiempo a la paciencia y quizá los escándalos alrededor de su persona pudieran salir en la prensa... extranjera antes de lo que pensamos).

La figura del rey, emérito o en ejercicio de sus funciones prescindibles, debe ser intocable: un jaque pondría en solfa toda una pirámide de contubernios entra familias corporativas, judiciales, militares y policiales que se cubren entre sí para que el régimen no se derrumbe sin poner a buen recaudo sus dineros, influencias y trapos sucios. Si la cosa monárquica se pone fea hay que arbitrar soluciones de urgencia: una segunda transición escrita por las elites y concedida democráticamente al común mediante nueva consulta en urnas de transparente cristal... avaladas por el PP y el PSOE, ese bipartidismo que mantiene las cosas en su sitio, sin sobresaltos excesivos para las clases altas y el espíritu empresarial (y los márgenes de explotación, beneficio y bendición silenciosa de los paraísos fiscales, que todo hay que decirlo).

Un dato más eminentemente político y económico se refiere a los 8.000 millones que va a dedicar el Gobierno a partidas extraordinarias para ayudar a la recuperación de los sectores del automóvil (sin ninguna marca patriota propia en el mercado) y el turismo de sandalia, cubata, sol cegador y depredador de recursos ecológicos a lo bestia. Lo de alentar comprar más coches clama el cielo. En vez de reconstruir el viejo orden y los esquemas mentales antiguos bueno hubiera sido aprovechar la ocasión para lanzar o relanzar en su caso sectores de producción y servicios más necesarios desde la perspectiva social: sanidad, dependencia, cultura, educación, investigación, energías menos contaminantes...

Dar un vuelco al modo de vida actual, al menos proponerlo con argumentos y agallas políticas. Pero, no, vuelta a lo fácil y consabido, coche y pandereta veraniega. Y la propuesta del PP va en la misma línea pedestre y cutre: más ladrillo y especulación inmobiliaria, más infraestructuras inútiles para inauguraciones de primera piedra y fastuosas antes de cualquier consulta electoral, más fiestas de andar por casa y celebraciones de pacotilla... Esa es la apuesta económica fiable, la que desea el bipartidismo que se está culebreando entre bastidores.

En los salones de moqueta fashion también se está fraguando una causa judicial contra Unidas Podemos. De los hilillos o jirones sobrantes de la componenda entre policía política del PP, cloacas policiales y alcantarillas mediáticas, la macrocausa denominada Villarejo, está desprendiendo la judicatura alguna excrecencia suelta sujeta a discusiones falaces y tecnicismos filibusteros para manchar la imagen de Pablo Iglesias y de toda la órbita política a la izquierda del PSOE. No se trata de que la nueva causa en ciernes tenga fundamentos jurídicos ni recorrido legal, de lo que se trata es de poner en entredicho a la imagen más conocida de Unidas Podemos y de desactivar su potencia electoral con titulares sediciosos en su contra. Una suposición por aquí, una frase descontextualizada por allá, una maledicencia extemporánea con disculpas posteriores o una verdad manipulada, todo valdrá para neutralizar la insidiosa izquierda que pulula más allá de El País, Juan Luis Cebrián, Felipe González, la CEOE, los Borbones manirrotos y picaflores y las elites hegemónicas de este país por algunos llamado España.

Otrosí: el fascismo y la religión católica, al igual que la Monarquía, tienen derecho de pernada e impunidad jurídica implícitos. Santiago Abascal se salta el estado de alarma por sus santos cojones y nadie dice nada. Se prefiere por instancias gubernamentales, callar, otorgar, no mentar al diablo y mirar para otro lado para no dar pábulo a respuestas aberrantes de Vox. Lo mismo ha sucedido con la cúpula católica: sus obispos mas ultas se saltan la legalidad a sus anchas al amparo, su red de espurias interpretaciones de la libertad religiosa, de sus prebendas irracionales. Y sus arzobispos facistas mienten sin cesar con declaraciones medievales: las vacunas anticoronavirus se hacen de fetos humanos. La supina estupidez, eso es lo lamentable, tiene estúpidos consumidores que besan el culo a estos prohombres de polvo y paja intelectual y baja estofa moral.

Los indicios y las tendencias están ahí. Se está conformando una nueva amnesia para preparar el terreno al bipartidismo anterior a Pedro Sánchez y Unidas Podemos.

Podemos e Izquierda Unida lo van a tener muy difícil. Deberán hacer equilibros casi mágicos para mantener el tipo. Si aflojan la tensión política, el PSOE se los comerá electoralmente en un santiamén. Si aprietan al Gobierno por su izquierda con reivindicaciones genuinas de calado político, social y económico habrán de contar con el apoyo de los sindicatos, tarea extremadamente compleja cuando el sindicalismo actual está instalado en la gestión meramente negociadora de cualquier crisis que se presente en el conflicto laboral o en la esfera sociopolítica. Reivindicar, proponer con valentía, crear nuevos mundos de relaciones sociales y políticas no está de moda; vivimos tiempos de recesión y cierre defensivo sobre uno mismo.

Unidas Podemos también sabe que las medidas sociales (ERTEs, contra los despidos indiscriminados, el ingreso vital mínimo y otras) se quedarán en nada si no se tocan con decisión las estructuras generales que soportan al régimen capitalista neoliberal. Lo que hoy parecen medidas audaces de solidaridad pasarán a la historia como caridad de izquierdas. Por supuesto, no cabe la menor duda que la derecha extrema y la extrema derecha jamás hubieran planteado políticas sociales de tal calado y dimensión.

No, desde luego que todos los políticos no son iguales. Pero ya se está trabajando desde distintos ámbitos para que la izquierda real en este país se quede reducida a un espacio testimonial asumible y controlable por el sistema urdido en la transición bajo los auspicios del binomio PP-PSOE. España, a pesar de algunas firmas influyentes de la izquierda mediática, no está partida en dos, eso es transitar en la apariencia superficial de la realidad profunda: la expresión política mediante votos no es la genuina “realidad”, solo un aspecto de la misma. El voto no mide los prejuicios ni la ignorancia ni la alienación personal. Si descontamos esos datos impersonales, España y su realidad es otra cosa: millones de asalariados y parados que luchan a brazo partido para llegar a fin de mes y unos cuantos multimillonarios que viven del cuento y la suntuosidad; miles de mayores muertos por decisones políticas fascistas y millones de beneficios de fondos buitre propietarios de esas residencias mortales... No, España no está partida en dos mitades exactas. No vale aquí guarecerse en las dos Españas que han de helarte el corazón del gran poeta y mejor ser humano Antonio Machado: era otro contexto, otra historia, otra época, otra intención literaria. Los que sacan tajada de cuaquier crisis y del statu quo son una inmensa minoría y los que sufren las consecuencias una inmensa mayoría. Eso no es una España partida en dos mitades equivalentes: es la tiranía de unos pocos sobre la necesidad de la gente común. Se llama capitalismo, lo demás son eufemismos para tapar la realidad bajo titulares de saldo y ocasión. La nueva amnesia ya se encuentra operativa y ha venido para quedarse. Sin memoria histórica, las riendas del presente y del futuro nunca cambiarán de manos. Bien lo sabemos en España por experiencia propia.

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