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Opinión
Etiquetas:   Coronavirus   Dios   Tercera edad  

¿Qué hacemos con los ancianos?

”Aun en la vejez y las canas, oh Dios, no me desampares” (Salmo 71:18)
Octavi Pereña
sábado, 6 de junio de 2020, 11:04 h (CET)

Una viejecita encorvada y apoyándose en un bastón, piensa: “La llamaban residencia, pero era una morgue” (El Roto). La reflexión de esta ancianita es muy oportuna en estos días de la pandemia del coronavirus y del protagonismo que han adquirido las residencias de ancianos por las excesivas defunciones que se han producido en dichos centros asistenciales.

“En Occidente se ha roto el ciclo natural de la solidaridad generacional y confinan en geriátricos, orilla del alma, a nuestros mayores después de haberlos exprimido”, <b>Víctor Gómez-Pin</b>, pensador. La periodista le pregunta al pensador, ¿cuál es la alternativa? El entrevistado responde: “Recuperar la solidaridad entre abuelos, padres e hijos de la vida agraria, porque hemos retrocedido hasta dejar a nuestros padres mal aparcados en estas cunetas: España integra a los mayores en fiestas, tabernas en donde coinciden abuelos y nietos y toda la familia. Esto era una enorme riqueza para todos, reflejo de una sociedad generosa. Pero la civilización Occidental ha normalizado la rotura de esta solidaridad que era natural”.

Esta denuncia de falta de soporte que se le debe a nuestros mayores que tan bien describe <b>Víctor Gómez-Pin</b> tiene una causa: el olvido del mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que el Señor tu Dios te da” (Éxodo 20: 12). Refiriéndose a este mandamiento el apóstol Pablo escribió: “Honra tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con una promesa, para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra” (Efesios 6: 2,3).

No existe efecto sin causa. La degradación en que se encuentra un buen número de personas que hoy calificamos de “personas mayores” se debe a que hemos olvidado el primer mandamiento del Decálogo: “Yo soy el Señor tu Dios” (Éxodo 20: 2), que es la fuente de toda autoridad delegada.

Jesús denuncia el trato que se les da a los ancianos. Los escribas y fariseos que por lo visto no tenían nada más que hacer que espiar a Jesús y a sus discípulos, un día observan que los discípulos “comían pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban. Porque aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen” (Marcos 7: 2,3). No contentos con criticar a los discípulos se encaran a Jesús diciéndole: “¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen con manos inmundas?” (v.5). Jesús les dice: “Por qué dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres” (v. 8). Remitiéndolos a Moisés de quien eran fanáticos seguidores, les dice: “Porque Moisés dijo: honra a tu padre y a tu madre, y el que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente” (v.10).

Las tradiciones humanas llevan a desechar la Ley de Dios. Jesús a quien los sacerdotes y fariseos consideraban ser infractor de la Ley de Moisés porque según ellos no respetaba el descanso sabático porque en sábado curaba a enfermos, les dice: “Pero vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: es Corbán, que quiere decir mi ofrenda a Dios, todo aquello con que pueda ayudarle, y no le dejáis hacer más por su padre o su madre, invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a esta” (vv.11-13).

Las tradiciones que se basan en enseñanzas religiosas que no tienen el respaldo de la Biblia se convierten en religiones sin Dios, porque las tradiciones son los dioses que adoran. Los tradicionalistas anteponen su religión al bienestar de las peonas. Los versículos que comentamos nos dicen que si una persona hacía ofrenda de sus bienes a Dios quedaba libre desatender las necesidades de su padre o de su madre. Jesús, a quienes invalidaban la Ley de Dios por sus tradiciones los llama <i>hipócritas</i>.

Esto ocurre en nuestros días en determinados movimientos religiosos que liberan a sus seguidores de atender a las necesidades de sus padres si no pertenecen a la secta. Lo mismo ocurre con el laicismo, la religión sin Dios. <b>Víctor Gómez-Pin</b> denuncia este comportamiento cuando dice: “En Occidente se ha roto el ciclo natural de la solidaridad generacional y confían en geriátricos, orilla del alma a nuestros mayores después de haberlos exprimido”. La causa de que se confíe en geriátricos y que debido al coronavirus han ocupado espacios destacados en los medios de comunicación por sus deficiencias sanitarias en una sociedad supuestamente avanzada como la nuestra, se debe a que los ancianos convertidos en personas no productivas conviene orillarlas porque molestan.

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