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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Contaminación intelectual

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 29 de noviembre de 2006, 01:49 h (CET)
“Anda y pregúntale a un sabio
cuál de los dos pierde más,
el que come de sus carnes
o el que publica su mal.”


Augusto Ferrán

En lo que toca al susodicho saber es arriesgado pronunciarse definitivamente sobre lo que es fundamental y lo que no lo es. Veo en una revista una artículo (que dice “Continuará”) sobre la respiración de la raíz de la cebolla, con particular atención al consumo de oxígeno en distintos segmentos de la raíz a diferentes temperaturas y en función de la presión parcial del oxígeno. ¿Por qué pensar que escribir sobre este tema sea buscarle tres pies al gato? Es muy posible –es, en rigor, probable- que el asunto tenga miga y que sea uno de los muchos pasos que haya de dar con el fin de conocer el mejor comportamiento de organismos biológicos de distintas altitudes. Veo en otra revista un artículo sobre las disputas que tuvieron lugar en Baviera entre 1830 y 1856 acerca de la cronología del primer consulado de César. Esto ya me parece más sospechoso, pero no puedo asegurar si no arrojará alguna luz sobre la vida intelectual en Baviera a mediados del siglo XIX, lo que acaso pueda ilustrarnos sobre la estructura de la sociedad en Baviera que, por otro lado, etc. No me atrevo ni siquiera a opinar sobre la conveniencia o inconveniencia de estudiar los manuscritos perdidos de Piero Maroncelli aunque, siendo inéditos, y habiéndose perdido, y siendo, después de todo de Piero Maroncelli, me pregunto si sacamos gran cosa de provecho.

Sin embargo una vez reconocido todo lo reconocible subsisten dudas. Por lo pronto, la multiplicación de artículos, ponencias e informes de toda clase se debe a en gran parte a que sus autores se han visto “obligados” a confeccionarlos. En este país sigue viva la consigna que, cual la inevitable “espada de Damocles”, cuelga permanentemente sobre las cabezas de los profesores universitarios: “Publica o perece”. ¿Qué va a hacer un pobre docente si no es buscar algo que nadie más haya tratado? ¿O buscar fuentes de fuentes? En asuntos intelectuales, la novedad y la precisión son, en principio, virtudes. Pero ¿lo son siempre? Ya que hay que armar una ponencia, ¿vamos a tratar del derecho internacional en Anáxagoras? ¿Vamos a averiguar si Merleau-Ponty leyó el Oráculo manual de Gracián? ¿Vamos a pulir y a repulir tanto que, al final, ya no nos quede nada entre manos?

Supongamos que tenemos bien ordenados en fichas todos los pasajes en los que Calderón de la Barca habla de, o hace alusión a, las violetas. ¿Y ahora, qué? ¿Compararemos esos pasajes con otros similares en Lope de Vega? ¿Averiguaremos si hablar de violetas tiene tradición oriental? ¿O quién fue el primero a quien se le ocurrió hablar de violetas, qué caramba? A este tren terminaremos en la erudición negativa de la que tan donosamente se burló Cervantes en las tantas –pero nunca suficientes- veces citadas del primo humanista que compuso el Suplemento a Virgilio Polidoro, “que trata de la invención de las cosas, que es grande erudición y estudio a causa de las cosas que se dejó de decir Polidoro de gran sustancia”. Y se le olvidaron muchas como, por ejemplo, “de declarar quién fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tomó las unciones para curarse del morbo gálico”.

Estas cosas parece saberlas ya Sancho, el cuál, sin tantas y tan penosas averiguaciones, descubrió quien fue el primero que se rascó la cabeza, que no podía ser otro que Adán, porque –asintió el humanista- “no hay duda sino que tuvo cabeza y cabellos; y siendo así, y siendo el primer hombre del mundo, alguna vez se rascaría”. Hoy las cosas no pasarían tan llanamente: aunque hubiese habido Adán y hubiese sido el primer hombre y hubiese tenido cabeza, se necesitarían muchas ponencias, muchos informes, muchos volúmenes, bibliotecas enteras para averiguar si se rascó o no.

Estamos ahora todos muy ocupados y preocupados con lo mucho que se contaminan nuestras fuentes, ríos, lagos, mares, con las toneladas de tóxicos que inficionan y emponzoñan el aire. No sólo el aire... Hay algo que podría llamarse contaminación intelectual. Y es que como dijo el poeta: “Ya se me quitó la venda / que tan ciego me tenía, / y he llegado a conocer / que vendado más veía”.

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