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Etiquetas:   Ver juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

¿Hay futuro para la familia?

El retraso en la primera maternidad es cada vez más acusado
Francisco Rodríguez
martes, 16 de septiembre de 2014, 07:11 h (CET)
En mi anterior artículo “Un futuro que ya es presente” manifesté mi voluntad de seguir comentando las cosas que Alvin Toffler anticipó, y las que no anticipó, en su obra El “shock” del futuro, especialmente en lo relacionado con la familia.

En el apartado “la familia reducida” de su capítulo XI, habla del paso ya producido de la familia extensa, ─abuelos, tías, primos─, propia de una cultura agrícola, a la familia nuclear compuesta solo del matrimonio y los hijos, propia de una cultura industrial y ciudadana.

Pero esta familia nuclear también anticipa que cambiará y será cada vez más reducida debido a las carreras profesionales de los cónyuges y la transitoriedad de las uniones matrimoniales. Dice que la decisión de engendrar un hijo se irá posponiendo y retrasando hasta la edad del retiro, en cuyo momento las técnicas de reproducción pueden facilitarle la implantación de un embrión congelado a un vientre de alquiler.

Lo de tener hijos después de jubilarse no parece que se haya producido, pero el retraso en la primera maternidad es cada vez más acusado. Se tiene el primer hijo bien pasada la treintena que, a menudo, será el único. La tasa de natalidad en el mundo occidental es bastante baja y más acusada aún en España, donde se está produciendo un proceso de rápido envejecimiento de la población.

Cada vez hay más viejos y menos niños y aunque los viejos sobrevivan a edades cada vez más avanzadas, terminarán muriendo, sin que existan generaciones jóvenes para sustituirlos. Toffler no anticipó el problema del envejecimiento imparable de la población, que hace insostenible el mantenimiento del estado de bienestar. Estamos asistiendo al suicidio de una civilización, que será sustituida por otros pueblos diferentes y más prolíficos, que ya están creciendo entre nosotros y otros que vendrán.

La ideología de género, el feminismo radical, la contracepción, el aborto o el miedo a la superpoblación del planeta, que Toffler no menciona, están produciendo efectos devastadores sobre la familia, auspiciados por los organismos internacionales que, manejados por importantes minorías y bajo exitosos eufemismos como la salud sexual y reproductiva o la lucha contra las discriminaciones, la explosión demográfica, la ecología, los derechos de los animales, y otras cosas por el estilo, están actuando como motores del cambio que se está produciendo ante nuestros ojos.

Si siempre estuvo claro que las personas somos biológicamente varones o mujeres, dejó de estarlo desde aquel exabrupto de Simone de Beauvoir: “No se hace mujer: llega una a serlo”, el sexo pasó a ser algo cultural, disponible, cada uno puede elegir la sexualidad que se le antoje, con la aquiescencia de los gobiernos, dizque progresistas. No hay ya dos sexos complementarios en el amor, sino un sinfín de modalidades que se están inculcando a los niños desde los jardines de infancia.

Aunque siempre me gustaron los libros que imaginaban el futuro nunca leí ninguna anticipación de esta clase, que ya es presente. El niño puede elegir ser niña o la niña ser niño y nos dicen que hay obligación de tratarlos como tal, según la ley de mi comunidad autónoma.

Hay sin duda un shock de futuro, un futuro chocante, que se nos está imponiendo todos los días y se va aceptando por unos con satisfacción, por otros con estupor. Merece la pena pensar en todo ello para tener ideas claras, si es posible.
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