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Etiquetas:   Filosofía   -   Sección:   Opinión

Falacias

José Manuel López García
domingo, 13 de julio de 2014, 05:58 h (CET)

Ciertamente, en el discurso la argumentación debe ser correcta y no engañosa o falaz. Es indudable que existen muchos tipos de falacias o argumentos fraudulentos, fallidos o erróneos. Los falsos argumentos son una muestra evidente de una mala argumentación, o a una deformación discursiva en relación con lo que se discurre o discute. Lo deseable es no incurrir en sofismas o paralogismos para que el buen y profundo argumentar conduzca a creencias verdaderas, y decisiones adecuadas y acertadas.


La capacidad de razonar es fundamental para el ser humano, y debe ir unida a un planteamiento discusivo pragmático, que se adapte a las diversas circunstancias de la realidad en la que se habla y argumenta. Ya que argumentar bien, y no caer en las falacias es esencial tanto para el aprendizaje de la filosofía como para otras ciencias y saberes. 


Evidentemente, se pueden considerar el sofisma y el paralogismo como especies de falacia. Como escribe Luis Vega Reñón: «Un sofisma es un ardid o una argucia deliberadamente engañosa, mientras que un paralogismo constituye más bien un error o un fallo involuntario de razonamiento». Aunque es cierto que en muchas ocasiones es difícil distinguirlos con absoluta precisión, porque se mezclan en la trama de los discursos sin que el sujeto lo note conscientemente. El ofrecimiento de razones como método para convencer y fundamentar bien la validez de la argumentación es condición indispensable para no incurrir en falacias y contradicciones.


La predisposición a la generalización inadecuada es uno de los peligros discursivos o cognitivos, y puede ser evitado con una rigurosa, minuciosa y profunda argumentación. La investigación y estudio crítico de las falacias puede abordarse desde dos enfoques: teórico y empírico. Al respecto escribe T. Edward Damer: «Una falacia es una violación de uno de los criterios del buen argumento. Cualquier argumento que no satisfaga uno o más de los cinco criterios es falaz. Las falacias surgen, pues, de un fallo estructural del argumento, de la insuficiencia de la combinación de premisas para sentar la conclusión o del hecho de no dar una respuesta efectiva a las impugnaciones más serias de la posición sostenida o de la argumentación en su favor».


Existen tres condiciones fundamentales para el juego de la razón que son similares a las planteadas por Habermas en su ética dialógica y comunicativa. La primera es que lo expresado sea inteligible siguiendo el principio de cooperación de Grice que se resume en lo siguiente: claridad, honestidad, eficacia e ir al grano. La segunda es la suposición o presunción de fiabilidad ya que se debe contribuir con la información disponible a la resolución de malentendidos, problemas, etc. Y la tercera es la razonabilidad. Lo que supone la aplicación de las reglas del uso de la razón en función del contexto discursivo.


Uno de los procedimientos utilizables en la argumentación correcta que no es falaz o engañosa es que los argumentos deductivos deben ser convalidables con la explicitación de las premisas, ya que codeterminan la conclusión. El programa pragmadialéctico se aplica con más procedimientos normativos, con el fin de probar que se está elaborando una argumentación válida. Y las proposiciones en el debate, y en los discursos y discusiones no deben ser vagas, ambiguas e imprecisas. Los enunciados serán objeto de una interpretación lo más precisa posible para evitar confusiones y errores.


Como escribe Aristóteles en los Primeros Analíticos: «Postular y asumir la cuestión originaria es un tipo de fallo en demostrar lo que se ha planteado. Pero este fallo se da de diversos modos. Pues, en efecto, se da si uno no ha razonado silogísticamente [«silogizado»] en absoluto, o si ha partido de premisas menos conocidas o igualmente desconocidas, o si ha deducido lo anterior a partir de lo posterior (porque la demostración procede a partir de lo que es más convincente y prioritario)».


Bacon en el siglo XVII ya ha indicado que los ídolos que ocupan la mente de los hombres y que son: los de la tribu, de la caverna, del foro y del teatro. Y son sofismas o falsos razonamientos, y también pueden considerarse como un uso falaz de los conceptos. Los tribales proceden de un entendimiento mal conformado en su interpretación de la realidad. Los de la caverna son la expresión de las circunstancias personales y de la educación recibida. Los del foro provienen del trato social y del mal uso del lenguaje. Y los del teatro surgen del empleo de malos métodos de prueba, y de doctrinas afirmadas dogmáticamente, sin una adecuada comparación crítica con otros sistemas filosóficos.

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