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El espacio postsoviético: auténtico rompecabezas

Nikolai Zlobin
Redacción
miércoles, 1 de noviembre de 2006, 10:56 h (CET)
La desintegración de los imperios es siempre más eficaz cuanto sus integrantes más se aíslan de su pretérito. En este contexto, las ex repúblicas soviéticas no han de ser una excepción de la regla y por eso no vale la pena deplorar la ineficacia de la CEI. Hay que liberarse inmediatamente de las relaciones postsoviéticas: es imposible mejorarlas, ya que éstas no podrán más que empeorarse. Están condenados al fracaso todos los intentos de resolver en su marco todos los contenciosos y conflictos, por ejemplo, en la región caucasiana. Eso equivale a extrañar la ropa de infancia que hace mucho que no le vale a uno. Hay que hacer lo siguiente: abrir el guardarropa, tirar todos los trapos y comprar nuevos. Ya va siendo hora de estructurar relaciones interestatales normales. No vale la pena salvar algo postsoviético. Incluso ha de ser borrado de la memoria el propio concepto “postsoviético” y todo lo relacionado con aquella época, tal vez de recuerdo agradable aún para muchos rusos. A mi modo de ver, es necesario superar ese elemento psicológico en cada región postsoviética, sobre todo allí, donde la situación inestable amenaza con acarrear grandes pérdidas humanas y materiales.

Entretanto, últimamente en algunos países hay quien quiere volver a vestir los trapos viejos. Aunque en mi fuero interno creo que esa gente se da perfecta cuenta de que tal intento es vano. Además, los teóricos del desquite histórico gozan de cierta popularidad, siguen en poder o ganan dinero. Otros se dedican a la búsqueda de inocentes y culpables. Pero nadie está listo aún a alcanzar un nivel intelectual nuevo de principio para comprender lo que sucede. El Cáucaso, Moscú, Washington y Europa Occidental siguen ateniéndose al sistema de viejas coordenadas. Vivimos convencidos de que después de finalizada la guerra fría y desmoronada la Unión Soviética ya están superadas las contradicciones principales de nuestra época y de que la situación mundial se viene normalizando por sí sola. ¡De ninguna manera! El mundo se torna más peligroso y más enmarañado. Actualmente, es mucho más complicado, peligroso e impredecible que hace 20 años, y mucho menos estable en comparación con el período de guerra fría. Por esto, para poder administrarlo se requieren instrumentos interestatales, diplomáticos y políticos mucho más delicados que aún no tenemos. Hablando en rigor, nadie busca elaborarlos.

Este problema atañe no sólo al Cáucaso, Moscú, Londres o Washington. Existe un problema global: hoy, a mi modo de ver, la élite política mundial atraviesa la etapa de bancarrota intelectual. Como resultado, la política de los países pequeños y la de las superpotencias no son otra cosa que una improvisación. No obedece a los intereses nacionales ni se forma en base a los procesos políticos internacionales y, además, reales, siendo secuela de la mala voluntad o de las decisiones impensadas de alguien. En realidad, vivimos en un período de improvisación política mundial sumergiéndonos más y más en ella y aceptando ese método de administración del mundo. Procede señalar que la política de improvisación global conviene a muchas élites nacionales. Por esto resulta más y más complicado evadirla. Pero no hay quien quisiera romper ese círculo vicioso mediante la crisis mundial o una guerra de gran envergadura...

¿Quién ha dicho que la desintegración de la URSS es un hecho consumado? Si en el 91 la Unión Soviética fue repartida en 15 pedazos, ello no significa que ese proceso ha tocado a su fin. Pues en fechas presentes no se han registrado procesos geopolíticos definitivos en el territorio de la ex Unión Soviética. Estamos en el umbral de un nuevo reparto del mundo, en el que se está configurando un nuevo panorama de geografía política universal abarcando también a Eurasia. Procede señalar que en el momento de desmoronarse el imperio, al frente de los nuevos Estados independientes resultaron élites casuales que en modo alguno eran exponentes de los intereses reales de sus respectivos países, ni tenían experiencias políticas y sólo se dedicaban a la traída y llevada improvisación. Y cómo se puede exigir firmeza y planificación en el quehacer estatal, si quienes resultaron al frente de los Estados no experimentaron el filtro político durante largos años que debía convertirlos en selectiva élite gobernante. En efecto, encabezaban organizaciones comunistas o comités distritales y urbanos del partido cumpliendo al pie de la letra todas las instrucciones del Kremlin. Cuando el Kremlin dejó de existir como fuerza dirigente y rectora, tuvieron que tomar de prisa decisiones sobre el presupuesto nacional, la formación del ejército y de la política exterior. Naturalmente, les faltaron conocimientos necesarios. Por esto la mayoría de problemas que han surgido tanto en los nuevos países como entre los Estados de la CEI, se debe también a la crasa incompetencia de élites locales. Por consiguiente, se crearon muchos atolladeros económicos y conflictos tales como el de Alto Karabaj o Transnistria en el territorio de la ex URSS. No hay seguridad de que esos problemas sean solucionados en interés de los pueblos. Esas élites transitorias tratan a sus respectivos pueblos como algo extraño, sin hacer mención de varios omnipotentes, entre ellos EEUU, Rusia y Unión Europea muy distantes a veces de la mencionada problemática caucasiana. En particular, por veleidades de la suerte o, mejor dicho, por la voluntad exponencial, EEUU se vio involucrado en esa región. Sin embargo, por ejemplo en Washington es muy difícil hallar expertos competentes en la problemática del Cáucaso. Hasta los turcos se atreven a comentar algunos problemas de Armenia en Washington.

A propósito ¿existirá en general tal concepto geopolítico como la región caucasiana? ¿Y qué tienen de común los países vecinos? Lo mismo se refiere al Asia Central. ¿A quién unifica y con respecto a quién ésta se considera “Central”? ¿Será con respecto a Rusia?

Por esto, cuando se trata de la seguridad de la región caucasiana, resulta que para garantizar la seguridad de Armenia, Azerbaiyán, Georgia, Turquía, Alto Karabaj, Abjasia, Osetia del Sur y así sucesivamente, tendrán que ser utilizados instrumentos distintos. Ya es evidente que Washington no tiene una estrategia especial respecto al Cáucaso. Se sabe que la política exterior norteamericana no se estructura conforme al principio profesional y no son los expertos en problemática regional quienes elaboran la política exterior hacia tal o cual región, sino funcionarios profesionales que hoy trabajan en la sección de Asia Central y mañana podrán pasar, por ejemplo, a la latinoamericana. Se rigen por la lógica siguiente: puesto que la situación en la zona del Cáucaso no es dramática, al parecer, el estado congelado de sus conflictos podrá considerarse como satisfactorio. Actualmente, Norteamérica no se propone ayudar en serio a tal o cual país por la mera razón de que esa región no ofrece mucho interés para EEUU y, además, porque su seguridad y estabilidad le son mucho más importantes que ciertos problemas interestatales pendientes de arreglo. Estoy convencido de que todos los regímenes postsoviéticos que se atravesaron entre dos etapas de desarrollo, indudablemente se irán abajo en el curso de las revoluciones “anaranjadas”(como la ocurrida recientemente en Ucrania) o sin ellas, siendo transitorios por su forma, esencia y orientación política. Naturalmente, para EEUU es importante si desaparecen a causa de matanza o por vía pacífica, de modo civilizado o usando tanques contra su pueblo. Washington no tiene dudas respecto a su desaparición. Y, a mi modo de ver, Moscú tampoco abriga ilusiones especiales sobre el particular. En vista de ello, nadie se propone prestarles también apoyo estratégico a esas regiones.

Es más, no se puede convertirlos en rehenes de la política ajena ni transformar la región en un campo de batalla geopolítica entre Rusia y EEUU. Es inadmisible y peligrosa en extremo la política de desplazamiento recíproco de Norteamérica y Rusia, lo que hoy observamos en el área. Y, además, esos intentos no obedecen a una estrategia sopesada, basada en la comprensión a largo plazo de los intereses de los dos Estados y los propios países de la región, siendo resultado de las egoístas ambiciones políticas miopes y a veces netamente económicas de las élites. Esa política se exacerba sistemáticamente atizando el sentimiento de humillación y de desquite histórico, por un lado, o los humos del propio poderío y la incomprensión de que las posibilidades actuales son limitadas, por el otro. Las élites locales o sus segmentos intentan explotar torpemente esos sentimientos de los omnipotentes y provocan a veces su rivalidad recíproca considerando ingenuamente que aplican una política sabia. Pero no es así. Lo que más le conviene a Eurasia es que los omnipotentes hallen lo más pronto posible un lenguaje común y dejen de dedicarse en el área a la competición política capaz de escalar más aún la inestabilidad y torpedear en lo político el proceso de formación de auténticas élites nacionales iniciado en Armenia, Georgia, Azerbaiyán y también en los países centroasiáticos. Sin este proceso no será posible concienciar los intereses nacionales ni formar un eficaz régimen político nacional, mientras que el camino emprendido no conduce a nada.

Sin embargo, la actitud rusa hacia el Cáucaso merece una especial atención. Rusia no es Norteamérica. Rusia no puede pasar por alto los acontecimientos en el Cáucaso teniendo en cuenta su afinidad histórica, geográfica y humana, lo que es principal. Consiguientemente, Rusia ha de practicar una política clara respecto a cada país concreto desarrollando las relaciones ruso-armenias, ruso-georgianas, y así sucesivamente. A su vez, éstas se harán más evidentes si llegamos a comprender los intereses nacionales de los pueblos de Armenia, Georgia y Azerbaiyán y no los intereses tanto de las élites armenia, azerbaiyana o georgiana - las que, repito, llegaron al poder por pura casualidad, sin selección ni lucha por su estatus-, como de las diásporas. En realidad, la respuesta han de darla sus habitantes que conocen mejor que nadie los problemas de la región, conscientes de los intereses reales.

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Nikolai Zlobin, director de programas asiáticos y rusos en el Instituto de Seguridad Mundial de EEUU, miembro del Consejo de Expertos de RIA Novosti.

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