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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Liderazgo?

Ignasi Castells (Barcelona)
Redacción
viernes, 27 de octubre de 2006, 02:26 h (CET)
El tantas veces mentado –y hasta ahora único- debate televisado entre los cinco principales candidatos a la Presidencia de la Generalitat de Catalunya ha sido, al margen de consideraciones políticas de fondo, la mejor prueba de que algunos políticos siguen, - erróneamente a mi entender - asociando la capacidad de liderazgo con la habilidad de dominar la conversación a costa de enmudecer al adversario a cualquier precio. Para ello les vale todo tipo de artimañas: desde la interrupción sistemática, hasta la descalificación intelectual o moral. Parece que sus asesores les hayan dicho que aquello de seguir escrupulosamente los turnos de palabra, escuchar activamente sin interrumpir, y argumentar desde el respeto a las ideas del otro, - como piedras angulares del diálogo – que sí, que bueno, que muy bonito,…pero para los demás. Ellos están exentos porque su misión es demostrar a la audiencia su capacidad para aplastar al oponente.

Si este es el “ejemplo” que quieren trasladar a la ciudadanía, lo han bordado. Pero si lo que pretendían era transmitir una imagen de líderes dialogantes, que no débiles, tendrían que repetir curso. En este sentido, es bastante elocuente que hiciera falta que el mismo moderador, hastiado de tanto gallinero, les llamara al orden y les recordara en más de una ocasión, respetuosa pero firmemente, las reglas de juego. Como si fueran colegiales. Y son presidenciables.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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