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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los derechos del niño

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 15 de octubre de 2006, 07:39 h (CET)
“¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?”


Miguel Hernández

Reconocida la existencia de derechos humanos –sobre lo cual parece existir un acuerdo básico- así como la conveniencia de que esos derechos se formulen de una forma explícita (de lo que sería un ejemplo la Declaración Universal de los Derechos del Hombre) y de que su ejercicio sea garantizado por el Estado, lo que nos podemos plantear es por qué resulta necesario hablar específicamente de los derechos de los niños. Si los niños son reconocidos como seres humanos de forma plena, entonces poseerían los mismos derechos que los individuos de cualquier edad, lo cual haría innecesario formular derechos especiales para ellos, cosa que, sin embargo se hace, por ejemplo en la Convención sobre los derechos del niño y la niña aprobada por las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989.

La necesidad de hablar directamente de los derechos del niño está justificada por las características específicas que presentan los humanos durante un largo período de infancia y que puede sintetizarse en dos: inmadurez y dependencia.

Conviene tener presente, además que no es suficiente hacer simples declaraciones de derechos si no se prevé la posibilidad de su ejercicio efectivo. Disponer de una declaración de derechos constituye un importante paso adelante frente a no tener ninguna. Pero es la posibilidad de ejercicio real lo que determina que una sociedad sea justa, y no simplemente la formulación abstracta de derechos. Lo más importante es que realmente los derechos se pueden ejercer.

Si los derechos tienen como fin garantizar que los individuos pueden alcanzar los fines que les son propios y que resultan necesarios para su desenvolvimiento como seres humanos, una lista de derechos adecuada tiene que partir entonces de las necesidades. Examinando la Convención, lo que encontramos es una enumeración de derechos donde se menciona desde el derecho a la vida, a la identidad, la libertad de expresión, de asociación o pensamiento, a la seguridad social, hasta a “un nivel adecuado de vida para su desarrollo físico, mental, espiritual, moral y social”. Muchos de esos derechos son comunes a niños y adultos y la única diferencia es que deben establecerse más garantías para que los niños los puedan ejercer.

La consideración de las características y la situación del niño ha ido cambiando de forma notoria a lo largo de los tiempos y en las distintas sociedades.

Desde el punto de vista que nos ocupa el niño ha pasado de ser considerado una propiedad de los padres a ser un bien social , que no puede estar sometido al trato que éstos quieran darle, sea cual fuere. Estos cambios que se han ido produciendo en la sociedad están ligados también a la disminución de la mortalidad infantil y al descenso de la natalidad en países occidentales de tal forma que los niños se van convirtiendo en un bien escaso que es necesario a proteger.

También somos conscientes de las necesidades del niño y de cuáles son los factores que contribuyen a su mejor desarrollo. Pero precisamente porque algunas son nuevas o deben satisfacerse de otras formas, los padres no siempre son capaces de atender a esas necesidades de los hijos.

Las necesidades primordiales del niño, cuya satisfacción resulta esencial para su desarrollo e incluso para su supervivencia, se refieren, en primer lugar, a sus necesidades físicas: recibir alimentación, el vestir y tener un confort mínimo, que incluye el descanso y la limpieza. Esas necesidades resultan relativamente claras, porque son muy fácilmente observables, y no es difícil ponerse de acuerdo sobre ellas. Pero, hoy sabemos también que existen otras necesidades que son igualmente importantes y que se refieren a su bienestar psicológico.

Las exigencias sociales son mucho mayores, y las condiciones de vida son a veces tan difíciles, a pesar de lo mucho que ha aumentado nuestro control de la realidad exterior, que tener un niño es algo que requieren una larga reflexión anterior. Evidentemente eso no se planteaba antes porque no había la posibilidad de seleccionar en qué momento se quería tener un niño. Antes de tener un niño la gente se plantea si dispone una casa conveniente, si tiene un trabajo que le permita alimentarlo, si va a encontrar un colegio, si le puede ofrecer la estabilidad necesaria, si va a ser posible que la madre continúe trabajando, si no va alterar demasiado las costumbres de la casa, etc.

Los adultos desempeñan un papel determinante en el desarrollo del niño porque son ellos los que van produciendo las situaciones para que el desarrollo se produzca de una manera armoniosa, son ellos lo que le atienden, los que le estimulan y los que crean las condiciones para su desarrollo físico, intelectual y social. Para aprender el niño necesita un medio favorable, enfrentarse con problemas que pueda resolver, y aprende a partir de los conflictos entre sus expectativas y lo que sucede. Pero los que le ayuden a ir más allá son los adultos que tiene a su alrededor y se ha hablado de la metáfora del “andamiaje”: los adultos ponen los andamios que favorecen o facilitan la construcción que el niño tiene que realizar por sí mismo. Y como dijo el poeta: “Vuela niño en la doble / luna del pecho: / él, triste de cebolla, / tú, satisfecho”.

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