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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El desguace del patriotismo en España

“Por el bien de tu patria, vive en ella y sírvela a pesar de los ingratos”, J. Setanti
Miguel Massanet
jueves, 20 de marzo de 2014, 08:25 h (CET)
Es curioso, señores, esta extraña circunstancia, propia de algunos ciudadanos de nuestra nación (por desgracia demasiados), que han decidido que el amor a la patria, el respeto por sus símbolos y el apego por sus tradiciones y gestas de nuestros ancestros, no son más que paparruchas, que carecen de sentido y que lo único que vale es instalarse en una postura de apátrida, olvidándose de las raíces y despreciando todos aquellos sentimientos que unen a las personas con el terruño en el que nació, que los hermanan con el resto de aquellos que comparten una misma historia y que han participado unidos en la construcción de una patria común a la que se debe respetar y amar.

Lo cierto es que, así como en otras naciones de Europa y América, el sentimiento de unidad y respeto por su historia es uno de los acervos que unen a todos sus ciudadanos, independientemente de sus ideas políticas, como ocurre en Francia, Alemania, EE.UU y otras importantes naciones (de tal modo que lucen con orgullo los colores de sus banderas nacionales, se ufanan de su patriotismo y se rebelan contra cualquier acto o intento que signifique una falta de respeto o un ataque a sus costumbres, instituciones o símbolos nacionales); en nuestro país, lamentablemente, parece que se ha puesto de moda el no darle la más mínima importancia al sentimiento patriótico, de modo que da la impresión de que, para muchos, el patriotismo se trata de algo ridículo, cosa de personas anticuadas y, por lo tanto, obsoleto. Es evidente que nuestra juventud, que ni en sus familias han mamado ni en las escuelas les han inculcado ni en la vida corriente han encontrado un sentimiento generalizado de respeto por la patria común, sino, más bien, lo que se estila es todo lo contrario. Lo “moderno”, lo “in” lo que “mola” es mofarse de este sentimiento, reírse de aquellos que todavía somos patriotas y calificar de retrógrados a los que no participan de este relativismo egoísta, ad hoc, por el que sólo es importante lo que nos favorece, la popularidad, el éxito económico y la satisfacción de nuestros instintos más primarios.

De ahí que, junto a este desapego por el compendio de lo que representa nuestra Historia común, nuestras relaciones con otras regiones, nuestras creencias comunes o el cúmulo de leyes y costumbres que nos unen a todos en un ente nacional; se viene produciendo un fenómeno que no se entiende ni parece que sea lógico cuando, a la vez, entraña un rechazo por el nacionalismo español y, por extravagante y antitético que pudiera parecer, el apego a otro nacionalismo, de tipo excluyente y provinciano, el nacionalismo catalán o vasco, que todavía resulta más exacerbado, intransigente y cargado de rechazo hacia la patria común; pero que, no obstante, está cargado de una fanática obsesión por un seudo nacionalismo de opereta bufa, fruto de los desatinos de unos iluminados que han buscado en leyendas y presuntas raíces procedentes de razas “superiores” ( recuerden el caso de los nazis y su sociedad secreta Thule antisemítica o las famosas granjas de sementales de la SS, idea de Himmler), que pretendieron modificar la historia fundándose en leyendas y pasados fruto de sus calenturientas imaginaciones.

Junto a una pretendida vocación de ser ciudadanos del mundo aparece, a sensu contrario, un nuevo sentimiento de nacionalismo regionalista que busca disgregarse de la patria común para integrarse en pequeñas naciones tribales formadas por grupos de similitud étnica y lenguajes comunes; como si con ello, encerrados dentro de su particular caparazón, tuvieran mejores posibilidades de conseguir un tipo de vida mejor, más independiente y más autogestionada. Si, pero siempre supeditados a lo que decidan las naciones más poderosas. Junto a este fenómeno separatista tenemos otro tipo de falta de patriotismo, quizá igual de peligroso, de carácter político, que viene propagándose con especial virulencia en algunos partidos de la izquierda que piensan que, una manera de hacerse fuertes y vencer a la derecha, consiste en fomentar todas aquellas acciones antidemocráticas que les ayuden a derrotar al partido en el poder. Aquí se trata de conseguir, utilizando los medios que fueren: como las descalificaciones, la mentira, la calumnia, la explotación política de cualquier desgracia o acontecimiento, sin tener en cuenta si ello favorece a España y a los españoles o no. Para estos elementos todo vale cuando se trata de conseguir votos y así vemos como, el PSOE del señor Rubalcaba, ha sido incapaz de hacer frente común con el Gobierno para hacer un pacto que permita afrontar, con fuerza y unidad, el grave problema de los asaltos de inmigrantes a las ciudades de Ceuta y Melilla; algo que amenaza con convertirse en un tema de difícil solución si España e Italia no son capaces de plantarse ante Bruselas para que arbitre remedios adecuados en los que se implique toda la CE.

Otro caso de falta de patriotismo o miedo a mostrarse, ante quien fuese, como un verdadero español, ha sido el de la señora Elena Valenciano que, en un mitin en Barcelona, seguramente para no disgustar a los separatistas, ha retirado la bandera española, como si se avergonzara de ella, dejando solo la señera catalana y la enseña de la CE. No sólo vienen jugando con el separatismo catalán, condenándolo en el Parlamento, pero debilitando la postura del Gobierno central, con una propuesta absurda y partidista, consistente en la constitución de un estado federal; algo que carece de lógica ya que, el actual sistema autonómico, sustituye con creces a cualquier estado federal que pueda existir en Europa. Y es que, señores, no se trata de velar por el bien de los ciudadanos, sino de conseguir el poder, pensando que, una vez instalados en el gobierno, aunque fuere por medios antidemocráticos, ya no habrá quien consiga descabalgarlos de él.

Y antipatriotas, por no emplear otra calificación, son todos estos jueces estrella tipo señor Baltasar Garzón o el mismo Santiago Pedraz que utilizan su cargo para desarrollar una actividad política que nada tiene que ver con la verdadera aplicación de la Justicia, sino que ponen todo su empeño y los trucos legales a su alcance para dar salida a sus viscerales tendencias izquierdistas, sin mirar el daño que causan al concepto de la Justicia, a sus propios compañeros, los magistrados y jueces, y a la imagen que dan, con sus bufonadas políticas, de lo que es nuestro sistema judicial, ante el resto de naciones. El caso del ex juez Garzón es especialmente dramático si tenemos en cuenta que su credibilidad está por los suelos, su fama de actuar por sus motivos personales ha corrido por todo el mundo y, su suspensión del cargo de juez por prevaricación, es algo que difícilmente va a poder sacarse de encima. Lo menos que debiera hacer es procurar pasar desapercibido; no dar pábulo, con su actitud revanchista, a más críticas y no perjudicar al país, como viene haciéndolo, con sus agrias e injustas críticas, formuladas en foros de otras naciones que, si no como juez, al menos como persona y español, debiera de haber evitado. Pero no se le pueden pedir peras al olmo.

Puede que, para alguien, el patriotismo sea algo trasnochado, pero, a mi entender, es difícil que sin este sentimiento, una nación pueda sobrevivir a los avatares a los que debe enfrentarse. Y patriotismo es unidad, solidaridad, respeto mutuo, sacrificio colectivo y respeto por la moral y la ética. Cuando este sentimiento patriótico desaparece también desaparece el sentido de nación, algo que el relativismo imperante está consiguiendo que ocurra, si alguien no pone remedio. O así es, señores, como vemos el triste panorama.
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