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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Será el príncipe Felipe el nuevo monarca de España?

“La Monarquía es una forma de gobierno de un estado en la que el cargo supremo es vitalicio y comúnmente designado según un orden hereditario”
Miguel Massanet
lunes, 30 de diciembre de 2013, 07:32 h (CET)
Esta definición, como cualquier otra, nos sirve para hacernos una idea de lo que ha sido el régimen monárquico desde que a alguien se le ocurrió que, convirtiendo al hijo del gran héroe que los había conducido victoriosos a la batalla o les había enseñado como cazar a una bestia salvaje para alimentar a toda la tribu; en su jefe supremo supondría que, el nuevo caudillo heredaría de su padre las mismas virtudes y capacidades de éste. Craso error, que la humanidad ha tenido que pagar, con millones de víctimas inocentes, a través de los siglos en los que esta institución ha estado vigente en la mayoría de las naciones. No se trata de que nos traslademos a tiempos pasados para recordar a aquellos reyes-caudillos que, al frente de sus mesnadas (reclutadas a la fuerza de entre sus súbditos), se lanzaban a la conquista de nuevas tierras; a la venganza de ofensas recibidas; a la defensa de sus creencias religiosas o al descubrimiento de nuevos continentes. Entonces, al menos, los reyes asumían el peligro de luchar al lado de sus hombres; hasta que descubrieron que resultaba más rentable, menos peligroso y mucho menos cansado observar el desarrollo de la contienda desde un cerro o una colina, lejos del peligro de las espadas y lanzas de los contendientes.

Lo que sucede es que los tiempos han cambiado y toda semejanza de los actuales monarcas con aquellos aguerridos guerreros medievales sería mera coincidencia. Lo cierto es que, la tan cacareada democracia, lo del gobierno del pueblo por el pueblo y de las facultades del pueblo para elegir de entre sus componentes a la persona a la que se considera más adecuada para gobernar la nación; es poco compatible, yo añadiría nada compatible, con el concepto de monarquía que, como ya se ha dicho, supone el relevo de un monarca por un miembro de su familia, tenga éste las cualidades, la preparación o el carisma para ser un buen gobernante o carezca de todas o algunas de estas virtudes; algo que, desgraciadamente, hemos podido comprobar los españoles, a través de los siglos. Es cierto, y este es el argumento que utilizan los que todavía creen en una institución, tan dèmodé, como es la monárquica; que cualquier presidente de la República dentro de las funciones que le atribuye la ley, también puede incurrir en errores; salir rana y convertirse en una pesadilla para el pueblo pero, señores, aquí existe una importante diferencia entre ambas instituciones, un privilegio que se le otorga a la monarquía del que carece el presidente de la república: la primera es hereditaria y la segunda temporal, lo que permite a los ciudadanos, en caso de que su mandato no haya sido satisfactorio, elegir a otra persona para ocupar su cargo.

Quiero que se me entienda, no me mueve ninguna especial aversión hacia los actuales miembros de la Casa Real; ni consideraría oportuno que, en estos momentos de graves distorsiones internas en nuestra nación, se planteara la abdicación de nuestro actual monarca, el Rey don Juan Carlos I. Sin embargo, y a las pruebas me remito, no creo que la unidad de España la pueda sostener, con sus propios medios y las buenas intenciones que le puedan acompañar, nuestro monarca, como se puede comprobar si observamos el poco efecto que sus mensajes, más cargados de buena voluntad y tibieza política que de advertencia y reproche, hacen sobre todos aquellos que han decidido prescindir de las leyes españolas, sus reyes y todo lo que signifique formar parte del Estado español. Su insistencia en apelar al diálogo resulta tan inconsistente y penosa como la que propone el señor Rajoy, cuando ambos son conscientes de que: el único diálogo que puede haber con los separatistas es o pararles los pies echando mano de la Ley o ceder a sus aspiraciones soberanistas. Es obvio que, en las actuales circunstancias, la intención de separarse de España demostrada por los secesionistas catalanes, no se puede parar con buenas palabras, con sesudas advertencias, con admoniciones ni consejos, porque, por desgracia, se ha dejado que la insurrección haya adquirido demasiado cuerpo y las lanzas han sustituido a la cordura. El Rey ha dejado de ser la “garantía de la unidad de España” que, en la actualidad, solo está en manos del TC, el Ejecutivo y, en último lugar y como recurso extremo, de aquellos a los que la Constitución les ha otorgado la misión de evitar que el país quede dividido: el Ejército español; aunque parezca que, hoy en día, citar tal posibilidad y el Art. 8 de la Carta Magna, se haya convertido en pecado capital.

La Historia nos enseña que, siguiendo la cultura cristina que hemos recibido de nuestros ancestros, los reyes, desde que España se constituyó como nación, han tenido a gala defender a la religión católica, demostrar su apoyo a la misma y luchar, aunque fuera en Tierra Santa, por expandir la doctrina cristiana a otros países de infieles. España, salvo el intervalo en el que las fuerzas de izquierdas dominaron el país, desde el 14 de abril de 1.931 hasta fin de la Guerra Civil, incluida la dictadura del general Franco; se ha mostrado mayoritariamente católica y sus reyes, como no podía ser de otra manera, siempre se han considerado como paladines de esta religión. Sin embargo, si bien don Juan Carlos, especialmente en los primeros años de su reinado, se mostró como seguidor de la tradición familiar, apoyando firmemente al clero cristiano; a medida que las circunstancias han cambiado y España se ha laicizado, la relación entre Monarquía e Iglesia no parece que sea tan fluida y estrecha como era anteriormente. No le pedimos que, dentro de un estado laico, muestre sus preferencias hacia una determinada religión, pero sí que en su comportamiento, en sus relaciones familiares e incluso en las leyes que ha firmado, como la del Aborto, se podría haber mostrado más cuidadoso y prudente antes de hacerlo. En el caso de don Felipe, la influencia de doña Leticia es manifiesta y, fuere por mera casualidad, en la que no creo, o calculadamente, en la felicitación que han hecho en estas Navidades, consistente en una foto de los cuatro miembros de su familia, ha desaparecido cualquier motivo que pudiera relacionar a la familia del príncipe, con lo que tienen estas fechas de celebración del nacimiento de Cristo.

Y es que el caso del heredero de la corona no se centra en su preparación, que estimamos que es la adecuada ni en su conducta personal que parece ser irreprochable pero, no sabemos si influenciado por doña Leticia, se ha juntado con algunas amistades que pueden resultar poco apropiadas para un monarca. Ahí tenemos a su amigo, el señor Sabina, que no se ha cortado en manifestarse de una manera intolerable para cualquier que se sienta español, cuando ha dicho que “España me produce rabia, vómito, asco e indignación”. Tampoco el comportamiento de la familia de doña Leticia está exento de episodios que no se compadecen con su parentesco político con el heredero del trono. Veamos si nos entendemos: a un futuro Rey se le deben exigir determinadas conductas que, a un particular, no se le podrían criticar. No volveremos a comentar la equivocación que supuso el matrimonio con una persona que, además de divorciada, tenía fama de feminista y excesivamente “independiente”; pero sí podemos poner en cuestión que sus influencias puedan conducir al futuro rey a “democratizarse” demasiado, hasta el punto de que pudiera compartir ideas incompatibles con la monarquía en sí.

Si ya suena a broma esto de una “monarquía parlamentaria” en un Estado que se define como democrático, algo difícil de entender si definimos a la democracia como aquel gobierno elegido por el pueblo; lo que ya roza el límite de lo admisible es que pudiera existir, en este país, un rey que pasara a compartir las ideas progresistas de personajes que forman parte de la farándula y que se vienen caracterizando por su poco respeto por las leyes; sus opiniones frente populistas y su evidente enfrentamiento a la religión católica, contra la cual vienen luchando y llevando a cabo una campaña de descrédito, burla y denigración, con el claro objeto de que la moral cristiana de nuestro país deje de existir, para implantar su conocido adoctrinamiento relativista con el que vienen consiguiendo su propósito de eliminar cualquier resquicio de oposición a su neo comunismo.

No sabemos, a ciencia cierta, el grado de influencia que pueda tener doña Leticia sobre su esposo y, en verdad, nos importaría un pito si no se tratara de la persona que está destinada a reinar sobre España. Los rumores que corren acerca del distanciamiento existente entre ambos cónyuges; las relaciones que puedan darse con el resto de la familia real y el hecho, innegable, de que SM el Rey parece que, a pesar de su delicado estado de salud, insiste tercamente en permanecer en el trono, cuando lo que parecería más oportuno es que se lo cediera a don Felipe, para que pudiera ejercer de monarca, contando con el apoyo y asesoramiento de su padre; nos indican que es muy posible que, en la Casa Real, haya alguien que aconseje a SM prudencia antes de convertir a la esposa de don Felipe en reina de España.

Otra cosa es que, a la vista de los últimos sucesos ocurridos con el señor Urdangarín y la Infanta Cristina, el apoyo a la monarquía haya caído en picado entre el pueblo español y ya se esté cuestionando, aunque ello se procure ocultar, el hecho de que, a esta institución condenada a desaparecer, se le empiece a preparar un adecuado retiro para que, como está vigente en una gran parte de las naciones europeas, se de paso a otro tipo de régimen de tipo más democrático. O esta es, señores, mi opinión como republicano moderado de derechas.
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