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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Los progres y el islam

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
viernes, 22 de septiembre de 2006, 00:24 h (CET)
Eulogio López, director de Hispanidad digital, es como un martillo pilón. Tiene algunas ideas-casi siempre lúcidas, originales y llamativas-y las golpea y repite machaconamente en su medio, hasta que calan en sus fieles lectores.

Hoy 20 del 9, vuelve la burra al trigo y nos ilustra con un artículo repetitivo en el fondo, pero nuevo en la forma, sobre la responsabilidad en Occidente de los progres en lo que está sucediendo globalmente con el Islam y la Iglesia. Para cuantos no tienen ocasión de su lectura, transcribo literalmente dos párrafos del mismo que no tienen desperdicio:

“El problema no está en el Islam. El Islam es una sociedad sin libertad y con una justicia social desconocida. Doctrinalmente, es una mera caricatura, de modos externos, sin conversión interior, de la doctrina cristiana, a la que Hilaire Belloc consideraba una herejía del Cristianismo. No concibe el amor como raíz de la relación entre el hombre y Dios, razón por la que, conviene repetirlo continuamente, para el creyente musulmán calificar a Dios como padre constituye una blasfemia.

Si no fuera por su alianza con el Estado, sencillamente el Islam no habría sobrevivido. Por eso, para el Islam, la teocracia no es una opción, sino una necesidad ineludible para subsistir”….

“El problema es que es la progresía occidental, esa que ha mantenido un ominoso silencio ante la feroz represión al Papa, más que nada porque está feliz de que los musulmanes hagan el trabajo sucio de perseguir, reprimir y, de vez en vez, asesinar a cristianos, especialmente a instituciones católicas ortodoxas. Aquí opera el viejo principio de Lenin: hay que eliminar a los sacerdotes fieles, a los infieles o laxos hay que mimarlos porque son colaboradores muy eficaces de la causa revolucionaria. Era listo, Vladimir Illich Ulianov. Un gangster, sí, pero muy listo”. Como personalmente me identifico con su escrito, no tengo más que añadir.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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