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Los moriscos

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 13 de septiembre de 2006, 21:41 h (CET)
He leído hace poco en varios medios que Mansur Escudero, Presidente de la Junta Islámica española, ha solicitado que se reconozca el derecho preferente a la nacionalidad española a los descendientes de los moriscos expulsados tras el Decreto de Isabel la Católica de 1502. Con independencia del dislate que para mí representa tal petición, hay que señalar que en el año 1502 no fueron expulsados ningunos moriscos. La real cédula de febrero de 1502 lo que ordenó es el destierro de todos los musulmanes, tanto de Granada como de cualquier otro reino de España, que no estuvieran dispuestos a convertirse en cristianos. Ante tal alternativa una inmensa mayoría de musulmanes se bautizó para no tener que irse de España. Estas conversiones masivas en su mayor parte eran fingidas y los conversos siguieron practicando la religión islámica. A estos musulmanes bautizados es a quienes se les dio el nombre de moriscos y su expulsión definitiva solo se produjo más de un siglo después, 1609, en tiempos de Felipe III. La triste historia de los moriscos fue estudiada, entre otros, por el profesor D. Antonio Domínguez Ortiz., a quien me remito.

La capitulación del reino de Granada, acordada por Boabdil y los Reyes Católicos, reconoció a los musulmanes granadinos el derecho a continuar practicando su religión incluso a los cristianos que se habían hecho musulmanes y que se les denominaba elches. No era nada nuevo ya que en los demás reinos cristianos seguían viviendo en minoría musulmanes a los que se denominaba mudéjares, pero esta convivencia resultó harto problemática en Granada donde su número era superior al de los cristianos. En 1492 la gestión de los asuntos de la ciudad fue confiada a un equipo mixto de cristianos y musulmanes, pero en 1497 los musulmanes dejaron de asistir a las sesiones en protesta de que las capitulaciones no se aplicaban. El arzobispo Talavera comenzó un plan pastoral para convertir a estos musulmanes al cristianismo, plan que tenía que ser necesariamente lento. Al parecer, el cardenal Cisneros urgió procedimientos más expeditivos para forzar las conversiones. A pesar de que el punto 31º de las capitulaciones establecía que si algún cristiano o cristiana se hubiese tornado moro o mora en tiempos pasados se les respetara, a finales de 1499 se pretendió detener a algunos de estos elches en el Albayzin lo que provocó un levantamiento que duró varios días y fue sofocado con la mediación del Arzobispo. Pero este chispazo pasó a otros lugares de la Alpujarra y la costa donde los levantamientos exigieron acciones militares en los años 1500 y 1501. Las capitulaciones de 1492 se convirtieron en papel mojado y la real cédula de 12 de febrero de 1502 ordenó drásticamente la conversión o el destierro, no solamente de los mudéjares granadinos sino también de los que vivían en los demás reinos cristianos. Optaron por el exilio los que gozaban de mejor posición que los demás y si los cristianos los expulsaron, los norteafricanos que los recibieron no los trataron mejor.

El resto se vio obligado a un conversión obligada que no sólo fue forzada en lo religioso sino también en lo cultural prohibiéndoles sus costumbres alimenticias, sus vestidos, sus zambras, etc. Los cristianos viejos los miraban con desconfianza y no facilitaron en modo alguno que llegaran a ser buenos cristianos. Se trató de su expulsión en varias ocasiones, que los moriscos lograron ir aplazando mediante aportaciones económicas o la influencia de la clase nobiliaria que los defendió siempre pues la resultaban trabajadores más útiles y productivos que los cristianos. Esta situación de enfrentamiento llevó en 1568 al levantamiento de las Alpujarras y a la Guerra de Granada que duró hasta 1570 y que narró Diego Hurtado de Mendoza.

Por otra parte, en estos años se está produciendo el avance imparable, hasta Lepanto, del imperio turco que impone su presencia en el Mediterráneo con continuas actividades piráticas. Los moriscos pidieron ayuda a los turcos. Eran una quinta columna que podía facilitar y de hecho facilitó en algunas ocasiones el desembarco de soldados enemigos. La pregunta ¿hay moros en la costa? era la preocupación de los españoles en los tiempos de Felipe II. Será su hijo Felipe III el que se decida a la expulsión de los moriscos en 1609.

No hay duda de que con nuestros criterios actuales la conversión forzada de los mudéjares y su expulsión de España es reprobable. Pero lo mismo que el hecho de recibir el bautismo no hacía cristianos ni españoles a los mudéjares, hoy tampoco el hecho de otorgar a los argelinos la nacionalidad francesa o a los marroquíes que viven entre nosotros, la española, puede conseguir una auténtica integración en el país en el que viven ni compartir sus valores políticos o culturales. Hemos visto los desordenes en Francia hace poco tiempo. Aunque tengan un pasaporte francés se siguen sintiendo argelinos y aplaudirán al equipo de Argelia si juega contra el de Francia. Aquí pasará lo mismo.

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