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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Pensando en el futuro

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 11 de septiembre de 2006, 21:54 h (CET)
La semana pasada decidí citarme con el futuro. Septiembre es un mes que invita a recomenzar. Yo me senté en la arista del presente, quería preguntarme y preguntarle al mañana sobre tanta locura sembrada, convencerme de que el universo todavía sigue vivo y que la vida tiene porvenir, a pesar de tantas inseguridades y desasosiegos. Al fin y al cabo, somos un corazón en el aire, un latido en la inmensidad del cosmos en la que no cabe malograr la existencia. Si el hombre falla –como predijo Dámaso Alonso- volvemos otra vez al vacío y a la batalla del caos. No me gusta, en consecuencia, que transite por las calles la rabia o que la venganza avive el odio. El pasado puede servirnos como enseñanza y el presente como lección. Considero, además, que es bueno dejarse llevar por el poeta que todos llevamos dentro, la lengua que hablaron en el inicio del inicio y tras el inicio de la vida, nuestros antepasados. Sólo, a través de la poesía, se puede hablar de suspiros. Es un lenguaje que nos une, una música que nos hermana. Soy, pues, de los que piensan que vale la pena plantar ese árbol en nuestro diario expectante y esperar que germine.

La esperanza del mundo pende de nuestras andanzas, pero sobre todo del aliento de los escolares. Son el futuro. Por ello, estimo que el mejor programa educativo será aquel que convierte al alumno en un buen ciudadano. En educación debemos dar el todo por el todo. Las confrontaciones políticas no tienen sentido. Dejémoslas a un lado, en favor de pactos consensuados. Está en juego nuestro propio rumbo. Por desgracia, el gasto público educativo de España está todavía por debajo de la media actual de la Unión Europea. Necesitamos que también en esa Europa del conocimiento, nuestros escolares tengan buenos cimientos para coronar el sueño de aquellos intelectuales que apostaron por la apertura. Desde luego, invertir en instruir e ilustrar, cuanto más en verdad mejor, es una buena apuesta. Máxime, si se tiene en cuenta que se educa para la vida, o sea para avanzar en humanidad, con cierta dosis de templanza y un caudaloso río de virtudes, ante aprietos y obstáculos que nos van surgiendo en el camino.

El conocimiento, en continua evolución, no puede abandonar cuestiones cívicas o valores morales. Sería como aprender sin recapacitar. Las mayores dificultades siempre están en saber discernir qué camino tomar y de cuál fugarse, qué puente hay que pasar y de qué puente hay que huir, qué cauce hay que beber y qué cauce hay que dejar correr. Un plan de enseñanza que no camine en esta línea formativa de pensamiento interior, de hacer pensar y de madurar la manera de sentirse a gusto en la vida, me parece que es un error. No olvidemos que el mañana es la oportunidad de los mejor formados, que por ende serán, los más valientes y seguros. La idea aristotélica de que el sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice, nos afianza y refuerza lo dicho. Seguramente nos ahorraríamos muchas embestidas que luego nos hacen resentir el alma.

Hablando de sensaciones. Hay un sentir común que parece alertarnos. Nos preguntamos qué lírica tendrá nuestro futuro en este salto de la globalización cultural. Se han derrumbado muros, abierto fronteras, pero seguimos sin conseguir descifrar malentendidos o sin poder dar respuesta contundente a los que cultivan la violencia. Al final, resulta que sólo hay una llave para la caballerosidad, es la urbanidad que hoy no se enseña en las escuelas. Se promueven otras crianzas de efectos infernales, sin afecto compasivo alguno. La rivalidad mal entendida, la lucha por el poder mal fomentada, son evidentes ejemplos. Pedimos una nueva civilización plenamente humana y nunca, como el momento actual, ha habido tanta distinción de clases. A lo mejor tendríamos que reflexionar sobre los actuales objetivos de la educación, puesto que el fracaso escolar está a la orden del día y los docentes decaídos como las hojas del otoño. Así no se pueden formar personas aptas para valerse por sí mismas y no dejarse comprar por el primer cuentista de turno.

En demasiadas ocasiones, el pueblo dice sentirse amenazado por la politización de ciertos derechos que son propios de cada persona. Personalmente, prefiero las leyes poéticas antes que las leyes políticas. Estas últimas, a mi juicio en sobreabundancia, descansan en la fuerza del miedo a la sanción, en el cumplimiento de la pena impuesta. Las otras, las que existen en todas partes como la poesía, siguen el principio natural de vivir y dejar vivir. No exigen nada y lo exigen todo. Tienen un cierto anhelo espiritual y una auténtica explosión de claridad y clarividencia, que hasta pone al silencio labios. Creo que la humanidad venidera, de Oriente a Occidente y de Norte a Sur, deberá afanarse, con sabia reflexión y audaz desvelo, en buscar puntos que nos acerquen. Entre la angustia y la esperanza, el futuro de la sociedad ha de confluir bajo la sombra de la aceptación cultural. Este destino será el que las personas cultiven con su libertad responsable sostenida por la educación.

Europa puede parecer vacilante, los españoles podemos estar agobiados e inquietos ante la avalancha de inmigrantes, pero también es cierto que ha de nacer una persona moderna. De entrada, crece entre culturas diversas, con lo que este ambiente supone de enriquecimiento. Nos queda ejercitar todas sus capacidades para el acomodo. Que el niño llegue a ser persona y la persona ciudadana del mundo. Conseguir la universal ciudadanía será el mejor futuro para la vida, o sea para el ser humano. Entender la educación como la búsqueda del desarrollo poético, también tiene sus ventajas. Educar corazón a corazón deja huella, injerta armonía a la persona, lucidez y maduración. Discernir lo poético de lo prosaico conduce a saber mirar y a calzar la ponderación en las ideas. En esta encrucijada de la historia en busca de futuro, los verdaderos poetas son savia siempre nueva, fuente de justicia y manantial de libertades. Su secreto radica en el amor a la palabra, necesidad primordial de toda cultura humana, para interpretar y saber interpretar los lenguajes de los diversos linajes del mundo.

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