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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Santidad

La canonización de Juan Pablo II tocado por el asunto del pederasta Maciel Marcel despierta el interés por la santidad
Octavi Pereña
martes, 15 de octubre de 2013, 07:49 h (CET)
Terry Fewtrell, que se considera católico activo de Canberra, Australia, redacta un escrito titulado ”No canonicéis a Juan Pablo II, no era santo”. El motivo por el que le niega el calificativo de santo se debe a la protección que Juan Pablo II otorgó a Marcial Marcel, fundador de Legionarios de Cristo, involucrado en pederastia con los seminaristas que estudiaban en sus centros docentes. “Durante muchos años”, dice Fewtrell “Juan Pablo II se negó a aceptar como merecedoras de investigación, las repetidas acusaciones contra Marcial que asediaba a los jóvenes en sus seminarios. Juan Pablo II no solamente dio la espalda a estas acusaciones que le hizo de Marcial una persona ensalzada en el Vaticano. Era un caso de especie protegida, un intocable…En el contexto de hoy la actuación de Juan Pablo II en este asunto fue vil y desgraciada, difícilmente merecedora de santidad”.

En cierta ocasión Jesús dijo a un paralítico: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados” (Mateo 9:2). Esta declaración ofendió a algunos de los escribas que estaban presentes que pensaban: “Este blasfema”. Entonces Jesús les dice algo muy importante sobre el tema de la santidad: “¿Qué es más fácil decir: tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu camilla, y ve a tu casa” (vv. 5,6).

Los escribas que pensaban “este blasfema” refiriéndose a Jesús que se hace suya la prerrogativa de perdonar pecados manifestaron sentido común en caso de que Jesús sólo fuese un hombre como nosotros, pero estaban totalmente equivocados porque se negaban a aceptar que aquel Jesús de quien conocían a su madre, sus hermanos y hermanas, fuese mucho más que un hombre, era el Hijo unigénito de Dios hecho hombre “porque salvaría a su pueblo de sus pecados” (Mateo1:21) como el ángel le dijo a José cuando estaba pensando en repudiar a María en secreto, creyendo que le había sido infiel. La blasfemia que los escribas atribuían a Jesús es la que hoy cometen los papas que son hombres de carne y huesos, mortales como el resto de los hombres, que se auto otorgan el poder de perdonar pecados, convirtiendo en santos a personas pecadoras y que la delegan a los sacerdotes que en los confesionarios absuelven de sus pecados a las personas que se confiesan.

Escribiendo a unos destinatarios desconocidos el apóstol Pedro dice: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor a vosotros…” (1 Pedro 1:18-21). Este texto pone de manifiesto que el pecado de Adán que causó que toda su descendencia naciese manchada por el pecado no cogió a Dios por sorpresa, viéndose obligado de prisa y corriendo a solucionar la situación producida. Cuando solo existía Dios, éste preordenó la muerte de su Hijo que en “el cumplimiento del tiempo” se encarnó en la persona de Jesús que como “un cordero sin mancha y sin contaminación” fue sacrificado en el Gólgota para perdón de los pecados del pueblo de Dios.

“La sangre de Jesucristo, su Hijo (de Dios) nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Por la fe en el Nombre de Jesús el pecador se convierte en santo, comenzando un proceso de santificación, es decir de perfeccionamiento moral, que culminará en el día de la resurrección en el que la obra redentora de Cristo será plenamente realizada. Entonces el creyente en Cristo será “sin mancha ni arruga ni cosa semejante” (Efesios 5:27). Este será el momento que podrá ver a Dios cara a cara porque su santidad habrá alcanzado el cenit

La sangre de Cristo garantiza el perdón total de los pecados. Ningún pecado por grosero que sea podrá impedir que se efectúe la limpieza total. Los purificados por la sangre de Jesús son ovejas que escuchan su voz, les conoce y le siguen. Declaración de Jesús que llena de confianza a sus ovejas: “Yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:28). La santidad que pretende otorgar el hombre no satisface, deja a los perdonados (¿) con la duda de si lo han sido o no, si tendrán que pasar millones de años en el Purgatorio a pesar de haberse confesado a un sacerdote. La diferencia la marca el apóstol Pablo cuando a firma: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21)

Octavi Pereña i Cortina
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