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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ladrones por amor al arte

Francisco Arias Solis
Redacción
martes, 8 de agosto de 2006, 21:38 h (CET)
“Y pare usted de contar,
que en estas cosas a España
no toca sino el llorar.”


Rafael Alberti

El robo de una obra de arte del patrimonio artístico de un país es algo que atañe a toda la ciudadanía, puesto que a todos pertenece y, por lo tanto, constituye un bien cultural que entre todos debemos preservar. Junto con la preocupación por la seguridad del patrimonio artístico tampoco estaría de más la concienciación de muchas personas que todavía no se han dado cuenta de lo que constituye una de las mayores riquezas de un país.

Hoy no abundan en España las bandas de profesionales dedicadas al robo de obras de arte La principal causa radica en la dificultad, más que a la hora de robar las obras, de la posterior comercialización de éstas. Lo que no quiere decir que sea fácil sustraer las obras. Desde hace tiempo se observa una creciente preocupación por asegurar cada vez mejor este patrimonio. En los centros oficiales, principalmente, se ha generalizado la implantación de vigilancia personal y otras medidas de protección y prevención. Pero si la venta a unos precios rentables y el anonimato estuvieran más asegurados, probablemente habría más profesionales especializados en este tipo de delito.

Se sabe que se producen robos, sobre todo en el patrimonio de la Iglesia, pero intentar cuantificarlos puede convertirse en una labor ardua y estéril. No hay inventario de muchos de los objetos artísticos ubicados en iglesias, monasterios, catedrales, etc. Existe una cierta descoordinación entre distintos cuerpos de seguridad a la hora de hacer llegar las denuncias al departamento correspondiente. Merecen comentario aparte las ventas ilegales o las exportaciones clandestinas de colecciones particulares que no son denunciadas. A todo esto hay que sumar otra cuestión importante: el expolio producido dentro del área arqueológica , a través de numerosas excavaciones clandestinas, y del que tampoco se puede precisar demasiado; solamente se sabe que los daños son, al parecer, cuantiosos, no sólo por los robos consumados, sino por la destrucción del entorno.

En líneas generales, de las obras importantes robadas suele recuperarse un porcentaje importante, entre un 80 u 85 por ciento; respecto a objetos artísticos de menor categoría, las recuperaciones no llegan ni a la mitad de los objetos robados.

Las obras de arte que incluyen piezas de oro, piedras preciosas, joyas, minerales raros, etc., constituyen en numerosos casos el principal objetivo del delincuente. Se trata de piezas que pueden desmontarse fácilmente con el fin de separar los distintos materiales y ser vendidos de forma individual. Aparte de lo repugnante del acto, en el que piezas de valor incalculable pierden por completo éste una vez despiezadas, lo que se produce es la total desaparición de la obra del mundo del arte puesto que se consigue su destrucción. En estas condiciones las probabilidades de encontrar los objetos robados son muy escasas y si se encuentran partes de las piezas, la dificultad radica en recomponer la obra al completo. Este tipo de robo es bastante frecuente debido a que las pistas se borran más fácilmente que en los lienzos o esculturas.

Esta destrucción también puede observarse a menudo en las fachadas de las iglesias y catedrales donde aparecen importantes huecos donde antes han estado ubicados relieves, figuras o motivos decorativos.

Al intentar definir a los individuos que se dedican a extorsionar el patrimonio artístico, se mencionan tres categorías: el delincuente ocasional, el delincuente profesional no experto en obras de arte y el profesional experto.

Dentro de la primera categoría aparecen personas que suelen tener aficiones artísticas y una moral muy laxa, que aprovechan un descuido para llevarse un objeto artístico. Los delincuentes profesionales no expertos, normalmente no entran en sitios determinados en busca de objetos artísticos, pero si se da la circunstancia de que encuentren algunos de ellos, se lo llevan aunque no sea su especialidad. Los más peligrosos, desde luego, son los profesionales, que conocen perfectamente el valor de las obras por las que están interesados. A veces tienen clientes aún antes de haber cometido el delito o saben que cuentan con canales fiables para ponerlas en circulación.

Por otro lado, conviene destacar que el interés de algunos compradores de obras de arte radica principalmente en lavar el dinero negro de negocios execrables.

Aunque no cesa el robo de obras de arte, sin embargo, no nos encontramos en el periodo de los años setenta y principio de los ochenta, época en la que actuó Erik “el Belga” , famoso ladrón internacional de obras de arte a quien se le incautaron alrededor de novecientas obras. No obstante, cabe preguntarse, si de pronto apareciese otro, o varios Erik, sean o no belgas, ¿estaríamos preparados para impedir que expoliaran el patrimonio artístico? Y como dijo el poeta: “Hostería del buen ladrón”, / aquí al huésped se le roba / con mucha moderación. / Mas si se ofrece ocasión, / se le roba el pensamiento, / el alma y el corazón”.

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