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Opinión
Etiquetas:   Reflexión   Pensamiento   Experiencia  

Inductancias

Desdeñamos los condicionantes...para pasar a los lamentos necios de los descuidados
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 20 de septiembre de 2019, 10:50 h (CET)

Somos muy propensos a la atribución de causas sin las reflexiones oportunas. Al referirnos a los individuos como causantes añadimos filias y fobias, desvirtuando las conclusiones. La causa directa (Apretar un botón), en su sencillez, viene acompañada de gran número de condicionantes no valorados en su justa medida. Mediciones complejas por cierto, por la amplitud de las conexiones y las propias características de las personas; un mosaico de relaciones intrincadas. Quizá por eso, sobreviene el desliz entre lo causal y lo casual utilizado en ARTIMAÑAS lamentables.

Destruyen las confianzas, facilitan procedimientos fraudulentos y frivolidades; entre un magma indescifrable de matices.




Eso de ir directamente al grano, blanco o negro, tiene la vertiente buena y las restantes a considerar. La primera es un aterrizaje imprescindible en las circunstancias concretas; las decisiones son necesarias en concreto. Los riesgos provienen de tomarse demasiado en serio la concreción, como incontrovertible, desdeñando los múltiples factores influyentes en los avatares de la vida. Ante esa disyuntiva asoman posibles REPERCUSIONES sobre la convivencia y las experiencias particulares. Proliferan las actitudes dogmáticas, de tan aferradas a una visión concreta. Pero también la evasión de responsabilidades, diluidas en la complejidad, como si no existieran como tales.

Quien practica un hecho concreto tiende a escudarse en la cantidad de circunstancias envolventes que le obligaron a esa actuación; sobre todo en las malas acciones; de las buenas ya respondemos. En la vertiente opuesta no prestamos atención a la ingente cantidad de aportaciones conducentes a un evento. Constituyen una importante suma de factores necesarios no siempre evidentes. Producen efectos a distancia, inducen a la consolidación final de un comportamiento determinado. Es la INDUCTANCIA real y expresiva. La forma de pensar, los hábitos adquiridos, la opinión pública, los equívocos o los conceptos elaborados; fueron configurados desde esas sutiles influencias, sean o no reconocidas.

Según se mire, cambian las apreciaciones. La inducción, repercusiones, imprevistos, artimañas, apenas representan efectos colaterales; sólo el último eslabón del actuante inmediato es el auténtico responsable. O por el contrario, los pormenores asociados juegan un papel inevitable cargado de relaciones con todo el proceso. Las respuestas a esta disyuntiva dirimirán el grado de enajenación de los protagonistas. La causalidad es reticular, de tentáculos alargados, pero además es jerárquicamente FLUCTUANTE. Los fenómenos inductivos son de una realidad contrastada. La tolerancia de las bravuconadas, los desvios dinerarios, arrastran muchas complicidades. La gente corriente está sometida a numerosos ejemplos.

Decía Josep Conrad: “Detesto llegar al fondo de la realidad”. Entreveo su tranquilidad por lo imposible del objeto de su aversión; un sueño, utopía, enigma cargado de repercusiones. De otro modo, quedarse en aspectos superficiales nos deja al pairo de las ventoleras caprichosas. Nos conviene huir de los extremos, deformantes de la verdadera realidad. Las políticas, la vida comunitaria en general están supeditadas a un dinamismo incómodo por su inestabilidad. La CONCORDANCIA de influencias es enemiga de los extremos, porque no dispone de respuestas absolutas, los cambios equilibrantes son permanentes. Las aportaciones plurales inducen a la adopción progresiva de las mejores opciones.

Aunque para la existencia de una convivencia armónica son perniciosos los oráculos pretenciosos; se presentan como conocedores de unos rincones muy alejados de sus alcances. Desconocen las respuestas últimas, del Universo, de la entidad personal, del sentido de la colectividad. Pese a lo dicho, proliferan en los ambientes habituales, gestionan los procedimientos y ocultan sus peores intereses. Es decir, son elementos foráneos del núcleo personal insustituible. Los sueños, ese ánimo íntimo, el alma de las PERSONAS, suponen el punto de partida imprescindible para la comprensión de los fenómenos existenciales. Las maquinaciones desarrolladas al márgen de ese núcleo son inhumanas.

La insensatez origina graves consecuencias. Conviene estar muy atentos ante los frecuentes desmadres referidos a las valoraciones de las actuaciones humanas. Los factores condicionantes de sus funciones son inabarcables, la complejidad es avasalladora. Lejos de orientarnos con preferencia al trabajoso estudio de la complejidad, dejamos la coherencia para caer en el uso descontrolado de las ETIQUETAS basadas en rasgos aislados. Esto entraña el desdén manifiesto dedicado a la mayor parte de los fundamentos de la existencia; una voluntaria adscripción al desconocimiento. Favorecemos asi la necedad de un simplismo sin fundamento, reflejado con creces en los ambientes modernos.

En el asunto de las clasificaciones es muy importante la sinceridad y la supresión de los sectarismos. Cada sujeto puede establecer distinciones, aunque si olvida sus estrechas relaciones comunitarias permanecerá enajenado; partidarios o contrincantes abocan a los falseamientos por los compartimentos generados. A la hora del establecimiento de CATEGORÍAS, es trascendental el punto de partida basado en los valores universales para no precipitarnos en cotos cerrados. Es muy apropiada la reunión de las categorías kantianas (Cantidad, cualidad, relación, modalidad) para el análisis dedicado al deslinde de las influencias recibidas desde los múltiples ámbitos de la sociedad. Son un excelente filtro modelador.

El arranque desde unas categorías insustanciales (Fama, popularidad, riqueza...) origina actitudes equívocas. La aplicación del filtro mencionado clarifica los análisis en busca de las esencias. Ese posicionamiento es decisivo porque nos ayuda a la COMPRENSIÓN ecuánime de las experiencias. Del entendimiento a la práctica la coherencia tropieza con una larga serie de condicionantes; la voluntad propia, el desdén colectivo, las deficiencias en general, los errores, entre los de mayor repercusión. En una misma persona la llegada o salida de los estímulos nunca se acaba, siempre echaremos en falta el remanso reflexivo necesario para la travesía vital gratificante.

Acumulamos conocimientos, es cierto; sin acercarnos a la inmensidad desconocida. Surgen vuelos existenciales insospechados desde esas raíces enigmáticas. La distinción entre ensoñaciones y realidades está cargada de contradicciones. Los disfraces adoptados son poco convincentes. Desarrollamos nuestra presencia entre inseguridades e incertidumbre. Ejercemos con un SURREALISMO plenipotenciario, sin rotundidades, con toda clase de deficiencias cognitivas; pero quizá con el talante irrenunciable de la presencia personal. Las normativas no consiguen la fijación de los conceptos, el carácter evanescente subyace de manera implacable. La asimilacion adecuada, sin subterfugios, de las influencias recibidas entronca con los brotes creativos en busca de la felicidad.

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