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Opinión
Etiquetas:   Política   GOBIERNO   Moncloa  

¿Por qué el Gobierno intenta imponernos cómo vivir nuestra existencia?

¿Es la libertad algo más que el derecho a vivir como se desee? Nada más. (Epícteto)
Miguel Massanet
jueves, 22 de agosto de 2019, 10:17 h (CET)

Es curioso que aquellos que más nos hablan de libertad, de opresión, de las leyes abusivas o de las injusticias sociales, en cuanto alcanzan el poder, tienen las manos libres para imponer sus ideas de izquierdas y disponen de los instrumentos legales para llevar a cabo lo que verdaderamente se esconde bajo la apariencia de beneficiar a los menos favorecidos por la fortuna; en lugar de empezar por permitir que los ciudadanos gocen al máximo de sus libertades, en vez de pretender que cada persona sea dueña de su propio destino o tenga la facultad de poder desenvolverse en la vida con un mínimo de imposiciones, generalmente relacionadas con los derechos del resto de la ciudadanía, lo que realmente pretenden hacer es inmiscuirse en lo que debería ser un terreno vedado, intocable, íntimo y de disposición exclusiva de cada persona, para empezar a ponerle trabas, prohibiciones, impedimentos o cortapisas con la pretensión de que, cualquier ciudadano de la comunidad esté obligado a sujetarse a lo que, el Estado, pretende que sea un comportamiento dirigido, mediante el cual pretende tener la posibilidad de mantener controlados a todos los ciudadanos miembros de la comunidad. Este fue, sin duda, el modelo implantado por la revolución soviética, en Rusia, del año 1917.

Algo que, por otra parte, no es nada nuevo y que ha sido lo que ha permitido a los grandes dictadores que han existido a lo largo de los siglos, tener dominados a sus adversarios, controlados a sus detractores y vigilados a sus propios partidarios, para que a ninguno de ellos se le pudiera pasar por la cabeza levantarse en contra de su autoridad. No hay duda de que el ejemplo más cercano, el que más nos toca de cerca y uno de los que puede ilustrar mejor, como ejemplo de este tipo de personas a las que nos hemos referido, es el señor Nicolás Maduro, el dictador por antonomasia de la república venezolana y el paradigma de lo que representa una forma de gobierno autoritario en el que el pueblo ha sido privado de sus más elementales derechos para pasar a formar parte de un colectivo oprimido, desasistido de cualquier posibilidad de resistirse, en situación de miseria y carencia absoluta y que, no obstante, al no tener de su parte a un ejército en el que sus mandos son corruptos y se alimentan del régimen totalitario, se ven obligados a soportar el yugo de la injusticia, la falta de opciones y esperanza, tan propios de regímenes de inspiración comunista que, no obstante, consiguen mantenerse, ante la pasividad de la comunidad de naciones que siempre dejan que sus egoísmos, sus intereses económicos, sus prejuicios y el miedo de que una aventura para poner fin a semejantes dictaduras, les pudieran costar un puñado de votos a la hora de presentarse ante la decisión inexorable de las urnas.


En realidad, se puede decir que, la llegada de la indiscutible época de los grandes avances de la ciencia, de la digilitación de las comunicaciones, de los descubrimientos de la medicina o lo que se pudiera presentar como el nuevo periodo de los robots que amenaza con otra nueva revolución social, en la que se vayan a tener que enfrentar aquellas personas que van a ser sustituidas por la evidente superioridad de rendimiento de los robots y, con las cuales, es muy posible que los gobernantes no sepan que hacer; no siempre ha supuesto una ventaja para el común de los mortales porque, si bien ha significado importantes avances en las comodidades, la prolongación de la vida, las posibilidades de comunicarse o de desplazarse de un país al otro; por otra parte, estos mismos descubrimientos o cambios experimentados en casi todo de lo que estamos rodeados, estos nuevos conocimientos o descubrimientos, han supuesto que los ciudadanos, cada vez, estemos sujetos a más limitaciones, prohibiciones, controles, impedimentos, coacciones o barreras psicológicas que hacen que, aquellas libertades de las que gozábamos con anterioridad, cada vez sean menos, más condicionadas o, incluso, han llegado a convertirse en obligaciones que nos han impedido seguir gozándolas.

Hace poco se ha hablado de que deberemos consumir menos carne debido a que, las vacas y demás animales bóvidos u ovinos, de los que nos alimentamos, son grandes productores de gas metano y esta circunstancia parece que afecta al calentamiento global, este invento de los científicos que ha conseguido que no podamos usar coches, no podamos viajar en aviones, que las fábricas que producen los productos de los que nos servimos para vivir con más comodidades deban ser controladas por emitir gases tóxicos a la atmósfera etc. Estos mismos sabios se está esmerando en cambiar nuestra dieta para que llegue un momento, un odiado momento, en el que ya no nos alimentemos de carne, pescado o caza y sustituyamos todo ellos con sustitutos creados en laboratorios que, seguramente, no vayan a producírnoslas enfermedades que ahora se les achacan a dichos alimentos, ni van a contribuir a la polución de la capa de ozono pero que, señores, es muy posible que sepan a medicina o, aún en el caso que consigan que no resulten desagradables en cuanto a su olor y sabor, no van a tener el mismo suculento gusto de un chuletón a la brasa o de un asado de cordero con acompañamiento, por mucho que lo intenten imitar.

Seguramente, en el caso de se llegue a estos extremos (muchos ya no alcanzaremos a verlo) es evidente que las personas conseguirán vivir unos cuantos años más, mejoren su calidad de vida y puedan ver a sus bisnietos, pero lo que no van a tener oportunidad (ahora ya empieza a suceder lo mismo) de gozar de manjares de la calidad, el sabor, el aroma y el atractivo de la que muchos de nosotros, quizá los de más edad, hemos tenido la ocasión de poder saborear. Ya nos han estropeado el gusto al pescado debido a que, unos investigadores, han descubierto un bichejo, un parásito, que se aloja dentro de muchos de ellos que, si bien es inofensivo si se cuece al fuego el pescado, a nadie le gusta zamparse un bichejo semejante a un gusano por muy bien cocinado que esté.

Las ciudades ya han dejado de ser lugares en los que uno pasea tranquilamente. La señora Colau y sus compadres comunistas han convertido Barcelona en más insegura, incómoda, llena de prohibiciones, mermando espacio a la circulación de automóviles y motos con la creación de espacios para bicicletas, que han estrechado en un carril la mayoría de calles de la ciudad catalana, pasando de tres carriles a dos, sin que, por mucho que quieran defenderlo desde el municipio, la circulación de ciclistas por la mayoría de ellas, justifique los atascos que se producen, teniendo en cuenta que, cualquiera que lo quiera comprobar, podrá ver que el número de usuarios resulta ridículo si nos atenemos al gasto de la inversión y el escaso número de ciclistas que circula por ellas. Pero es que, también, se han recortado los lugares por los que se puede circular en coche; se han establecido zonas peatonales por las que apenas se ve alguno de ellos; se han prohibido bebidas con azúcar o se les ha cargado con más impuestos; se intenta prohibir fumar en las terrazas y en las playas, en una caza descarada contra el fumador, y ya se habla de la prohibición en los coches. Ahora ya se ha conocido otra de las ocurrencias del Gobierno que ha sacado el globo sonda de que se va a tener que pagar peaje en las autovías. Dicen que es para poder atender a su mantenimiento. Y uno se pregunta ¿para qué estamos pagando tantos impuestos, entre ellos el impuesto de circulación o el número desaforado de impuestos estatales que gravan los combustibles? ¿ Acaso los que debieran destinarse a la conservación de carreteras o autovías se utilizan para otros destinos como, por ejemplo, subirse los sueltos de sus señorías del Parlamento o los de estos alcaldes de la izquierda que, con rara unanimidad, apenas han tomado posesión de su puesto se han aumentados el sueldo? Aquí no existen discusiones, descalificación o enfados, todos se ponen de acuerdo enseguida sobre la “necesidad” de aumentarse las retribuciones debido al gran “esfuerzo” que supone permanecer sentado en un escaño y votar cuando se lo piden ¡Realmente es un esfuerzo ímprobo, que nunca estará bien pagado!

Si usted tiene un piso en Barcelona se expone a que los piratas que se ocupan de averiguar si están o no alquilados, le vayan a delatar al Ayuntamiento para que le sancionen y le apliquen un recargo por no darlo en alquiler y, por añadidura, a un precio que le van a señalar. Usted pensaba tenerlo en reserva para el caso de que tuviera necesidad de venderlo, algo que en el caso de un pensionista es como un seguro de vida, debido a que apenas han aumentado las ridículas pensiones en los últimos años y, por supuesto, mucho menos que lo ha hecho el coste de los productos esenciales para poder vivir. Pero, a estos comunistas de algarada callejera, como la señora Colau, (que también se ha aumentado su sueldo, alegando el “sobrehumano esfuerzo” que le requiere su trabajo municipal) aquella activista que se enfrentaba a las fuerzas de orden público cuando, por mandato judicial, acudían a hacer un desahucio; que ya se ha acostumbrado a la buena vida y ha de usar sus modelitos de alto standing, de la última moda que, naturalmente, no son las mismos pantalones viejos con los que se dejaba arrastrar por las aceras y las calles por los policías, en su época de enfrentamiento con las leyes.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, nos estamos dando cuenta de que, en lugar de avanzar en libertades, de disfrutar de más albedríos o de poder hacer uso de nuestro libre potestad para darnos un capricho, nos percatamos de que, estos mismos que cuando se ofrecen para ser votados nos prometen el oro y el moro, en cuanto se instalan en sus correspondientes poltronas se olvidan de sus promesas, se convierten en seres intratables y se dedican afianzarse en sus puestos y a preparar los próximos comicios desde el mismo día en que se instalan en su nuevo trabajo. Entonces, como saben que no van a poder cumplir sus promesas de elevar el nivel de vida de todos y acabar con el capitalismo; se ven precisados a caer como verdaderas urracas sobre la clase media que, como ya es tradicional, nunca se libra de ser la que peor sale librada de las actuaciones de cada nuevo gobierno que se instala en la Moncloa

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