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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La peste moderna

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 6 de julio de 2006, 01:32 h (CET)
“Montado en un ágil
caballo sin freno,
venía en la busca
del pan y del beso.“


Federico García Lorca.

Aunque hablar de las tres “ces”, -corazón, cáncer y carretera- como las primeras causas de muerte se ha convertido casi un tópico, ante el hecho de que los accidentes de tráfico, con su trágica secuela de muertes e invalideces, no parecen remitir, sino al contrario, mostrar un aumento en relación al número de víctimas entre 18 y 25 años, sobre todo en los fines de semana, parece oportuno incidir en este tema.

El aumento del parque automovilístico, con la incorporación de nuevos y más potentes automóviles, no es a nuestro juicio la causa más importante del elevado número de accidentes mortales de estos últimos años; entre otras cosas, la red viaria ha mejorado casi paralelamente al aumento del número de automóviles, que son, también, más seguros.

La tragedia que suponen los accidentes de carretera tuvo su inicio en 1899, con el primer muerto a causa de un accidente de automóvil, ocurrido precisamente en Estados Unidos, que en la impopular guerra de Vietnan, tuvo 9.353 víctimas y 32.355 heridos. Pues bien, solo en dos meses de 1966 el número de muertos en las carreteras norteamericanas fue prácticamente el mismo. Una buena parte de la población asumen los accidentes de circulación si no con indiferencia, sí con una actitud de cierto fatalismo, como algo que, aunque trágico, es inevitable.

Hasta más o menos la década de los setenta, el problema de los accidentes de tráfico era bastante más importante o incluso exclusivo de los países industrializados; en la actualidad son muchos los países que sufren este azote de la peste moderna

Entre los factores que propician los accidentes de tráfico, la edad del conductor es un factor importante; parece demostrado estadísticamente que los accidentes los sufren preferentemente los conductores entre 18 y 25 años, y sus consecuencias repercuten en sus acompañantes y en los peatones. La primera causa de mortalidad y de incapacidad entre los jóvenes son, precisamente, los accidentes de tráfico.

La influencia del alcohol y en menor proporción otras drogas, es un hechos comprobado desde hace años, lo que condiciona que los fines de semana aumenten significativamente los accidentes de circulación.

La impaciencia y la agresividad contenida constituyen una causa importante de los accidentes de tráfico, al ser liberadas de forma desordenada y violenta por las personas que, aparentemente normales en su vida cotidiana, cambian su actitud cuando se sientan al volante de su automóvil.

El estado de las carreteras y del automóvil constituyen evidentemente, factores favorecedores del accidente, por lo que el conductor debe extremar las precauciones cuando las circunstancias de la red vial, del propio automóvil o atmosféricas pueden constituir un peligro para la conducción.

Para los adolescentes –con su motocicletas de baja cilindrada pero de alta peligrosidad-, y para los jóvenes –con sus pequeños coches de gran potencia-, la posesión de un vehículo responde no a una necesidad de transporte sino que se trata de un signo externo de prestigio personal, algo así como una reminiscencia atávica de defensa y, en último término, una forma de liberar su agresividad. La conducción arriesgada de forma gratuita -corren mucho para no llegar a ninguna parte- es, en la mayoría de los casos, un acto de violencia y , como decía Huxley “la violencia sólo produce más violencia”.

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