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Opinión
Etiquetas:   Arturo Fernández   Reflexión   Hablemos sin tapujos  

In memoriam de Arturo Fernández, gentleman de la comedia española

“Si quiero que la gente me tome en serio tengo que interpretar en serio y no hablar de mi vida privada.” John Corbett
Miguel Massanet
viernes, 5 de julio de 2019, 10:54 h (CET)

No tuve ocasión, en mi calidad de mero ciudadano de a pie, de conocer personalmente a este personaje que acaba de dejarnos, a los 90 años de edad, sin que su provecta edad le haya supuesto un obstáculo para seguir su vida de comediante sobre aquellos escenarios sobre los cuales ha conseguido edificar su gran fama de artista, lejos de la vulgaridad de haberse buscado la comodidad de un retiro, posiblemente apacible, pero alejado del calor y la compañía de un público entregado a su arte de comediante.

Arturo Fernández, asturiano de pro, fue hijo de un anarquista que tuvo que exiliarse durante la época del general Franco y, cosas del destino, sus preferencias siempre fueron de derechas, lo que ignoramos si fue una ventaja para él o más bien le perjudicó en lo que fue su dilatada carrera artística, tanto en cuanto a las numerosas películas en las que participó, como en lo que verdaderamente fue su especialidad: sus obras teatrales en las que se sentía verdaderamente en su propia salsa, entregado a sus papeles de galán, generalmente en comedias en las que se le permitía dar rienda suelta a su gracejo, sus innatas facultades como actor, su prurito de ir siempre elegante como un figurín y la simpatía de la siempre dotaba a sus personajes de ficción, desde cuyas representaciones tenía la virtud de atraerse a las mujeres sin que sus acompañantes se sintieran incómodos o molestos por los celos debido a que tenía la rara habilidad, cosa rara, de granjearse el respeto y el entusiasmo de sus acompañantes masculinos.

Una persona de la que sólo se le conocen dos relaciones sentimentales, siendo un artista famoso y con su fama de conquistador basada en los papeles que habitualmente representaba, lo que demuestra lo celoso que siempre fue de su intimidad. Su primera mujer fue, doña Isabel Sensat, con la que tuvo tres hijos y de la que se divorció a los once años de matrimonio y, su segunda unión en 1980, con Carmen Quesada, una abogada con la que llevaba conviviendo más de 40 años.

Tuvo la gran habilidad de saber escoger obras de éxito que le permitían explotar sus dotes como actor de comedias, que le permitían crear situaciones en las que sus facultades histriónicas, sus dotes de fino humorista y su siempre presente y explotada elegancia, en un melting pot convenientemente dosificado, hacían las delicias de la audiencia que convertía, cada uno de sus estrenos, en verdaderos éxitos de asistencia. A diferencia de la mayoría de actores que hoy pululan por los estudios de cine, o de cantantes que forman parte de las listas de los más conocidos o de los cantantes (algunos, por desgracia para la cultura de nuestros tiempos, meros productos de la propaganda de las grandes cadenas, capaces de subir hasta la cúspide a meros arribistas, sin otro mérito que un cuerpo llamativo o haber tenido a un influenzer que lo haya adoptado); que no pueden resistirse a la tentación de entrar en política, de unirse a causas como el feminismo o a dejarse fotografiar junto a negritos del África extrema o emigrantes desarrapado para luego presentarse como verdaderos defensores de las clases necesitadas sin que, la mayoría de ellos, entreguen lo que les sobra de sus inmensas fortunas para aliviar las necesidades que dicen proteger o se limitan a dar pequeñas donaciones con el objetivo de que les sirvan para su propaganda personal y conseguir descuentos del fisco. Arturo Fernández ha sido persona discreta, que no ha dado tres cuartos al pregonero de sus actuaciones en el campo particular o alardeado de sus obras de generosidad. Persona afable con quienes trataba y muy preocupado por sus tres hijos con los que mantenía contactos frecuentes.

Creo que Arturo Fernández, al dejarnos, va a crear un hueco muy difícil de reemplazar dentro del tipo de teatro que él acostumbraba a representar y tanto éxito de público tenía a pesar de que, la edad, ya había hecho mella en él aunque, en lo relativo a su empaque y elegancia, los años no habían conseguido hacer desgaste alguno. Puede que para muchos, quizá los más jóvenes, esta persona que acaba de abandonarnos no sea conocido, no pertenezca a este nueva generación de actores que forman parte de este reciente tipo de teatro al que es preciso, antes de acudir a verlo, haber hecho un curso de aprendizaje a desentrañar extrañas rarezas sicóticas, retorcidos sentimientos sobre la sexualidad, fobias contra el orden establecido y elaboradas teorías de estados libertarios lugares utópicos de retorno a épocas primitivas de nuestros ancestros.

Arturo Fernández, un actor de la vieja escuela que, después de toda una vida entregado al noble arte de la musa Talía; fiel a su vocación y a su entrega incondicional a su profesión, nos ha dejado con sencillez, sin aspavientos, con dignidad y con la simpatía incondicional de millones de españoles que, a lo largo de su prolija carrera sobre las tablas, tuvieron la suerte, el honor y el privilegio de haber asistido a alguna de sus obras, tanto en ambientes teatrales como en salas de cine. En todos ellos dio muestras de su maestría y amor por su trabajo. Dios lo acoja en el Paraíso, que es seguro que lo hay, donde siguen representando sus obras inmortales los buenos actores que en el Mundo han sido.

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