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Francisco I, Napoleón y Pepe Botella fueron derrotados por España

Los españoles no vamos a admitir que los franceses, sea Valls o sea Macron, intenten enseñarnos lo que tenemos que hacer, como hacerlo o con quien hacerlo, en materia de política interna de nuestra nación
Miguel Massanet
domingo, 23 de junio de 2019, 09:43 h (CET)

¡Baiser les gabachos! No tenemos suficiente con los problemas que nosotros mismos nos creamos en relación a encontrar la forma mejor para soportarnos los unos con los otros, para que ahora, estos señores del otro lado de los Pirineos pretendan darnos lecciones de cómo debemos comportarnos, con quien llegar a acuerdos o a quien, según su especial punto de vista, le tenemos que propinar una patada en el trasero. Es cierto que los españoles tenemos nuestros defectos, en ocasiones no sabemos cómo actuar para conseguir perjudicar a nuestro propio país y es cierto que tenemos vicios nacionales como la envidia, la incontinencia verbal y el poco aprecio por todo lo que la naturaleza nos ha dado, por las hazañas de nuestros antecesores, por nuestra rica literatura, por el arte de nuestros excelentes pintores o por lo que nuestros investigadores y científicos han conseguido aportar en beneficio de la humanidad entera. Pero, como diría el Capitán Diego de Acuña “que lo ha sacrificado todo por el amor”, en el segundo acto de la “En Flandes se ha puesto el Sol”, de Eduardo Marquina: “España y yo somos así señora”, a lo que podríamos añadir: “y es difícil que, a estas alturas de la historia de la gente a través de los siglos, sea posible que los genes de los españoles cambien su estructura para hacernos ser distintos de lo que heredamos, para bien o para mal, de nuestros ancestros”.


Cómo siempre suele suceder aquellos que tienen dificultades en resolver sus problemas de gobierno dentro de su propio país, sea porque están pasando por momentos de dificultades o porque tienen que afrontar rechazo de sus propios votantes (véanse las manifestaciones de los “chalecos amarillos” en Francia), no se sabe si, en un intento de apartar el foco de la atención de los ciudadanos de su nación en su persona, de trasladar a otros el malestar que demuestran aquellas personas a las que gobierna o de adquirir cierto relieve internacional al pretender erigirse, dentro de la CE como el que más prestigio tiene, de modo que le permite intervenir en los problemas del resto de países comunitarios para indicarles cuál es el comportamiento correcto que deben seguir según su superior criterio.


Es cierto que, en Francia, siempre ha existido este sentimiento de superioridad, este orgullo nacional, este mirar por encima del hombro al resto de europeos, incluso en momentos en los que la nación francesa estuvo humillada, como cuando los alemanes del führer Hitler, superaron con sus fuerzas armadas, en la llamada blitzkrieg (guerra relámpago), su famosa y presuntamente inexpugnable, “línea Maginot”, durante la II Guerra Europea; lo que los llevó a hacerse con París y dominar toda la nación francesas. El mariscal Petain se rindió a los alemanes y fue el que gobernó Francia durante la ocupación (algo por lo que tuvo que arrepentirse después) mientras que, el “orgulloso” general Charles Degaulle intentaba que los generales ingleses, norteamericanos y rusos lo tomaran en serio cuando, por no tener, no tenía un verdadero ejército que poder aportar a la contienda. ¡La grandeur française!, parece que es lo que intenta el señor Emmanuel Macron, actual presidente de la república francesa, hacer renacer aprovechando que los ingleses y su famoso “brexit” parece que llevan camino de abandonar, definitivamente, su participación en la CE.


Parece ser que, para este propósito, está intentando atraer hacia su causa a quienes, como es el caso del español Pedro Sánchez, presidente interino de nuestra monarquía parlamentaria, piensan que acercándose a quien, por su cercanía política y proximidad geográfica, parece que le inspira más confianza y del que aspira a conseguir más recompensa en el caso de que, como aspira el señor Macron, consiguiera superar a Alemania ( algo harto difícil) y constituirse en el verdadero referente dentro de la UE. Pero, en la actualidad, aunque nadie lo quiera reconocer, Europa está disputándose el continuar siendo una comunidad de naciones capaz de regir por sí misma su propio destino o caer en manos de los populistasque aspiran a convertir lo que fue, en realidad, la verdadera causa de que se formara la Comunidad Económica Europea con la finalidad de unificar las políticas económicas, lo que fue el precedente a lo que, posteriormente en febrero de 1992,culminó en lo que fue el tratado de Maastricht constitutivo de la Unión Europea; con el objetivo de darle un viraje hacia políticas de izquierdas o, por otro lado, los de la extrema derecha que pretenden que la UE ha sido un fracaso, que la moneda única no ha favorecido a sus integrantes y que aspiran al retorno a la situación anterior, recobrando cada nación sus propias leyes, monedas y costumbres tradicionales.


Para algunos las excesivas incorporaciones que, a lo largo de los años, han tenido lugar por parte de otros países, algunos procedentes de repúblicas del este; la gran diferenciación existente entre las culturas de las naciones del norte de Europa y las naciones del Sur; la diferencia de idiomas y, especialmente, el concepto que se tiene en naciones como Holanda, Suecia, Noruega, Dinamarca etc. respecto a las mejoras sociales y su experiencia de muchos años de tener legislada la forma de mejorar las ayudas públicas a sus ciudadanos y la distribución de los impuestos recaudados para conseguir mantener una economía floreciente y, al mismo tiempo, unos servicios públicos ejemplares. En las naciones del Sur, tenemos los ejemplos de Grecia, Italia, Rumanía, Bulgaria etc. y, en cierta medida, nuestra propia nación, en las que sus gobiernos pretenden solucionar, de una tacada, problemas que se vienen arrastrando desde hace siglos y para ello y para conseguir llegar al poder, no dudan en prometer prestaciones a sus ciudadanos que ellos mismo saben que no van a tener posibilidad de hacerlo si, para conseguirlo, tienen que aumentar desorbitadamente los impuestos a los ciudadanos, con las consecuencias que ello supone para el consumo; deben aumentar su endeudamiento que, en el caso de España ya está por encima del 97% del PIB o deben cargar la fiscalidad sobre las empresas, lo que supone reducción de puestos de trabajo, más desempleo, menos productividad, más mecanización y robotización, algo que, por otra parte, cada vez va a ser más corriente y, como es fácil de colegir, como consecuencia de todo ello, menos posibilidades de competir con el resto de empresas extranjeras.


Si, como parece que ya se está empezando a producir, en países como España o Italia, la llegada de gobiernos de izquierdas o populistas, significa que van a empezar a aplicarse este tipo de políticas que, como se ha demostrado hasta la saciedad, se basan en ideas de tipo socialista, de estas mismas que vienen fracasando en toda Europa o empiezan a cundir los ejemplos de partidos extremos como Podemos, de tendencia comunistas bolivarianas; es muy posible que, en el resto de Europa, empiecen a pensar que, el Sur, no está en condiciones de seguir los pasos de las economías del norte y, en consecuencia, se empiece de nuevo a hablar de una Europa de dos velocidades lo que, evidentemente, sería una muy mala noticia para España y para el resto de naciones que fueran calificadas dentro de este grupo diferenciado.


No sabemos lo que el señor Macron piensa que va a conseguir poniendo líneas rojas al señor Rivera, en cuanto a quienes puede tener de compañeros de viaje o con quienes tiene vedado pactar; pero lo que sí sabemos es que, cada vez que los franceses han querido influir en nuestras políticas, ha sido para crearnos problemas. Lo hicieron durante la Guerra Civil española de 1936; lo hicieron cuando la invasión napoleónica de nuestra nación, con el apoyo del rey felón, Fernando VII y lo vienen haciendo en la actualidad, primero con el propio señor Manuel Valls que se presentó como anticomunista y contrario a cualquier tipo de separatismo y ahora, cuando lo que debiera de haber hecho hubiera sido mostrarse disconforme con ambos candidatos a la alcaldía, el señor Maragall de ERC y la señora Colau, comunista; ha decidido que hay que apoyar a la Colau, como si ella no hubiera jugado, durante todo este tiempo, con la ambigüedad y el oportunismo, en cada ocasión en la que le ha convenido mostrarse partidaria de una Barcelona independiente o cuando le ha interesado, dejando colgados a los soberanistas, si pensaba que, siguiéndoles el juego, iba a salir trompicada y expulsada de su puesto de alcaldesa.


La prueba de la veleidad de esta señora ha sido que, tan pronto como se ha asegurado el puesto de Alcaldesa para la nueva etapa, lo primero que ha hecho ha sido ordenar que se colgara, del balcón principal del edificio del Ayuntamiento, el lazo amarillo que, previamente había ordenado retirar cuando, la Comisión Electoral, le ordenó retirar aquel símbolo por indicar parcialidad.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, vemos como nos estamos convirtiendo, de nuevo, en un país con el que cualquiera parece que está en condiciones de meterse, de darnos consejos, de imponernos opiniones o de infravalorarnos. Lo peor es que, según como los actuales dirigentes, surgidos de las últimas elecciones, decidan enfocar sus políticas internas o como piensen que han de reformar la fiscalidad para conseguir una mayor recaudación de impuestos o los compañeros de viaje que decidan escoger para esta singladura de cuatro años que tienen por delante o las concomitancias políticas que decidan mantener con repúblicas bananeras de Sur América; y, todo ello, teniendo en cuenta los peligros de que, durante este interregno, los separatismo sigan avanzando para conseguir cumplir sus objetivos o las ideas federalistas de Pedro Sánchez, logren cuajar entre quienes puedan pensar que, cuanto más independencia y poder de los que dispongan en una localidad o región mejor para sus ciudadanos; una idea que nos llevaría a algo que ya se está empezando a producir y que forma parte de los objetivos del comunismo internacional, sabedor de que, si consigue dividir a los ciudadanos de un país, ya tiene mucho ganado a la hora de intentar hacerse con el poder en dichas regiones. Un ejemplo de ello lo tenemos en Cataluña, cuando tenemos que quienes actualmente están al frente del independentismo, según la cantidad de votos conseguidos en las autonómicas y municipales, son los señores de ERC y en el principal ayuntamiento de la capital, Barcelona, Ada Colau es quien vuelve a mandar, siendo comunista adicta a las mismas ideas de Podemos.  

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