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El fiasco de Valls y la ambición de Albert Rivera

“Un Estado donde queden impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo.” Sófocles
Miguel Massanet
miércoles, 19 de junio de 2019, 15:15 h (CET)

Debo confesar que fui el primero que pensé que la llegada del señor Valls, el exministro francés, a la política de Cataluña podría aportar cierta frescura a un ambiente de tensión, enrarecido por la división del pueblo catalán respecto al tema de la independencia, necesitado de que alguien fuera capaz de traer algo de cordura aunque, en esta ocasión fuera un político francés el que quisiera asumir la responsabilidad de evitar que, el enfrentamiento que parecía inevitable debido a la cerrazón, temeridad, fanatismo y falta de sentido común de los catalanes partidarios de romper definitivamente con el resto de españoles; pudiera encontrar una salida, evitando que se debiera acudir a soluciones extremas, anticonstitucionales, poco razonables y con nulas posibilidades de tener éxito la “esperada” solución que llevase a Cataluña a romper con España, con la propia UE y afrontar, sola y sin apoyo, la singladura que, teniendo en cuenta su incapacidad para gobernarse a sí misma y la escasa calidad de los políticos ( la mayoría de tendencia izquierdista) que han dirigido el intento de golpe de Estado contra la nación española, con evidentes carencias, falta de tino y de sentido de la oportunidad, algo que ha quedado patente en los intentos fallidos de la Generalitat de convencer a las cancillerías europeas de que tomasen partido a favor de sus pretensiones independentistas, una exigencia que ha dejado patente su absoluto aislamiento y fracaso cuando, ninguna de las naciones en las que han intentado conseguir apoyo, se ha prestado a ello; dejando claro que se trataba de un problema interno de España y que, a quién apoyaban y apoyarían sería al gobierno democrático legítimo de la nación española.

El señor Manuel Valls no ha mejorado en absoluto la imagen que los españoles tenemos de los políticos españoles y ha demostrado, a la vez, el por qué en Francia fracasó y también el por qué ha fracasado en su intento de ocupar la alcaldía de la ciudad de Barcelona. Pero, lo peor es que ha demostrado que tampoco es ajeno a cometer errores de bulto y, de paso poner en ridículo al partido que lo cobijó, con el que ha venido colaborando y al que, con sus últimas decisiones, ha puesto en una situación incómoda ante sus propios votantes. Ha sido engañado por la señora Colau que, a las primeras de cambio ha dejado evidente su apoyo al independentismo colocando en el Ayuntamiento catalán el famoso lazo amarillo con el que se reclama la libertad de los presos catalanes. Evidentemente, también, nos estamos refiriendo a Ciudadanos del señor Rivera. La ruptura, cantada, de Ciudadanos con Valls ha sido el resultado de una cacicada perpetrada por el político francés cuando decidió por su cuenta apoyar a la señora Colau, comunista furibunda y arribista convencida que, sabedora de que no tendría ninguna posibilidad de conseguir una retribución tan sustanciosa fuera de la alcaldía de Barcelona, ha hecho lo posible y lo imposible para lograr ser reelegida de nuevo para disgusto, desesperación e irritación de todos los españoles que residen en la ciudad, conocedores de sus métodos poco ortodoxos para gobernar la ciudad y su conocida complicidad con todos los grupos antisistema, que han encontrado en Barcelona el lugar ideal para desarrollar sus actividades revolucionarias y fuera de la ley.

Ahora se habla de que Manuel Valls pretende crear un partido propio. ¡Otro más en esta inacabable lista de pequeñas formaciones que vegetan en nuestra nación!, culpables de que se pierdan miles de votos sin que beneficien a nadie y de que, una serie de vividores de la política consigan subsistir a costa de aquellos ciudadanos infelices que se dejan arrastrar por semejantes charlatanes que, aparte de su cansina verborrea, no tienen nada efectivo que ofrecer a quienes forman su audiencia. Pero no todo se le puede achacar a este francés reconvertido al catalanismo y que ha decidido casarse de nuevo con una española. En realidad también el señor Rivera y su partido Ciudadanos nos ha ofrecido materia para que tengamos que recriminarle su cerrazón, su falta de cintura política, su intolerancia y, especialmente, su falta de un criterio propio ante la evidente campaña de las izquierdas que, incapaces de ver la viga en su propio ojo, se esfuerzan por todos los medios en desacreditar a un partido de derechas, como es Vox, que aun respetando mucho más que quienes cargan su odio sobre él, los preceptos constitucionales, se han convertido en el chivo expiatorio de todos los separatistas y comunistas que, para desgracia de la nación española, han conseguido, en las votaciones de las pasadas elecciones del 28 de abril, hacerse con el poder en la mayoría de autonomías de nuestra nación. La intransigencia y la falta de solera política de Ciudadanos, el prurito de convertirse en el paradigma de la pureza de actuación en el seno de las instituciones públicas del país, su pretensión de ser los únicos que no han tenido casos de corrupción en sus filas, algo que evidentemente comparten con todos aquellas otras formaciones que no han tenido ocasión de enriquecerse por no haber dispuesto de ocasiones para poder hacerlo, lo que no significa que, si hubieran tenido la oportunidad de meter mano en las arcas públicas, no hubieran caído en la tentación, como tantos otros que sí la tuvieron y cayeron.

Ridícula, ridícula y gravemente perjudicial para los intereses de la nación española, el extremismo de tipo inquisitorial de Ciudadanos y su directiva por cuanto, con su postura poco práctica, quijotesca y maniquea, han venido poniendo obstáculos a que el PP, con Vox y ellos mismos se pudieran hacer con numerosas alcaldías que habrían contrarrestado, al menos en parte, el gran poder que han conseguido obtener los socialistas de Pedro Sánchez, sobre la mayoría de regiones de la nación española y, los nacionalistas catalanes y vascos, vencedores indiscutibles en sus respectivas autonomías. Puede que el señor Rivera piense que, a largo plazo, esta postura que viene sosteniendo de caballero andante, de Amadís de Gaula del siglo XXI, le pueda proporcionar réditos electorales. Está equivocado porque antes vamos a tener que pasar por un vía crucis político, en manos de los socialistas y, posiblemente, con apoyos de los señores de Podemos, que puede que marque un antes y un después para la nación española. En economía no hay milagros, y si Dios no lo remedia, dos más dos seguirán siendo cuatro por más que los haya que intenten hacernos creer en milagros de panes y peces conseguidos por los regímenes “milagreros” de aquellos que siguen pensando que, el Estado, puede decidir lo que es mejor en política y salir airoso de ello. El ejemplo de la URSS ha sido lo suficientemente explícito para que todavía queden terroristas de la información que insistan en que, sin una economía boyante, con empresas e industrias bien dirigidas por personas capacitadas y bien formadas que creen riqueza, que sean competitivas y que sean capaces de mantener una productividad capaz de mantenerse a la altura de las del resto de empresas de la competencia, es imposible que se creen suficientes puestos de trabajo de calidad, bien remunerados y duraderos para que la nación pueda gozar de un nivel medio de calidad de vida lo suficientemente gratificante para que la paz social reine en ella.

Todo lo demás, todas aquellas política sociales basadas en el endeudamiento público, en políticas de ocupación basadas en subvenciones; en mantener, a costa de impuestos, a una parte importante de los trabajadores en situaciones de paro; en el aumento de la fiscalidad o en establecer la igualdad de salarios de modo que, los más útiles, los más esforzados, los mejor preparados o los más inteligentes no se vean incentivados para que, con su mayor esfuerzo y capacidades, puedan alcanzar puestos mejor retribuidos, tengan posibilidades de progresar por encima de aquellos que no pueden o no están dispuestos a un mayor sacrificio, una mayor entrega o una mayor colaboración que les permita destacar y ser mejor recompensados por su mayor rendimiento. Las naciones de economía dirigida, las que se fían de la burocratización estatal o aquellas que piensan que interviniendo en las vidas de sus ciudadanos, regulándolas desde las instituciones y coartando sus libertades, impidiéndoles desarrollar sus iniciativas o poniendo trabas a su inventiva, están condenadas al fracaso y a la miseria. No es necesario citar ejemplos, porque los que hay son tan evidentes que, sólo los ciegos incapaces de ver más allá de sus propias narices pueden pensar en la viabilidad de esta clase de sociedades, que nunca tendrán la oportunidad de medrar y mejorar sus estatus, si no consiguen deshacerse de aquellos dictadores que se han hecho fuertes a costa de la miseria de sus súbditos.

Hemos leído en algunos periódicos y a algunos periodistas de clara inclinación hacia los socialistas que “lo peor que podría pasar serían unas nuevas elecciones”. No nos queda más remedio que discrepar de esta opiniones, evidentemente expresadas con la intención de crear, entre el electorado, un sentimiento de rechazo pretendiendo prejuzgar un resultado parecido o igual al que ha llevado a los socialistas al poder. Puede que, efectivamente, en lo que respeta a la mayoría socialista no hubiera cambios sustanciales, pero en lo que no estamos tan seguros es que, en otros partidos, puede que de los que se pudieran calificar como conservadores, pudieran, a la vista de su forma de actuar en todo lo relativo a acuerdos pos electorales, se produjeran trasvase de votos que pudieran beneficiar al bipartidismo, salvo en aquellas regiones que, como es el caso de Cataluña, pudieran seguir predominando posturas soberanistas.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, resulta lacerante que, por parte de algunas formaciones de pensamiento de centro-derecha o, incluso, de centro izquierda, se pueda producir, en momentos en los que la posibilidad de contrarrestar a un poder que, evidentemente, puede comportar importante perjuicios para la estabilidad, la vida, el nivel de vida o, incluso, la pervivencia de un régimen democrático; se escuden en banalidades, en presuntas barreras morales o sociales o en maniqueísmos de tipo político, para impedir que se consigan las alianzas precisas para formar un frente coordinado capaz de impedir que, quienes intentan acabar con nuestras tradiciones, implantar regímenes totalitarios o coartar nuestras libertades como ciudadanos libres, se vean obligados a cesar en sus intentos de hacerlo.

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