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Cuando la razón deja paso a la idolatría populachera

“Cuando se exagera un sentimiento desparece la capacidad de razonar”. Gustave le Bon
Miguel Massanet
martes, 4 de junio de 2019, 15:47 h (CET)

Antes, señores, los duelos eran recogimiento, lloros, oraciones, canciones fúnebres, vestimentas negras, mujeres cubiertas por mantillas y velatorios en los que se susurraba, quizá para evitar que el cadáver presente se sintiera incómodo escuchando las conversaciones, en ocasiones poco edificantes, de los asistentes al velorio, lo que en voz alta ninguno de los veladores se hubiera atrevido a decir. Sólo los funerales de grandes personalidades, de carismáticos políticos o de personas de la realeza, incluso, en ocasiones de excepcionales, de toreros de gran fama o miembros de la farándula que hubieran triunfado en los grandes teatros del país, conseguían reunir multitudes en los cortejos fúnebres que los acompañaban hasta su última morada. En tales acontecimientos, los lamentos de los fieles, las oraciones, los cantos fúnebres, la organización del entierro y los funerales, en fin, todo el ceremonial, tenía que conformarse con el Ritual Romano, que era el que daba la pauta de las ceremonias que debían acompañar a cada difunto cristiano desde el lugar en el que había fallecido hasta la “tierra santa” en la que debía recibir sepultura. Esta ceremonia que,, más o menos, se fue respetando por el pueblo español hasta la entrada de la I República en la que se celebraron funerales laicos, fue recobrada durante el tiempo del gobierno del general Franco hasta que, su fallecimiento, dio lugar a la entrada de lo que se ha venido considerando como la “democracia” española, en el gobierno y las instituciones españolas. Se puede decir que la entrada de los partidos políticos, la autorización del comunismo como un partido más, los cambios de costumbres que trajeron los nuevos tiempos y la pérdida de influencia de la Iglesia católica a la que se le asignó, con ciertos pequeños privilegios, un lugar menos preeminente en cuanto a su influencia en la sociedad española, al tiempo que se reconocía la libertad de religiones dentro del territorio español, a la vez que se declaraba a la nación española como un estado “aconfesional”, un cambio que algunos, de forma interesada, han pretendido convertirlo en un estado laico algo que, evidentemente ha dado alas a aquellos partidos tradicionalmente contrarios a la existencia de la iglesia católica en España.

Bien, la secularización de los entierros, su municipalización, la supresión de la tradicional presencia de los sacerdotes detrás de aquellos irremplazables carros fúnebres, llamémosles carrozas si lo prefieren, con sus crespones negros y dorados, sus toldos negros con bordados y abalorios, sus caballos enjaezados de negro para que no hubiera el menor detalle que pudiera incitar a olvidarse de aquel luctuoso trance al que se asistía, en un séquito encabezado por un sacerdote, acompañado de varios monaguillos portando un cruz, a los que seguían, de acuerdo con la importancia de personaje fallecido, un séquito de unos cuantos sacerdotes con sus correspondientes casullas y bonetes, a los que acompañaba la presidencia del cortejo integrada, si se trataba de un entierro común, por los familiares y demás allegados del difunto a los que escoltaban, en procesión, todos los amigos, conocidos y deudos de la familia. En el caso de entierros de personajes importantes la presidencia solía estar compuesta por la autoridades locales o incluso por ministros y la representación de las llamadas “fuerzas vivas” de la ciudad.

Hoy, todos aquellos ritos no son más que un recuerdo para los pocos que tuvimos ocasión de vivir en aquellos años. En España todo ha cambiado y lo que comportaba años de luto seguido de un medio luto, condenando a los familiares cercanos al uso de ropa negra o gris oscura, apenas si hay ceremonias funerarias a las que se acuda llevando corbata e, incluso, los familiares más cercanos, no se toman la molestia de ponerse una corbata negra o un traje oscuro para honrar la memoria del difunto. Quizá, debido a la sarta de crímenes perpetrados por la banda terrorista ETA o por un nuevo folklore nacido de una concepción laica de lo que deba ser un funeral; se ha puesto de moda el aplaudir al difunto como si el camino que emprenda hacia el cementerio se tratar del último paseíllo de un torero al que se le aplaude su faena. A esto se le llama manifestarse en contra de los asesinos y lo mismo ocurre con otra forma, completamente absurda, de protestar contra los crímenes llamados de “género”, consistente en que las autoridades municipales, los trabajadores de las instituciones o de las empresas, se reúnen frente a los edificios en los que trabajan para permanecer en silencio durante unos minutos, que suelen coronarse con un aplauso cerrado, suponemos que dedicados a ellos mismos. Cuesta pensar que aquellos criminales que matan a sus mujeres y luego se matan a sí mismos o, al menos intentan hacerlo o los que, para ocular el cadáver, lo descuartizan para irlo repartiendo en contenedores o tirarlos al río, van a tomarse en serio el enfado demostrado por quienes se reunieron en protesta en una calle o una plaza pública. Siempre he pensado que la publicidad que se les da a semejantes responsables de tales barbaridades, tiene un efecto de propaganda que incita a quienes tienen perturbadas sus facultades mentales o se encuentran en un estado de exaltación a causa de está a punto de perder a su compañera o piensan que se entiende con otra persona; el ver como otros solucionan su problema de una forma violenta, puede incitarles a imitarlos.

La banda ETA sacó gran partido de la propaganda, evidentemente involuntaria, que los medios de comunicación, con sus informaciones sobre todos los asesinatos cometidos por sus miembros, se fue extendiendo por toda Europa, dándoles a conocer en países que, de otra manera nunca, posiblemente, se les hubiera tenido en cuenta. Hubo algunos, como nuestros vecinos franceses, en los que durante mucho tiempo la policía no se tomó la más mínima molestia en cooperar con la española, para tratar de impedir que pudieran seguir preparando sus ataques de sus santuarios en la república francesa. Hoy en día tenemos otros tipos de delincuentes contra los que, según parece, no tenemos una ley, después de los años que llevan practicando sus fechorías, ocupando impunemente viviendas que no son de su propiedad, rompiendo las cerraduras, invadiendo las viviendas e instalándose tranquilamente en las mimas, sin que la policía intervenga, de modo que al infeliz propietario no le cabe otra salida que acudir a la justicia, esperar que, un largo procedimiento acabe por reconocerle su derecho de propiedad, y luego, si tiene suerte, esperar que se produzca el desahucio, si es que, alguna o algún elemento antisistema no se opone e impide que las fuerzas del orden lleven a cabo su cometido.

Pero no acaban aquí los casos en los que esta, mal llamada, “democracia” que tenemos en España, no nos proporcione ejemplos de los cambios de mentalidad que han tenido lugar en una gran parte de los españoles, que han cambiado sus criterios sobre lo que merece ser alabado, aplaudido y convertido en ejemplarizante, respeto a lo que, antes de que España se entregara, incondicionalmente, al poder de las izquierdas populistas era, ni más ni menos, un hecho delictivo; en la actualidad, se ha convertido, en virtud de las nuevas corrientes que han invadido nuestra nación, fruto de una visión vulgar de los principios primarios de nuestros conciudadanos, es evidente que han decidido adorar a los ídolos creados por un populacho propicio a alabar y deificar a aquellos que apenas han tenido otro mérito que ser figuras, más o menos famosas, en un deporte, en un estadio de futbol o una cancha de baloncesto o en un concurso televisivo; llegando a extremos de llegar a un punto que se podría comparar con un delirius tremens, consistente en intentar convertir en un ´héroe nacional” a un sujeto que, conduciendo a 250 kilómetros por hora se estrelló y, como no se podía esperar menos, se mató a la vez que se llevó consigo a un primo suyo, dejando heridos graves a otros ocupantes del coche. Bien, pues que alguien me diga si, con todo respeto por la vida de cualquier persona, un hecho semejante se merece toda la parafernalia que se ha creado a través de semejante y luctuoso accidente, sin duda merecedor que el causante del mismo, si hubiera sobrevivido, se le hubieran retirado todos los puntos del carnet amén de deber depurar las responsabilidades penales que se le pudieran imputar. Pues, vean ustedes, a poco que se prolongue esta sinrazón puede que se le otorgue la medalla al mérito civil.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, aunque que sea navegar a contracorriente y recibir la calificación de insensible ante el dolor ajeno, no me queda más remedio que manifestar mi desacuerdo con el comportamiento de aquellos que han pretendido convertir un acto de inconsciencia, de irresponsabilidad y de locura, en un homenaje a la persona que incurrió en semejante error, con tan fatales resultados.

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Casas Viejas 07/jun/19    14:12 h.
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