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Opinión
Etiquetas:   Punto crítico  

Sociedad civil

Raúl Tristán

martes, 25 de abril de 2006, 21:47 h (CET)
“...la calidad de la democracia depende de la sociedad civil, de su capacidad para organizarse, de su capacidad para hacerse escuchar por los poderes públicos interesados en meter miedo a los ciudadanos para perpetuarse en el poder...”

Estas palabras, extractadas de una reciente entrevista realizada a Antonio Garrigues Walker en el nº 5 de la revista Fundalia, nos sirven de reflexión introductoria para el mensaje que hoy quiero hacerles llegar, y que no es otro que un simple recordatorio, a modo de post-it digital: los ciudadanos debemos rescatar el concepto de sociedad civil.

¿Por qué hago un llamamiento al rescate?, me preguntarán. Pues bien, me resulta muy sencillo responderles, en España, a lo largo de todos estos años de democracia, la sociedad civil se ha ido organizando en muy diversos y numerosos “grupos de trabajo” que en sus orígenes debieron nacer bajo la bandera de una idea común, subyacente a todos ellos: Promover la participación ciudadana en los asuntos políticos, económicos y sociales tanto a escala local como global.

El problema, a mi juicio, radica en que esos “grupos de trabajo”, que han adoptado el nombre genérico de ONG en la mayoría de los casos y en los menos, el de Fundación, o han nacido ya viciados, como si fueran portadores de un defecto de fábrica, o han sido sodomizados por el Poder en alguna etapa de su existencia.

El caso es que este elemento fundamental de la lucha ciudadana, de la reivindicación por cauces democráticos y pacíficos, de la lucha activa contra la corrupción, de la búsqueda de la transparencia en todos los órdenes sociales; es decir, las cámaras de vigilancia que deberían monitorizar al Estado y a los poderes públicos, no suelen cumplir con los cometidos para los cuales fueron creados.

Muchos de ellos han centrado sus esfuerzos en campañas del todo ajenas a la sociedad en la que se encuentran insertados, desdeñando lo local para empeñarse como Sísifo en una tarea que, desarrollada del modo en que lo hacen, no lleva más que a soluciones temporales, no permanentes, que malgastan hombres y recursos vertiendo el agua sobre las arenas el sediento desierto, a la espera de ver crecer un árbol allá donde no se ha plantado semilla alguna, no existe tierra fértil ni jardinero que se ocupe del cultivo. Estos grupos acaban siendo pasto de las llamas en forma de subvenciones estatales o de grupos de intereses políticos o económicos que saben dosificar su apoyo y ayuda para de ese modo conservar la fidelidad de sus nuevos siervos. Unos siervos que mientras se encuentran ocupados en asuntos que no afectan directamente a los amos, sirven de desviadores que catalizan malestares que no llegarán jamás a devenir en fiscalización ciudadana. Y eso es lo que el Estado y los poderes fácticos desean, pues aquellos a los que temen es a los ciudadanos que día tras día observan bajo la lupa sus movimientos, y no a aquellos otros que se perdieron hace tiempo en la vorágine de lo global y lejano.

Por su parte, muchas Fundaciones también han sido engendradas bajo el auspicio de determinadas facciones que en la mayoría de las ocasiones ni siquiera se esconden, sino que se muestran abiertamente como patronas y mecenas de las mismas.

Considero que los ciudadanos deben hacer frente común para luchar, en primer lugar contra esa corrupción de los grupos de trabajo de la sociedad civil, exigiendo leyes que no permitan ese tipo de desvíos y degeneraciones. Será después, en segundo lugar, cuando los ciudadanos puedan volver a edificar sobre sólidos cimientos nuevos o restaurados grupos de trabajo de la sociedad civil que cumplan verdaderamente los objetivos que de ellos se deben esperar.

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