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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Qué futuro esperamos?

Francisco Rodríguez (Granada)
Redacción
miércoles, 19 de abril de 2006, 22:13 h (CET)
En una entrevista al escritor Claudio Magris, publicada hace tiempo en El Semanal, dice éste que uno de sus hijos le dijo: “Por primera vez en la historia occidental tenemos la sensación de vivir mucho mejor que todas las generaciones anteriores, pero también mucho mejor que las venideras”. Esta afirmación le resulta inquietante al escritor porque hasta ahora, dice, teníamos la sensación de, o bien estar instalados en un progreso infinito, o bien haber alcanzado una total decadencia. A mí también me llama la atención esta afirmación, aunque no sea por los mismos motivos, ya que pienso que la idea de un progreso infinito entró en crisis desde que asumimos asustados que nuestro dominio de la ciencia y la técnica podía destruir nuestro planeta y la idea de decadencia de Occidente, puesta en marcha por Splenger en la segunda década del siglo XX, tampoco resulta clara, ya que si hay síntomas de decadencia también hay otros de crecimiento y de pujanza. El mundo occidental, con todos sus problemas y contradicciones, no creo que esté en ruinas, ni mucho menos.

Pero ¿será verdad que exista efectivamente una sensación de haber alcanzado en nuestro mundo occidental una posición tal que no podrá seguir manteniéndola en lo sucesivo?.¿Es que hemos ascendido a una cima tan alta, de la que sólo quepa descender?. Se augura a las generaciones venideras una vida peor que la nuestra ¿por qué?. La sociedad, decía Popper, está abierta a un sinfín de posibilidades, unas pueden resultar mejores y otras peores, pero la deriva que adopte cada momento no está inevitablemente escrita. No cabe duda de que el pasado, todo pasado, gravita sobre el presente y se proyecta hacia el futuro, pero esta proyección no está decidida de antemano sino que se abre en un abanico de derroteros. Optar por uno u otro es algo que ya se verá. Además la elección no es única ya que, a pesar de la tan discutida globalización, no existe una sola instancia de decisión sino una enorme variedad de estados, de culturas, de civilizaciones, que serán coetáneos pero en modo alguno se configuran como un ente unificado. Sin duda que las decisiones de algunos pueden tener mayor trascendencia, pero el conjunto contiene tal cantidad de factores y variables que resulta extraño que durante tanto tiempo se haya podido creer en la existencia de alguna ley inexorable que determinara el futuro de la humanidad y de la historia. Que las generaciones venideras del mundo occidental, vayan a vivir peor que nosotros ¿es una profecía, una intuición, una deducción científica?

Dándole vueltas a la cuestión, parece cierto, que los occidentales vivimos hoy mejor que en otras épocas. Tal situación, de la que algunos opinan que debemos avergonzarnos, ya que otros muchos países están peor, es a mi entender el resultado de un sistema de gobierno democrático de derechos y libertades para todos los ciudadanos y de una mayor cantidad de bienes y servicios a nuestra disposición. Respecto a derechos y libertades ¿hemos alcanzado una meta de la que no podemos avanzar más?. La producción de bienes y servicios ¿ha tocado techo?.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos se tiene más en cuenta en los países occidentales que en el resto del mundo, pero ello no significa en modo alguno que hayamos llegado al mejor de los mundos posibles. Hay derechos que no llegan a todos los ciudadanos de las sociedades opulentas. Hay derechos defectuosamente ejercidos y aplicados porque los correlativos deberes y las personas y entidades a quienes incumben no se han explicitado suficientemente. Todos se sienten personalmente acreedores de derechos pero no tanto deudores de deberes. Los deberes parecen siempre obligación del estado o de la sociedad pero casi nunca de cada uno de nosotros. El mismo sistema democrático queda reducido a votar cada cierto tiempo pero la participación en la política es casi inexistente. El deber de participar ha sido delegado a la problemática mediación de los partidos políticos, de las centrales sindicales, de las descaradas presiones de los medios de comunicación.

Las libertades también han tenido un desarrollo notable pero sin que de forma simultánea se haya insistido sobre la importante carga de responsabilidad que conlleva el ejercicio de la libertad, hasta el punto que andamos confundiendo la libertad con el capricho. No hay ejercicio de la libertad sin discernimiento ni responsabilidad. Los abusos en el ejercicio de la libertad están a la vista. La práctica jurídica, como garante de derechos y libertades, está seriamente cuestionada.

Vivimos mejor que en otras épocas, de acuerdo, pero podemos empezar a vivir peor, podemos legar a las generaciones que nos sigan una situación menos satisfactoria, no porque hayamos alcanzado ninguna cima sino porque personal y colectivamente tomemos decisiones equivocadas. Aquí sí que es necesario tratar de señalar aquello que veamos que puede poner en peligro lo alcanzado y lo que cada uno puede hacer para evitarlo. Por ejemplo, hablemos de demografía. Nuestro mundo occidental está envejeciendo a gran velocidad, cada vez hay más ancianos y menos niños. Que la esperanza de vida se haya ampliado considerablemente para nosotros los occidentales es una realidad de la que estamos satisfechos con razón, pero que la natalidad haya descendido muy por debajo de la tasa de reposición es el resultado de nuestras decisiones personales. Tener hijos o no tenerlos, retrasar su llegada, limitar su número son decisiones de cada cual. Tales decisiones estarán influidas sin duda por una gran cantidad de factores ambientales y sociales, pero en último término la responsabilidad de la decisión es de cada pareja. ¿Es acertado reducir la natalidad hasta las tasas actuales? Los gobiernos están preocupados por el envejecimiento y tratan de incentivar la natalidad con medidas económicas y fiscales. ¿Serán eficaces y suficientes para cambiar la situación?.

Por el camino que llevamos la inmigración será una necesidad imperiosa, lo que unido al deseo de tanta gente de huir de la pobreza de sus países ya esta planteando nuevos problemas que habrá que decidir como resolver. Enfrentar esta nueva situación es cosa tanto de los gobiernos como de cada uno de nosotros, los que vivimos aquí y los que están viniendo. Se habla de sociedad multicultural o intercultural. Se proclama la tolerancia como panacea de los problemas que apenas estamos empezando a entrever. Pero ¿cómo se articulará la convivencia en nuestros países de Occidente?. Los que vienen, ¿qué buscan? ¿se integrarán los que vengan en nuestra cultura o seguirán apegados a la propia? No parece que les atraiga nuestro esquema de valores, que muchos de ellos consideran corrompido, sino la abundancia de bienes materiales. Y nosotros ¿cómo los vemos?. Para unos como mano de obra barata, para otros como peligro, para otros como necesidad. Algunos quieren verlos como iguales y predican nuestra obligación de acogerlos. Sin negar que efectivamente estemos obligados a ello no estoy tan seguro de que ellos quieran ser tratados como iguales, sino como diferentes. Con aquellos que compartimos lengua y cultura, incluyendo en este término ciertas raíces religiosas, puede ser más fácil. Con los que sólo compartimos cultura se necesitará más tiempo. Con los que no compartimos ni lengua, ni cultura, ni raíces religiosas, la dificultad es enorme. Lo más probable es que dentro de nuestras fronteras se formen sociedades diferenciadas y cerradas con unas relaciones más intensas con sus países de origen que con nosotros. A la larga ¿cómo será la convivencia?.

En esta situación ¿cómo vivirán nuestros descendientes? Pero ¿cuántos serán nuestros descendientes? Quizás una minoría, cuyos valores, cultura y tradiciones se irán diluyendo en un conjunto plural, pero cualquier anticipación del resultado no está determinada ya que dependerá de infinitos factores y de infinitas decisiones políticas y también personales.

Tomemos otra cuestión: la producción de bienes y servicios de la que también estamos los occidentales bastante satisfechos, sin que falten voces que señalen, con razón, el despilfarro de medios, aunque creo que el principal problema es el de conseguir distribuirlos mejor. En tiempos pasados, Malthus, nos pintó el futuro de hambre que llegaría por el distinto crecimiento de la población y los recursos. Nadie podía sospechar entonces que la investigación y la técnica, en una economía de mercado, serían capaces de multiplicar los alimentos en la forma en que lo han hecho y sin que podamos vaticinar como lo serán en el futuro. Lo que no se ha conseguido, si es que alguna vez se propuso, es repartirlos por el mundo, hacerlos llegar cada vez a más gente. Es escandaloso que nos sobren alimentos y otros se mueran de hambre. Pero esto también es el resultado de decisiones políticas, económicas y sociales de los gobiernos y de cada uno de nosotros.

El esquema de valores que compartimos tiene en cuenta ante todo la eficacia en la consecución de objetivos. El objetivo de la economía es conseguir la mayor ganancia, el objetivo de la política es el poder, el objetivo de cada persona es vivir lo mejor posible. Los políticos buscan el poder en las sociedades democráticas a través del voto, en las sociedades no democráticas mediante la fuerza y la explotación de sus pueblos. En las democracias la gente votará a quienes les faciliten una vida más opulenta. Los elegidos buscarán contentar a sus votantes haciendo crecer la economía, cuyo objetivo es el mayor beneficio, para lo cual apoyarán un mercado en que puedan adquirirse los bienes al menor precio posible. Ello lleva a propugnar una libertad de comercio global que funcionará siempre en perjuicio de los más pobres, agravado por el hecho de que los dirigentes de estos pueblos, que no dependen del voto de sus ciudadanos, van a estar de acuerdo con los países ricos en participar de las ganancias en beneficio propio, aún a costa de empobrecer cada vez más a sus pueblos.. Se establece así un sistema cerrado que impide un comercio justo. Pero no olvidemos que son nuestras decisiones personales, sin duda mediatizadas e influenciadas por la propaganda, las que en occidente eligen y mantienen a los gobernantes para que sigan este juego. Como no sentimos la necesidad de cambiar este juego injusto no afloramos nuevas opciones políticas y es dudoso que la gente votara algún partido que se presentara prometiendo establecer un sistema de comercio más justo, lo que llevaría a tener que pagar más por los bienes que compráramos. Naturalmente el que aumente el número de hambrientos puede en el futuro cortar la digestión de los que comen hasta hartarse.

Otra realidad que puede modificar el futuro de las generaciones que nos sigan es la guerra. Una guerra distinta a todas las anteriores. La técnica hace posible hoy la fabricación y utilización de armas y el mercado de las mismas está abierto de forma permanente. Hay focos de conflicto en todo el mundo, sin que exista una autoridad mundial capaz de imponer un orden moral. Se necesita crear espacios de entendimiento cada vez más amplios, pero las Naciones Unidas no parecen que sean capaces de ello. Se amontonan allí países totalmente heterogéneos, cuyas posibilidades de diálogo son escasas. Sería necesario un proceso mucho más lento de creación de entes supranacionales que establecieran proyectos comunes de vida y no de agresión. Pero lo que parece crecer ahora en muchas partes del mundo es un nacionalismo desaforado que lleva a romper unidades anteriores. También aquí hay decisiones políticas, económicas, sociales y personales (también personales). Cada vez que sentirnos parte de nuestra autonomía, de nuestra provincia o de nuestro pueblo, entra en conflicto con sentirnos parte de nuestra nación común, de ser europeos, o de ser ciudadanos del mundo, estamos tomando una decisión sin duda equivocada y que gravitará en el futuro que esperamos.

Pensar en el futuro que viene será siempre útil, no para profetizar lo que vaya a ocurrir, sino para decidir lo que debamos hacer aquí y ahora. Todos podemos analizar cada aspecto de nuestra vida para discernir cual deba ser la decisión correcta, aunque nos parezca que la influencia de nuestras opciones es mínima. Lo peor que nos puede pasar es que dejemos de utilizar responsablemente nuestra razón y nuestra libertad.

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