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Opinión
Etiquetas:   Política   PSOE  

Y ahora, ¿qué?

“Un dilema es un político tratando de salvar sus dos caras a la vez”. John A. Lincoln
César Valdeolmillos
lunes, 11 de febrero de 2019, 08:25 h (CET)

Ayer, los españoles se manifestaron multitudinariamente en apoyo de la identidad nacional de España, y en contra de las prácticas propias de un trilero de mercadillo al que legitimaron para okupar La Moncloa, todos aquellos que persiguen la liquidación de España como país.


La manifestación fue inequívocamente reprobatoria de los métodos, las formas y los fines, de quien no habiendo sido habilitado por las urnas para aspirar a ser presidente del Gobierno de España, logró el amparo de quienes vieron una oportunidad —posiblemente irrepetible— para alcanzar sus ilegítimos propósitos por vías ajenas a las previstas por la Ley.


La Constitución lo permite todo. Incluso su propia voladura, su propia demolición. Pero observando lo previsto en la propia norma, como ya se demostró con la aprobación de la Ley para la Reforma Política, aprobada el 18 de noviembre de 1976, y con la que se liquidaba la última de las Leyes Fundamentales franquistas del Reino de España.

Pero para llevar a cabo un proyecto de tal envergadura, hacen falta estadistas con la voluntad democrática de Juan Carlos I, la talla intelectual de Torcuato Fernández Miranda, y el coraje político, la honradez y el amor a España, de Adolfo Suárez González.


A quienes vivimos en primera línea aquel histórico proceso, a quienes hicimos tan compleja andadura yendo de la Ley a la Ley, nos produce pavor escuchar a quienes ostentan responsabilidades de gobierno, que: “…el Parlamento no funciona”.


Nos hemos acostumbrado a contemplar pasivamente como se pervierten las ideas y el lenguaje. No es verdad que el Parlamento no funcione. Pero sí es más cierto que hay a quienes no les interesa que la sede de la soberanía desempeñe sus funciones, para en la opacidad de los despachos, poder llegar a pactos y acuerdos inconfesables, a los que por su carencia de escrúpulos, jamás se atreverían a debatir con luz y taquígrafos en la tribuna del Congreso de los Diputados.

En el Parlamento cabe todo. Las ideas más inteligentes y las más disparatadas, toscas e inverosímiles; las doctrinas que más se acomodan a las necesidades del país y las que presentándose como liberadoras de una sociedad presuntamente oprimida, explotada y esclavizada, —como sobradamente se ha demostrado— solo nos conducen hacia el pozo de la ignorancia del pensamiento único, y al hundimiento en la miseria económica, generalmente de los más desfavorecidos.

Lo malo que tiene el Parlamento para quienes ofrecen vino y después dan vinagre, es que hay que retratarse, votar y someterse al juicio inapelable de los hechos irrefutables.


Las 200.000 personas que ayer abarrotaron la plaza de Colón y sus cercanías, no son más que un pálido reflejo del sentimiento que anima a muchísimos españoles a quienes asquea la política rufianesca, turbia y entreguista de un equipo apoyado por todos los enemigos de España, que sin otro programa político que el de mantenerse en el poder por el poder, está dispuesto a sacrificar lo más noble de la nación española, solo para satisfacer la ciega ambición de un individuo.


Lo ocurrido ayer en Madrid, ante la certidumbre derivada de la política de claudicación y entreguismo, que quienes ocupan el poder en La Moncloa vienen practicando frente a los golpistas catalanes, de forma incruenta, tiene algún tipo de semejanza, con el levantamiento del dos de mayo de 1808, en el que los españoles, hartos de felones, villanos y traidores, se alzaron en contra de quienes habían puesto en almoneda, los valores más sagrados del pueblo español.

Ayer, los españoles manifestaron claramente su sentir.


Y ahora… ¿Qué? ¿Nos conformaremos con ese acto testimonial? Porque digo yo, que no esperaremos a que los socialistas, estando en sus horas más bajas, voluntariamente van a convocar elecciones, a pesar de que es el argumento en el que se apoyaron para presentar su moción de censura contra el gobierno del PP.


Por el contrario: con presupuestos o sin ellos, se van enrocar en su propia dinámica para aguantar cuanto les sea posible, sin importarles cuanto y cual sea el daño que le infieran a España y los españoles.


En 1808, tras el levantamiento del pueblo de Madrid contra los enemigos de España, se extendió por todo el país una ola de proclamas de indignación y llamamientos públicos, que si en aquel entonces desembocaron en la guerra de la independencia, ahora deberían forzar al ejecutivo socialista a convocar, de manera inmediata, elecciones generales.

En ayuntamientos, diputaciones, cabildos y comunidades autónomas, en las que estuvieran representados PP, Ciudadanos o Vox, deberían presentarse mociones que instasen al Gobierno de España a convocar elecciones generales conjuntamente con las que se han de celebrar el próximo 26 de mayo. De no ser escuchadas estas peticiones por parte del Presidente del Gobierno, la oposición quedaría plenamente legitimada para presentar una moción de censura con independencia de contar o no con una mayoría suficiente para que la misma saliese adelante.


No importaría que estas iniciativas se ganasen o se perdiesen. Se trataría de crear una atmósfera política irrespirable para el actual ejecutivo socialista y dejar que se escuchase de manera inequívoca la voz del pueblo español.


¿Se tomará algún acuerdo de este corte entre aquellos partidos que dicen defender la unidad de España frente a los golpistas y quienes les apoyan?


Me gustaría poder pensar que así pasará. Porque lo que sí pasa, son años y más años; los acontecimientos se repiten, protagonizados en obscena concupiscencia política por quienes se suceden en el poder, aplaudidos y coreados por los bufones que les acompañan, para cual perros fieles, ir recogiendo las migajas que se les arrojan desde la mesa del banquete de los privilegiados, sin que todo lo demás que existe en medio de estas dos extremidades, lo que le ocurre al ciudadano de la calle, al jubilado, al que se queda sin trabajo, al que no puede pagar la hipoteca, al joven que ve cómo pasan los años y su futuro se le escapa como el agua entre los dedos de las manos, se tome el trabajo de hacer presente su existencia y figurar entre las prioridades de los bajitos que ocupan el poder.

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Francisco Rodriguez 11/feb/19    13:30 h.
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