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Opinión
Etiquetas:   Venezuela   CRISIS HUMANITARIA   Nicolás Maduro  

La Maduro-Fobia que a Maduro fomenta

El gobierno izquierdista de Bolivia de 1982-85 no pudo con una hiperinflación menor y cayó
Isaac Bigio
lunes, 11 de febrero de 2019, 08:17 h (CET)

Venezuela atraviesa por una de las mayores hiperinflaciones que hayan tenido las Américas, la cual ya sobrepasa el millón por ciento anual y va creciendo, mientras que hay escasez de alimentos, medicinas y productos básicos, una gran caída de sus exportaciones y economía, un aumento de la pobreza y de la delincuencia común, y un masivo éxodo de habitantes.


Para cualquier gobierno en una situación así su sobrevivencia resulta difícil. El gobierno izquierdista de Bolivia de 1982-85 no pudo con una hiperinflación menor y cayó, en gran parte, por la huelga general minera de marzo 1985 que tomó La Paz, la misma cuyas consignas centrales eran salario mínimo vital y móvil (que se ajuste al alza del costo de vida).

Muchos opositores al chavismo afirman que éste ahora tiene una dictadura cívico-militar. Si este último caso fuese cierto el caso, el rechazo a la crisis económica y al autoritarismo bien podría llevar a una explosión social y a la caída del mandatario. Sin embargo, como veremos, es la propia oposición de derecha la que, al hipotecarse a Trump quien abiertamente llama a un golpe y una intervención militares, la que da fuerza y legitimidad a Maduro dentro de fuerzas armadas y populares.



DICTADURAS


Todas las dictaduras que ha tenido Sudamérica durante los setentas y ochentas cayeron bajo tremendas movilizaciones sociales. En las últimas 4 décadas el Perú tuvo dos dictaduras, una militar de izquierda (1968-80) y otra cívico-militar de derecha (1992-2000), y ambas cayeron como efectos de huelgas o marchas masivas.


El socialismo militar de Morales Bermúdez (Perú, 1975-80) y la Unión Democrática Popular de los movimientos Nacionalista Revolucionario de Izquierda y de Izquierda Revolucionaria más el Partido Comunista (Bolivia 1982-85), fueron socavados por poderosas paralizaciones sindicales donde masivas organizaciones clasistas buscaban una nueva revolución, aunque, a la postre, lo que vino después fueron mandatarios constitucionalmente electos más a la derecha.

Las dictaduras militares de Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia fueron cayendo desde fines de los setentas o durante los ochentas mediante grandes marchas o huelgas. En ninguno de estos casos hubo una amenaza de sanciones o invasión de cualquier país, y menos de EEUU, potencia que, más bien, apadrinó todas esas dictaduras ya sea en su momento inicial o final.


Sin embargo, cuando entra a tallar en la escena la amenaza de una injerencia militar de una gran potencia, el gobierno acosado apela al patriotismo para proclamarse como guardián de la soberanía o la liberación nacionales.

Cuando la junta militar argentina invadió Las Malvinas buscó una manera de desviar el descontento popular, toda Argentina y gran parte de Latinoamérica se pusieron de su lado, incluso el primer gobierno civil post-militares electo en Perú con Belaúnde a la cabeza salió en defensa de Argentina y en Lima se dio una multitudinaria marcha de cientos de miles en apoyo al vecino. La derrota de las Malvinas aceleró la caída de la junta, en manos de una población que, aunque discrepaba de los militares, hizo causa común con ellos en la guerra contra Thatcher.



AMENAZAS QUE APUNTALAN


La amenaza que una potencia imperial invada, sancione o capture los recursos de un determinado país es algo que suelen emplear muchos gobiernos nacionalistas para consolidarse en el poder, incluso utilizando dictaduras represivas.

Cuba y Corea del Norte han sido capaces de enfrentar períodos de graves crisis y abastecimiento apelando al antiimperialismo echándole la culpa de los problemas a EEUU y llamando al sacrificio en aras de la dignidad nacional.

Dictaduras nacionalistas como las de Irak, Libia o Siria también lograron sobrevivir y alimentarse del rechazo a las sanciones imperiales, hasta que finalmente sus gobiernos empezaron a ser militarmente intervenidos por Occidente. Solo Siria se ha salvado gracias al apoyo de Rusia e Irán.


El hecho que Washington y Londres deciden congelar miles de millones de dólares en activos venezolanos, que bloqueen la economía de dicha nación y que abiertamente llamen a un golpe o una invasión militares, permite a Maduro ser el abanderado de la soberanía nacional y echarle la responsabilidad de la crisis al imperialismo. Muchos venezolanos de civil y, sobre todo de uniforme, creen que lo central es defender a la patria de sus agresores. Incluso gente que hubiese querido deponer a Maduro ya sea para dar paso a una revolución anticapitalista o para girar hacia un modelo socialdemócrata, terminan alineándose con él frente a lo que consideran el enemigo común: la agresión de Trump.


El aparecer como el garante de una nación contra una agresión externa es algo que ha ayudado a consolidar al nacionalismo chiita en Irán desde la revolución antimonárquica de hace 4 décadas.


Desde otro ángulo, el apelar la unidad nacional contra un enemigo militar interno es algo que ha sido a inicial clave del éxito de Fujimori en el Perú de los noventas y luego del uribismo en la Colombia de inicios del siglo se dio en base al pedir. En el caso de Netanyahu y los duros en Israel su fuerza radica en que se presentan como los mejores defensores de esta nación contra un peligro interno como externo.



TRUMP ALTERA TODO


Trump con sus sanciones y amenazas logra alterar todo el panorama.


Él, con éstas, quiere ganar puntos en EEUU (especialmente en La Florida, donde hay muchos exilados venezolanos antichavistas, el cual ha sido el Estado que definió la primera victoria del partido republicano en este milenio) y en el resto de Latinoamérica, atemorizar a los rusos y chinos, desacreditar a las izquierdas que gobiernan en Nicaragua, Bolivia y Cuba, y evitar que el desgaste contra Maduro sea canalizado por un movimiento sindical. Además, puede presionar para que sus corporaciones pudiesen negociar mejor en Venezuela, o, en el peor de los casos, dar paso a un “cambio de régimen” o una invasión extranjera.


Hay muchos que en su rechazo a maduro prefieren a Trump, y esa es la debilidad de Guaidó, cuya ascensión a una supuesta presidencia se ha dado solo tras que EEUU, la dirección de la OEA y varios gobiernos y ex presidentes de derecha de las Américas le estuvieron animando a que se atreva a dar tal paso.


El aparecer como un presidente “paralelo” que no tiene ningún poder a nivel nacional y que se basa exclusivamente en el apoyo internacional de EEUU y sus aliados es algo que le quita credibilidad. Hoy las principales marchas de Guaidó se dan en una zona de clase media-alta de Caracas y los principales gremios que le han dado su respaldo son los de los empresarios del agro, la ganadería o las cámaras de comercio o industrias.


ESA MADURO-FOBIA QUE ACABA HIPOTECÁNDOSE A TRUMP TERMINA POR FAVORECER A MADURO.


LA GUIA DE GUAIDÓ


Venezuela tiene una larga historia de rechazo anti-imperial, desde que fue el epicentro de la guerra que liberó a los Andes del colonialismo español y la que más muertos en relación a sus habitantes tuvo hace dos siglos. Durante dos décadas el chavismo ha creado una base popular impulsando la “resistencia” contra EEUU.


Toda la estrategia de Guaidó se centra en conseguir el apoyo de EEUU, en sus amenazas militares, en sus proyectos de inversión y en darles víveres. El propio Guaidó pide que le dejen entrar 20 millones de dólares en “ayuda humanitaria” mientras que demanda que EEUU y Reino Unido congelen bienes y recursos de Venezuelan que valen miles de millones de dólares, lo que afecta tanto a la economía. Él, al coludirse con Trump quien abierta y constantemente afirma que la opción de una guerra total contra Venezuela está sobre la agenda, enajena a gran parte de la población venezolana.


Muchos sectores sindicales e izquierdistas que cuestionan a Maduro e incluso le califican como una dictadura cívico-militar ahora llaman a defenderlo frente a Trump porque consideran que algo peor que él es que los EEUU se apoderasen del país.


La meta de la oposición de derecha, como la que se nuclea en torno a Guaidó, es una salida mediante las alturas donde se apela a las FFAA a que den un golpe castrense. Guaidó no levanta ninguna reivindicación salarial ni se basa en los sindicatos y huelgas, lo que permite que el gobierno no tenga que enfrentarse con un movimiento obrero que pida su caída. Es más, Guaidó, al basar toda su propaganda en reivindicar el aval de EEUU, empuja a la mayor parte de éste a preferir defender la patria frente a Trump.


Es más, pese a que Guaidó demanda nuevas elecciones, la labor de un presidente interino solo debe durar un mes hasta que se convoquen comicios presidenciales; pero él mismo ha declarado que su meta es un gobierno provisional que pudiese durar hasta un año y en el cuál ha de implementarse un programa de reformas que contempla abrir las explotaciones petroleras a capitales privados y norteamericanos.


El movimiento obrero es clave tal como se vio en la Polonia de los ochentas donde fue el poderoso sindicato Solidaridad vinculado al Vaticano y a EEUU quien fue el principal detonante en la caída de los gobiernos de los partidos comunistas en Polonia y el este europeo.


Si es que no se da tal cuartelazo y si es que los EEUU no se sienten que es viable una invasión a la postre lo que ha de darse es una negociación con Maduro, algo a lo que este último apunta.



MADURO TOMA VENTAJA


Maduro, por su parte, no está interesado en utilizar la amenaza de EEUU para impulsar grandes movilizaciones populares o una revolución comunista que lo primero que hiciese fuese a apresar a quienes piden golpe y acabe expropiando a las grandes familias y a quienes ellos acusan de promover el desabastecimiento desconocer el pago de la deuda externa.


Si antes Chávez repeló un golpe militar amparándose en la movilización popular, esta vez Maduro no es capaz de sacar más multitudes a las calles que sus opositores y su fuerza radica en el respaldo y unidad de las fuerzas armadas.

Maduro no está a favor de una dictadura del proletariado y de una economía planificada, sino de una forma de democracia multipartidaria con una economía de mercado. Él no ha apresado a Guaidó ni a los diputados rebeldes, y hasta les deja que hagan marchas o vayan a hacer su publicidad a los cuarteles. Su meta es lograr un acuerdo nacional donde se mantenga él en el poder junto con un tipo de modelo nacionalista pero haciendo concesiones a la oposición de derecha, y todo ello para evitar una debacle económica y un estallido social.


Mientras más hayan opositores venezolanos que vayan marchando con banderas estadounidenses y reclamando que ellos son el presidente legítimo porque EEUU les reconoce, ampara, protege y asesora, más sus chances de crear un masivo movimiento social se reducen. Maduro apunta a que dicho movimiento se vaya enfriando y se cuida mucho de reprimir a sus dirigentes o cerrar la embajada de EEUU para evitar más violencia.


Si Guaidó sigue sin dividir a las fuerzas armadas y sin conseguir el respaldo de la inmensa mayoría de las alcaldías, gobernaciones, tribunales e instituciones públicas, su rebelión puede irse apagando. A la postre, si EEUU quisiera deponer a Maduro solo le quedaría la opción de una invasión militar, y eso le daría fuerza a Maduro quien amenaza con convertir a Venezuela en un Vietnam, el cual generaría, a su vez, una ola de grandes protestas y levantamientos en toda la región.


Maduro, por el momento, ha sido capaz de resistir el embate y puede sacar ventaja de ello para aparecer como el sucesor de Bolívar en la defensa de la patria y responsabilizar de todos los problemas del país a Trump. Al establecer el dilema “Maduro o Trump” él piensa lograr el respaldo de las fuerzas armadas y populares. 

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