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Opinión
Etiquetas:   Arte   Historia  

La mirada escéptica de Chumy Chúmez

El pueblo tiene derecho a estar informado de que no está informado
Diego Vadillo López
martes, 5 de febrero de 2019, 08:49 h (CET)

José María González Castrillo, Chumy Chúmez, quedará en la historia de las artes en España como uno de sus más peculiares creadores. Pintor, dibujante, cineasta, escritor, humorista gráfico… en todas sus facetas mostró una similar impronta, genialmente lúgubre, quizá fruto de la Guerra Civil, que lo pilló siendo un infante (nació en 1927), y esas cosas marcan. Últimamente, por casualidad, me he encontrado con un libro suyo: “El campo, los pobres, los ricos, la opinión, U.S.A. y etcétera” (Ciencia Nueva, 1967), una genial compilación de viñetas al más puro estilo codornicesco, un marchamo ese que las dota de innegable intemporalidad, toda vez que el mundo no parece haber cambiado mucho en determinadas derivas, como la de albergar a opresores y a oprimidos cohabitando en esta farsa que es la vida. Dicha visión se percibe descarnada y genialmente en los trabajos de Chumy Chúmez. En un texto del catálogo de sus viñetas compilado por la Asociación de Periodistas Europeos, “Españoleando” (2008), Antonio Fontán se refiere a las viñetas del genial artista como “pequeñas y verdaderas obras de arte y modestas o brillantes lecciones de sociología” (p. 10). En efecto, si se pone atención ese compendio de breve texto y dibujo son, a la sazón, una condensación de profunda discursividad y de plástica audacia en pos de la consecución de un compendio breve y genial, a fuer de, como decimos, imperecedero. Por ejemplo, cuando una señorona oronda y profusamente atildada enuncia: “—¡Que suban el nivel de vida! Pero a mis pobres, ¡que no me los toque nadie!”, Chumy Chúmez está señalando un controvertido escenario que sigue gozando de lamentable vigencia. Y, como decimos, lleva aparejada una condensación de fondo y forma, además de una cierta acidez que le brota a la hilaridad.


Pese a que Jesús Pardo en texto incluido en el citado catálogo apuntara que nuestro dibujante “no entendía de rojos o de blancos, de libertarios o de totalitarismos” por ser su “único lema político válido: libertad pura y simple, regida por el más común de los sentidos” (p. 14), obviamente, no se puede negar que lo que enuncia-denuncia Chumy Chúmez en esos pequeños cuadros socio-costumbristas alberga una perspectiva con innegables guiños a la justicia social, si bien estos quedan atemperados por el genial uso del lenguaje en aras de dar forma a la idea latente en cuestión, como cuando dibuja a un tipo adiposo ahíto de ostras al que un camarero va a servir otra bandeja del mentado crustáceo al grito de: “—¡Otra de ostras para el señor!”, en tanto que el comensal devora y otro sujeto apunta: “—Pobrecito, está condenado al ostracismo”. Se trataría de un humor gráfico-discursivo, porque a partir de la visualización de la ilustración en conexión con el texto se suscitan reflexiones en la dirección que sea. No son textos ni dibujos en absoluto gratuitos. Gómez de la Serna, impulsor de este tipo de humorismo en España ilustraría muchas de sus greguerías con dibujos esquemáticos, escasamente elaborados. Él decía que lejos de considerarse dibujante los hacía para aclarar algunos de sus breves textos greguerísticos, no existiendo otra pretensión. Chumy Chúmez, por su parte, tenía formación plástica, y sus dibujos comparten protagonismo con sus incisivos textos, que son los de un agudo y profundo observador de la realidad que no va al caso concreto, sino que haciéndose acreedor de algunos casos, sabe trascenderlos en aras de proyectarlos de una manera más abarcadora y universal (de ahí su carácter imperecedero). Por ejemplo, su forma de percibir la pobreza no es la de un comentarista cualquiera, sino la de un filósofo, pues tras la cortina de esa mencionada ácida hilaridad hay un hondo pensamiento, una reflexión cuyas raíces no son atisbables de pasada, al ser punta de un iceberg susceptible de desplegar luengas discursividades. Me llaman mucho la atención aquellas viñetas suyas que presentan dos planos: la parte contemplativa y la menesterosa, como esa en la que dos tipos comentan lo siguiente mientras ven trabajar a un obrero: “—Es un asceta que vive de las limosnas que cobra por su trabajo”; o esa otra en la que un tipo le dice a otro: “—No, no creas que son tan buenos. Les mueve a trabajar el egoísmo. Lo hacen por dinero”. Son también interesantes esas en las que codornicescamente juega con la plurisignificación de los vocablos o expresiones o da un nuevo giro a manidos lugares comunes: “—Servidor no tiene más grupo de presión que la necesidad” (comenta un menesteroso); “—El dinero no da la felicidad, pero ayuda a quitársela a los demás” (afirma un ricachón).


El legado de este genial creador, hijo de un carpintero y una modista, compuesto por unas 4000 piezas, fue entregado por su hijo a la Biblioteca Nacional en 2016.

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