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Opinión
Etiquetas:   Lenguas   Historia  

Lenguas y banderas

Lenguas y banderas que indican identidad pueden convertirse en semillas de odio y de violencia
Octavi Pereña
martes, 22 de enero de 2019, 08:15 h (CET)

“El abanderado, sobre todo el político en campaña, debería llevar un código de barras. Es fundamental saber que envuelve cuando alguien se envuelve en una bandera. Puede envolver un fardo de odio o el orgullo solidario de ser un país de asilo y acogida. Puede envolver desconfianza hacia el extranjero o la mano tendida a quien elige habitar un viejo país que se vacía. En una bandera puede envolverse el daño a un retroceso machista o el deseo de disfrutar un país que sea vanguardia en igualdad. Ya no podemos equivocar os lo que envuelve una bandera: ¿Un lugar de miedo e intimidación para la mujer o el hábitat de libertad? En la bandera puede envolverse la libertad de expresión como un bien máximo a respetar o el propósito de silenciar la palabra contraria. Una bandera puede envolver la llave de una biblioteca o un martillo de herejes. Puede envolver memoria fértil o amnesia retrógrada, pluralidad o monocultivo. Puede envolver, en fin, un Estado de bienestar o una maquinaria de hacer daño” (Manuel Ribes en su escrito ¿Qué puede envolver una bandera?. La bandera como internet, como todo invento es inocua. El problema se encuentra en las personas que la utilizan. El ser humano es la pieza clave. Según sea éste la bandera llevará destrucción o bienestar.


Joana Benet en su escrito ‘Voxers’ del odio, redacta: “Ser civilizado no tiene nada que ver con tener estudios superiores o tener un alto cociente”. Citando a Teodor Todorov


En el mundo en que vivimos se está produciendo una regresión moral, una peligrosa pedagogía que involuciona valores y contextos que parecían superados. El ser humano como ser racional que es piensa e idea ideologías para crear un mundo feliz, pero es incapaz de implantar alguno. En el momento en que el ser humano se deifica y se cree capaz de establecer en los límites de su poder una sociedad feliz, crea un nacionalismo excluyente que borra sea como sea todo lo que se le oponga. No duda en utilizar las cloacas del Estado para eliminar cualquier disidencia que se oponga a su mesianismo. De Mesías solamente hay uno. Quienes intentan usurpar las funciones mesiánicas no son guiados por Dios que es amor, sino por el diablo que es padre de la mentira y homicida desde el principio. He aquí porque los mesianismos políticos, los religiosos también, todos sin excepción se caracterizan por el odio, la violencia, la injusticia y todos los males que uno se pueda imaginar que no contribuyen al bienestar de los pueblos sino a su ruina. Los nacionalismos excluyentes que restringen las libertades ciudadanas se caracterizan por el elevado grado de corrupción porque eliminan del ámbito público los mecanismos de control que frenan su expansión.

Los nacionalismos excluyentes divinizan la patria y la bandera y persiguen a todos aquellos que no juren fidelidad a estos dos símbolos nacionales. Una mirada a la historia y nos daremos cuenta de que estos nacionalismos no han sobrevivido. Dios que fija los tiempos y los límites de las naciones, cuando la corrupción hace verter el vaso Dios interviene y traspasa el poder a otro. No existe reino o republica eterno. Todos se hunden por la misma causa: CORRUPCIÓN.

Los cristianos tenemos una ventaja sobre los que no lo son. A pesar que somos ciudadanos de países concretos, nuestra verdadera ciudadanía se encuentra en el Reino de Dios. Que seamos ciudadanos del Reino de Dios no nos quita la responsabilidad de trabajar para la prosperidad de la nación en la que Dios nos haya colocado.

Los nacionalistas excluyentes a pesar de que tengan el Nombre de Dios a flor de labios no son cristianos porque según Jesús, el Pacifista por excelencia, no aprueba la coacción, la violencia que se ejercen sobre la ciudadanía para imponer sus puntos de vista, ni la depuración de funcionarios públicos por sus ideologías. Se puede ser religioso pero esto no es garantía de que se sea un verdadero cristiano. A este comportamiento anticristiano al que se le ha puesto una capa de barniz cristiano, especialmente en los clérigos que se consideran representantes de Cristo en la tierra, tiene unas consecuencias muy nefastas ya que hace que sean muchos quienes cataloguen a Dios el Padre y a Dios el Hijo por el mal comportamiento de quienes se dicen ser seguidores de Jesús.

Los nacionalismos nacen de la confusión de lenguas que se produjo en Babel. En aquella época solamente había una. La confusión se produjo cuando los hombres en su delirio de grandeza se dijeron: “Vamos, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo, y hagámonos un nombre, por si fuéramos esparcidos sobre la faz de la tierra” (Génesis 11:4). El mandato de Dios era que el hombre se esparciese por toda la faz de la tierra. Desobedeciendo a Dios quisieron concentrarse en una gran ciudad y quisieron convertirse en dioses construyendo una torre que llegase hasta el cielo. Dios desde las alturas se ríe de la necedad humana, diciendo: “Ahora, pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció el Señor desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad” (vv. 7,8). Babel fue el primer imperio que se hundió y así ha sucedido a lo largo de los siglos. Nadie puede divinizarse. Las lenguas son el resulta del pecado pero también serán una señal de unidad en la diversidad cuando en el Reino de Dios eterno los redimidos por la sangre de Jesús “cantarán un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Apocalipsis 5: 9). En el Reino de Dios eterno en que no habrá pecado que rompa la unidad se habrán terminado las disputas por la supervivencia de las lenguas. La diversidad lingüística y nacional servirá para adorar a Dios sin confrontarse los unos con los otros.
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