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Opinión
Etiquetas:   Historia   Religión   Corrupción  

Corrupción amenazadora

La frase: “La religión es el opio del pueblo” debería modificarse y decir: “La política es el opio del pueblo"
Octavi Pereña
martes, 27 de noviembre de 2018, 09:13 h (CET)
Cristina Torrent inicia así su escrito Democracias: “Las democracias, el gobierno del pueblo –o más concretamente de su mayoría- están pariendo monstruos. La extrema derecha, el populismo, el autoritarismo se va extendiendo como una epidemia, por todas partes. Un mal que no cesa de crecer y que se va infiltrando por las grietas de las democracias occidentales. Gigantes con pies de barro. ¿De dónde han salido sino los Trump, Putin, Conte o Balsonaro? De las urnas. Por lo tanto nadie puede cuestionar su poder legítimo otorgado por los electores. ¿O sí? No podemos olvidar que un nacional-socialista llamado Hitler llegó al poder por la vía de las urnas, no estamos en los años treinta (del siglo XX) pero la amenaza es real. La democracia del siglo XXI, sigue pariendo y alimentando monstruos”. Pienso que lo que dice Cristina Torrent no o puede decirse con más claridad. ¿Por qué las democracias occidentales del siglo XXI, a pesar del nivel cultural alcanzado siguen pariendo y alimentando monstruos? Nadie sabe dar respuesta a esa pregunta de no ser que vaya a la Biblia a buscarla.

El Roto en una de sus viñetas, que por cierto censuran con mucho acierto la actualidad, muestra la cara horrorizada de un hombre. En el sombrero que lleva puesto está escrito con letras rojas: SPY. Por encima de su cabeza le cae un montón de mierda. Da la impresión de que El Roto estuviese anunciando lo que sucedería en las puertas de los juzgados de algunas ciudades catalanas que por la mañana aparecieron bloqueadas por montones de estiércol. El Roto hace esta petición: “¡El alcantarillado del sistema está reventando!¡Dejad de cagar!” ¿Cómo se puede dejar de cagar si la condición humana la describe a la perfección el profeta Isaías con estas palabras: “Oíd cielos, y escucha tú tierra, porque habla el Señor: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí…Desde l planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga, no están curadas ni vendadas, ni suavizadas con aceite” (Isaías 1: 2-6). El profeta describe la corrupción moral del pueblo de Israel, que puede aplicarse a cualquier sociedad por ser intemporal, por haber abandonado a Dios. ¿No describen Cristina Torrent i El Roto las consecuencias de haber abandonado a Dios el mundo occidental? Ambos describen los efectos pero no la causa de la corrupción. Avisan de la enfermedad moral del ser humano sin saber qué remedio aplicar.

Juan José Millas finaliza su escrito Alcantarillados, con estas palabras: “Aquí solamente estamos Mariano y yo y Mariano no está”. Se habla mucho de las alcantarillas del Estado cuando a la vista de lo que estamos conociendo, deberíamos hablar del Estado de los alcantarillados”. La metástasis corruptora debería hacernos reflexionar el proverbio: “La justicia exalta la nación, pero el pecado es el oprobio de los pueblos” (Proverbios 14: 34).

Isaías que describe Israel como una nación que “desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana”, lo invita a que escuche el aviso de Dios que cambiaría radicalmente el destino de la nación: “Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano. Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuelva al señor, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar” (Isaías 55: 6,7). La invitación del profeta no va dirigida únicamente a la élite política y religiosa, la hace extensiva a toda la población pues toda ella es culpable de la falta de justicia que se daba en los tribunales y en las relaciones sociales. “Así dice el Señor: Guardad derecho, y haced justicia, porque cercana está mi salvación para venir, y mi justicia para manifestarse” (56: 1). La falta de la justicia es la ruina de la nación. Sabiéndolo es de sabios rectificar. Deshacernos de la corrupción que nos llega a la nariz y que está a punto de ahogarnos no conseguirá su propósito si colectivamente pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y cambiamos el rumbo de nuestro caminar. Es una decisión que debe tomarse individualmente. Nadie puede tomarla por nosotros.

Los políticos intentarán embaucarnos con sus promesas de regeneración democrática. Sus promesas no son creíbles porque carecen del poder de cambiar su naturaleza corrompida por el pecado, mucho menos la de las otras personas. El hombre nuevo con una manera totalmente distinta de hacer solamente puede conseguirlo Jesús que transforma los corazones inclinados a hacer el mal por otros que vehementemente desean hacer el bien. Cualquier promesa de regeneración política que no pase por la conversión a Jesús está destinada al fracaso porque el ser humano no puede cambiar su naturaleza corrupta de la misma manera que el leopardo no puede borrar las manchas en su piel.
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