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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Un nombre, unos derechos

Rubén Espinosa (Vitoria)
Redacción
miércoles, 1 de marzo de 2006, 23:26 h (CET)
Nuestro gobierno debe encomendarse a la misión de fomentar y proteger los derechos de las niñas y de los niños. Debemos abogar por esos derechos y contribuir al bienestar mediante programas que les ayuden a desarrollarse plenamente. Además, en los parlamentos debemos promulgar nuevas leyes y aprobar normas jurídicas, para poner fin a las actividades de quienes abusan y explotan a los niños, y castigar a los que cometen esas acciones con dureza y determinación. Debemos dificultar sobremanera la explotación de la niñez con fines sexuales o económicos.

Además, todos ellos tienen derecho a la educación, todos tienen derecho a que se vele por su salud, todos tienen derecho a ser protegidos de posibles perjuicios. Por ello, nuestro gobierno debe luchar con firmeza y respetar en su totalidad la convención sobre los derechos del niño del año 1989. Esta convención es el acuerdo sobre los derechos humanos más aceptado por todos los gobiernos en la historia de la humanidad, pero no se cumple en su totalidad.

Los gobiernos de todo el mundo incumplen diversos artículos de dicha convención. Y esto se debe enmendar de inmediato, sin excusas vanas. Debemos protegerlos contra la violencia, los abusos, la explotación o la discriminación, entre otros. Nuestro gobierno debe tomarse, además, la educación como un elemento fundamental para el desarrollo y bienestar de los mismos.

La educación de las niñas y de los niños es de vital importancia para la estabilidad social y el desarrollo económico de un país.

En lo referente a los artículos, el séptimo de dicha convención es un ejemplo claro de esos incumplimientos. Dice el mismo: “El niño será inscripto inmediatamente después de su nacimiento y tendrá derecho desde que nace a un nombre, a adquirir una nacionalidad...”. En el mundo hay niñas y niños que no tienen nombre, que no tienen identidad y tampoco un futuro digno. Más de 6000 de esos niños son españoles. Un nombre como Ander, Nerea, David o Laura, no sólo es un nombre, es algo más. Es una llave para esos niños, una llave que abre muchas puertas. Sanidad, educación, bienestar, en definitiva, todos sus derechos. Esos niños sin nombre alguno no los tienen desde que nacen hasta que mueren.

En el 2003 se estima que el 41% de todos los nacimientos en el mundo no fueron registrados. Estos niños no tienen futuro. Morir por desnutrición, por enfermedad, o en muchos casos, ser vendido como esclavo para su brutal explotación. Es el trafico de niños que, aunque os parezca irreal, existe aún en pleno siglo XXI. Son raptados, engañados, amenazados y, en ocasiones, comprados a sus padres.

En su mayoría son niños africanos, pero también, entre ellos, niños españoles, europeos, asiáticos, americanos, niños de todo el mundo, de todas las nacionalidades. Su futuro: la prostitucion, trabajar sin descanso o acabar muerto cuando ya no lo necesitan, cuando ya no es productivo.

Es obligación de nuestro gobierno y de todos los demás gobiernos frenar a esas redes, a esas mafias, que capturan a estos niños. Ayudarles a que tengan un nombre para poder velar por sus derechos.

Y que ningún artículo de esa convención sea deliberadamente negado. Yo abogo por defender dichos derechos y dicha convención siempre. Porque ellos son el futuro de esta sociedad, porque ellos son nuestra base.

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