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Opinión

Etiquetas:   Disyuntiva   Audiencia   Datos   -   Sección:   Opinión

Niveles de audiencia

La valoración numérica no equivale a la calidad; suele utilizarse para deformarla
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 16 de febrero de 2018, 07:18 h (CET)

El número de asistentes, escuchantes o participantes en general, es utilizado como índice valorativo del evento considerado. Suele prestarse menos atención a la incidencia de otros aspectos quizá determinantes; dejados de lado por ignorancia, o lo que es peor, por intereses ocultos. El índice, aplicado de manera aislada, deja incompleta la pretendida calibración, siempre con el consiguiente menosprecio de cara al público por la falta de transparencia, pero con la tolerancia manipuladora de sus promotores. Estamos por lo tanto ante unos análisis muy SUPERFICIALES, porque dejan fuera de cobertura a ciertas influencias, con el carácter tendencioso, dado que se practican a sabiendas.


La apuesta por el morbo funciona de maravilla entre la mencionada frivolidad valorativa, el camino queda expedito para la introducción del CINISMO practicón. En la vertiente empresarial, adscritos al todo vale si reporta réditos cuantiosos. En cuanto a colaboradores y público, jalean los instintos liberados, el cotilleo, los tirones emocionales, rumores e insidias; en medio de una despersonalización progresiva. El tobogán de la mediocridad ejerce de núcleo aglutinante, en su trayecto salen despedidos los fundamentos razonados. En la vorágine establecida, las posturas coherentes perdieron su ubicación, las responsabilidades son evanescentes, mientras las termitas de la corrupción persiguen sus apetencias.


En estos afanes de darle al palique con expresiones altisonantes, con agitación bulliciosa, aportando escasas soluciones y siendo nula la escucha; reconoceremos que los números también consignan contenidos escuálidos. La abundancia de locuciones y de gente en las inmediaciones, no equivale a la consistencia del diálogo; ni tan siquiera a un entretenimiento personalizado. Parafraseando a Milan Kundera, un mundo obsesionado por los números es un mundo que no sabe lo que cuenta. El talante OBSESIVO nos conduce al atiborramiento, sin filtros ni deslindes ilustrativos. Pasamos de largo ante los postulados básicos de la existencia comunitaria, los números distractores nos desvían de las cualidades gratificantes.


No es que estas acaparaciones numéricas estén reñidas con las verdades, uno pensaría de inicio qie las buscan con vehemencia para el bienestar general. No ibamos a creerlas como formaciones manipuladoras, pero ya no sorprenden estas TRAMAS de la confusión, de tan reiteradas pasan a ser habituales. La sensatez de los enfoques, la transparencia, constituyen una rareza poco apreciada en el tumulto originado. Qué pasó, qué dijeron, qué analizaron; nunca lo sabremos con aires verosímiles, porque las mismas agrupaciones díscolas se convierten en jueces e intérpretes de los conceptos y actuaciones. No tratamos de lo acaecido, sino de lo que ellos exponen con trampas y esquemas extraños.


La complejidad del mundo, de los humanos, de lo que llegamos a saber de todo ello; nos convierte en elementos menesterosos, porque no damos abasto, si atendemos en una dirección nos pasan desapercibidas otras cuestiones que pueden ser decisivas; añadido eso a la incertidumbre constitutiva, entorpecen de forma notoria los entendimientos. Esa es una parte importante del conflicto, somos DEPENDIENTES de los demás, la colaboración es precisa; hemos de fiarnos, aunque muy despiertos, dado que al menor descuido, en vez de unos cabezales blandos para el reposo plácido, acabamos con el cabestro puesto para conducirnos quién sabe dónde, siendo así que voluntarios para dirigirnos los hay en cualquier sector.


El solo hecho que voy a comentar sería suficiente para poner en evidencia lamentable a ciertos medios informativos, a sus protagonistas. Pronto se detecta cuando el hablante delibera con razones equilibradas o por el contrario, adapta las razones a ciertas figuraciones e intereses; sobre todo de los capitostes influyentes. En esta línea de sectarismo es reiterativo el triste desperdicio de los intelectuales ADOBADOS, a los que en las tres primeras palabras de su alocución ya se les detecta el tufo de a quien sirve su labor. No se trata de falta de capacidades, demostradas en otros lances; pero la fama, cuota de pantalla, partidos políticos, prebendas intuidas o reales, les arrastran al desperdicio, entre inhibiciones e insistencias que retraen su función cerebral.


Pese a los estupendos logros en las ciencias de la comunicación, no acabamos de centrarnos con buenas maneras en los intercambios de conocimientos. Siguen proliferando las ABERRACIONES de un solo paradigma para su aplicación general. Hay mayorías numéricas, lo más visto, las encuestas dominantes; las mayores fortunas dirigiendo el cotarro; las falsificaciones disfrazadas de pueblo o fantasías variadas; erigidas en paradigmas resolutivos, silenciadoras por el contrario del archisabido carácter insustituible e independiente del individuo como receptor. Tampoco recalcan la inexistencia de un emisor único de las verdades. Los números devienen en panacea intolerable si pasan por encima de los rasgos particulares.


Por si dudásemos de las intenciones aviesas de las escuderías basadas en las distribuciones numéricas bien organizadas de antemano; el uso de recursos impresentables enturbia sus prácticas, el anonimato esconde las caras de sus benficiarios y el abandono posterior de los perjudicados, realzan el carácter ilustrativo de las PARADOJAS cuantitativas, en las que mucha gente danza como malditos para satisfacción de sus flautistas encantadores. Esa desproporción destaca la necesaria existencia de cómplices laboriosos en la onda organizativa y la complicidad por la estúpida tolerancia indolente; portadores de un triple efecto, la inconsistencia de los inicios, gran cantidad de perjudicados y funcionamientos embrutecidos.


También es poco indicarivo de que parte se coloquen las cifras, sus excesos incordian en las dos vertientes, por aplastamiento o por su insignificancia, por presunción o por complejo de inferioridad. Mucho se habló de las poblaciones indígenas, su cultura y supervivencia; polémica prolongada a través del trato exigido por las culturas AUTÓCTONAS. Lo que siempre perjudica es la valoración aislada, venga de donde sea. Si de dentro porque sus agrupaciones se aferran a los particularismos, asumiendo el desdén por lo de fuera. Desde los ámbitos foráneos tienden al aplastamiento de lo que consideran pequeñeces. Mientras tanto, el hálito vital genuino de las gentes. Al no se medible, queda al pairo, instigado por los acechantes.


Si los relatos personales acaban desestructurados, repercuten en la pérdida de autoestima, con sus penosas consecuencias irreparables. La trivialidad del bullicio deviene en formas solitarias de vivir, sin escuchas integradoras, sin aportaciones propias. Las actuaciones gregarias desvirtúan las aportaciones de los individuos, y sin ellas en plenitud de facultades, la herrumbre nos cubre. Sin miedo a la libertad como diría Fromm, pero sin la necia renuncia a la capacidad personal de pensar; vivimos una acuciante DISYUNTIVA, entre la enajenación humillante para el hombre o el ejercicio íntegro de su libertad en la comunidad, sin miedo, pero con sensatez. Es lo que va de la sociedad gratificante a la convivencia apremiante por las penurias ocasionadas.

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