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Michel Fonte
Michel Fonte
Prostitutas indignadas, acompañantes de lujo, protestas de barrio y explotadores sin escrúpulos
Me pregunto qué es lo que une la “Asociación Putas Indignadas” y las protestas contra la prostitución de lo que fue definido el “barrio del pecado”, el extraño relato es que El Raval, en Barcelona, nació como cordón sanitario a través de la ampliación de las murallas medievales de la ciudad para detener la peste en 1589, pero con el paso de los siglos se convirtió en barrio de epidemias y vicios. En principio, en los años 20' y 30', fue la prostitución que llevó muchas enfermedades venéreas, los burdeles eran una peculiaridad del distrito, Madame Petit, el cabaret La Criolla, La Taurina, Can Sagristà y otros locales nocturnos, se caracterizaron por lenocinio de todo tipo (círculos de meretricio infantil, homosexual, ménage à trois y perversiones varias) y muchos hombres de cultura – escritores, filósofos, pintores y poetas – aprovecharon “carne fresca y tierna” para satisfacer su hambre sexual. Sucesivamente, durante la guerra civil, los republicanos y los exponentes de la dictadura franquista enfrentaron el asunto con propósitos muy diferentes, los izquierdistas y anarquistas recorrían el barrio para disuadir a los hombres para que no explotaran mujeres que podían ser sus hermanas o sus hijas, sin embargo, esta meritoria lucha cultural fue suprimida por la batalla practica, esencialmente sanitaria, del dictador Franco, que emulando el “Duce” Benito Mussolini, empezó después de la victoria una campaña de legalización del arte amatorio junta a un control policial sin precedentes. Así nacieron las casas de tolerancia, con las que se autorizaba el meretricio avalando a los que los disfrutaban, es decir, vendedores y compradores de sexo. Los clientes, hombres corrientes, pudieron disfrutar de su momento de goce sin sentirse brutos, dado que muchos intelectuales hicieron lo mismo, lo cierto es que las putas siempre tuvieron atractivo, basta pensar que el escritor y político italiano Massimo D'Azeglio iba a Nápoles para yacer con las que, según su opinión, eran las “rameras” más lindas y sensuales de la península. Es un hecho que el negocio de la prostitución tiene la capacidad de marcar para siempre el destino de una calle o una plaza, incluso un entero suburbio, por ejemplo, la calle “Arco del Teatro” (carrer Arc del Teatre) continuó a ser relacionada en el imaginario popular con su precedente nombre, calle de Trentaclaus, donde se ejercía de manera ordinaria la prostitución, al punto que cuando quería ponerse en duda la moralidad de una mujer se solía decir que era una señora de Trentaclaus, el mismo sitio, en 1935, fue el escenario de un allanamiento con el secuestro de ochenta frascos de cocaína y morfina por un valor de medio millón de pesetas. Los narcóticos eran un producto usualmente despachado a clientes y toxicómanos por prostitutas y travestís bajo el control y el mando de bandas criminales, la mismas mujeres de la calle los utilizaban durante su trabajo sexual, siguiendo una práctica, la narcoprostitución, que el jefe de la “Cosa Nostra” americana, Lucky Luciano, ya manejaba para empujar a las jóvenes a vender sus cuerpos pagándoles con droga, eso determinaba adicción y lograba quedarles cautivadas con el mundo que envuelve ese oficio.

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El mismo barrio de “El Raval” vi su nombre trasformado en “El Chino”, no hay certeza sobre la origen del cambio, la tesis más acreditada es que el apodo se lo dio el periodista Paco Madrid en un artículo publicado en “El Escándalo”, algunos cuentan que en el recorrido tropezó con unos chinos vendiendo bisuterías y collares, otros narran que lo encontró muy parecido al suburbio chino de San Francisco en EE. UU con referencia a lo que había aprendido en un libro de Miguel Toledano, pero, a pesar de esas explicaciones, el motivo sigue oscuro, dado que ulteriores fuentes relatan que el apelativo tiene a que ver con las actividades criminales del distrito, en particular, aludiendo tanto a los carteristas acostumbrados a “chinar”, es decir, cortar las americanas de sus víctimas con la ayuda de una hoja de navaja de afeitar sobrenombrada “chino”, cuanto, explicación relacionada con el tema, a los farolillos, similares a linternas chinas, colgados en las ventanas de las casas señalando la presencia de burdeles y alcobas del sexo pago.

La presencia en el barrio de una florida actividad sexual de tipo comercial era confirmada por las numerosas clínicas venéreas, tiendas de preservativos, llamadas “gomas”, y farmacias, donde se proporcionaban varios remedios para las “enfermedades secretas” – muchos inútiles hasta que se detectaron los virus de gonorrea y sífilis y se comenzó a utilizar la penicilina – entre ellos condones, irrigaciones, lavados y apiolina, esta última usada no sólo como afrodisíaco para aumentar la libido e inducir el ciclo menstrual sino también como medicamento para que la meretriz embarazada pudiera provocar un aborto autoinducido. El listado de locales dedicados a la cura del “morbo francés” era muy largo, en calle Barbará había el estudio del “Doctor Motilla” y “La Especial”, en la aludida Arco del Teatro quedaban “La Japonesa”, clínica de vías urinarias y lavajes preventivos, y la “Antigua Farmacia Catalana”, en Calle del Cid el servicio de prevención sanitaria era brindado por La Holandesa y por otro establecimiento, con un nombre muy significativo, Siempre Alerta, que eran tiendas de gomas, pero la gran mayoría de las clínicas se encontraba en la calle Conde del Asalto: Dr. Gallego, Dr. Lamarca Piñol, Dr. Torra Bassols, Universal, Barcelona, La Corona y Fontova.

Claramente, la ubicación de farmacias y consultorios médicos se relacionaba con el establecimiento de salas de baile, bares y lupanares, lugares en que había ocasiones de fornicación, por ejemplo, la Calle del Cid era famosa por la presencia de dos locales, el Bar Internacional Sagristà (sucesivamente convertido en Wu li Chang) y La Criolla, donde, a parte droga y peleas, la característica principal era la afluencia de homosexuales y travestís, muchos de los cuales se dedicaban al putaísmo y al robo mezclándose con marineros, miembros de la clase obrera, desheredados y turistas, cautivados por la curiosidad de ver hombres disfrazados de mujer y a menudo experimentar su talento amatorio en lo que los moralistas llamaban “el obsceno vicio”. Lo mismo pasaba en la calle San Pablo (San Pau), en la cual la actividad de las clínicas Oriental, Fargas Pellicer, Casa de Salud y del Instituto Uro-Dermico del Dr. Montaña estaba relacionada con el Chalet del Moro, uno de los prostíbulos más grandes de Barcelona hasta mencionado en la novela La mala mujer del escritor y mozo de escuadra Marc Pastor, y también en la calle Robador, en que tenían sus sedes La Bola de Oro y La Cosmopolita, respectivamente una farmacia y una clínica que a las pelanduscas de la esquina y sus clientes les suministraban los medicamentos para las enfermedades de transmisión sexual.

Hoy en día la calle Robador se ha convertido en la zona mayormente frecuentada por prostitutas, que en numerosas ocasiones han manifestado su quejas contra la oleada de violencia y atracos que les afecta decidiendo constituir la asociación Putas indignadas, de otro lado, siguen las protestas de los ciudadanos de El Raval exasperados por la difícil convivencia, dado que la actividad de meretricio conlleva un inacabable vaivén de clientes, peleas entre putas y sus protectores, presencia de borrachos y drogadictos en busca de diversión sexual, mujeres semidesnudas y sexo en la calle y en los portales de los edificios, ni alivia la situación la disminución del número de las que se dedican a la profesión, tal vez sea mejor decir la explotación, más vieja del mundo. Conforme a los datos brindados por la asociación de las trabajadoras sexuales, en el barrio hay cien meretrices, muchos menos del pasado, visto que la crisis ha producido que esas emigraran a otros países para seguir currando en el exterior. Se entiende que los pedidos de prostitutas y ciudadanía están en contraposición, las primeras quieren seguir ejerciendo su labor con tranquilidad y seguridad, en cambio, los vecinos quieren acabar de una vez por todas con el fenómeno para que puedan vivir libremente sin acosos y agresiones. Es un asunto que se presenta en casi todas las ciudades de Europa donde prevalece el sexo callejero, ocultando a la vez las muchas formas de meretricio que se desempeñan en grandes hoteles, club privados (puticlubs), reservados de discotecas, pisos y salas de masajes, eso porque se trata de actividades lujuriosas que no sólo no afectan a los residentes sino que también generan un enorme volumen de dinero beneficiando a millares de personas, no es un caso que no hay la misma sublevación contra los puticlubs chinos, los de la mujeres invisibles, que abundan en Barcelona promocionando su actividad de manera descarada con tarjeta de invitación y a pesar de que el 90% de las chicas proporcionando este servicio de lujo son coaccionadas y el 97% de ellas, se entiende el porqué, son extranjeras (Europa: búlgaras, rumanas, ucranias, rusas y croatas; América Latina: paraguayas, brasileñas, colombianas, ecuatorianas; Asia: chinas; África: nigerianas; datos Reportaje mundial sobre la prostitución 2016, Fundación Scelles). Sin andar por rodeos, donde hay meretricio de calle a la gente no le interesa la explotación sexual, la trata de personas, la violencia de genero y la reducción en esclavitud de las mujeres, lo único que le importa, a lo mejor de manera legítima, es echarlas para reconstruir un contexto social agradable y decoroso, de hecho, es lo que se ha logrado en muchas ciudades del norte de Europa en que la política adoptada es rotundamente de tipo regulativo, eliminando la prostitución de las zonas residenciales y trasladándola a lugares edificados exclusivamente para la oferta de sus prestaciones. Sin ilusionar y sin ilusionarse, la medida ha indudablemente permitido limpiar las calles y devolverles seguridad a los pobladores, pero no ha solucionado ni el problema de la explotación sexual ni la trata de las mujeres que sigue manejada por carteles criminales (mafias), de otra parte, no se puede negar que erradicar el fenómeno no es fácil, porque siempre hay y ha habido un espacio de libre ejercicio de la prostitución – para placer o para ganar dinero fácil, a veces los dos – y una área gris de chicas dispuestas a dedicarse al trabajo sexual bajo el mando de un empresario a pesar de saber que se trata de un uso extraviado de sus intimidades, en estos casos cabe el aspecto socio-cultural del problema que no se puede desembrollar ni en un día ni en unos años, por el contrario, necesita tiempo, programas sociales, fondos, actuación cotidiana y buen ejemplo, es decir, voluntad y determinación política.

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Si se examina la situación de España con referencia a los datos estadisticos y sin improvisación, lo que espanta es que es el tercer país después de Tailandia y Puerto Rico en consumir sexo pago, con alrededor de 45 mil sitios de prostitución y entre 300 mil y 400 mil personas trabajando en ello (otra estadistica del INE estima 600 mil), además, el Reportaje mundial sobre la prostitución 2016 de la Fundación Scelles, evidencia que la gran mayoría de las mujeres implicadas proviene de Rumanía, Paraguay, Brasil, Nigeria y China, que sus proxenetas son principalmente españoles, chinos y rumanos y que la trata de personas concierne jóvenes con una edad media entre los 23 y 27 años, mientras que la edad promedio de las victimas de explotación sexual está entre 33 y 37 años. No obstante dos programas de acción (2009-2012 y 2015-2018) implementados por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, con un presupuesto de 104 millones de euros durante 4 años (2015-2018), y el papel represivo desempeñado por la Policía Nacional con la campaña contra la trata humana (“Contra la trata, no hay trato”), que citando las palabras de su director general Ignacio Cosidó “es una de las prioridades al mismo nivel que el terrorismo y el crimen organizado”, la prostitución sigue creciendo en España. Respecto al año 2013 en que el INE estimó en 3.672 millones de euros su reporte de negocio, Eurostat, en un reciente estudio, evalúa que los ingresos han subido un 49,70% con un incremento de 5 millones de euros por día, llegando a la cifra global de 5.497 millones de euros, agravando los datos oficiales del INE, que había revelado que los españoles adictos a la prostitución son 2,7 millones gastando 1530 euros por año, es decir, 127 euros por mes, cifras ya impresionantes pero, al parecer, subestimadas. La confirmación de estos números significa que los habituales usuarios, hombre de entre 18 y 35 años, no toman en serio las palabras de Jorge Fernández Díaz , ministro del interior, que varias veces ha declarado su confianza en un aumento de la presión sobre los clientes para que disminuya su demanda y adquisición de sexo, en sustancia, el país continúa en el marco de una política represiva como confirma la legislación vigente que, por un lado, parece ignorar el fenómeno, de otro lado, busca instrumentos para perseguirlo. La realidad es que no hay ninguna norma en el código penal para incriminar los clientes de sexo pago, pero, a la vez, la Ley de Seguridad Ciudadana, mejor conocida como “Ley Mordaza”, prevé sanciones administrativas de 600 euros hasta 30 mil euros para quien compra servicios para adultos en público, si pone en peligro la seguridad vial o se produzca en lugares con posible presencia de minores como escuelas, colegios y parques, pues, estamos delante de un enfoque del asunto que se puede definir el apogeo de un moralismo medieval, una manera de plantear y solucionar, o más bien, no solucionar, el rompecabezas que genera la proliferación de barrios insalubres, hay más, algo que merece un análisis complejo así como es la plaga social de “las ventas de los cuerpos”. En España el debate político padece un reduccionismo económico en que los aspectos sociales y culturales de los problemas desaparecen concediendo a los factores económicos primacía. Hace dos decenios que este economicismo se ha trasformado en un sesgo a la hora de examinar hechos y tomar decisiones, asimismo, con referencia a la prostitución el eje del discurso es como estructurar un plan de legalización para tasarla, en ese aspecto, toda la reflexión de las agrupaciones políticas sufre una peligrosa simplificación espejo de la inculta época que vivimos. Ciudadanos y su presidente Albert Rivera parecen poner como único desafió lo de estimar la entidad del negocio y llegar a una cuantiosa recaudación, al mismo tiempo que Rajoy y su partido, el PPI, en 2014 y 2015, aunque teniendo una larga discusión parlamentaria, terminaron aprobando una medida para castigar a mujeres callejeras y sus clientes con multas que en la mayor parte de los casos no se consigue cobrar (especialmente la que conciernen las prostitutas que suelen ser insolventes) y que provocan malestar en muchos hombres casados que reciben la pena pecuniaria a su domicilio, todo eso sin que se lleve a cabo una disminución del fenómeno, en cambio, lo que se realiza es una traslación de la prostitución a otras zonas más aisladas e malsanas que se convierten en verdaderos basureros. El elemento preocupante es que entre los políticos se ha consolidado la costumbre de enfrentar la cuestión, de manera temporal, para aplacar las protestas en la víspera de elecciones sacando ventaja de su posición demagógica, y, de manera definitiva, con el sólo propósito de aumentar los ingresos (fiscalización de la actividad), postura que refleja la decisión adoptada por el Tribunal de Cuentas de la Unión Europea (UE), que desde 2009 ha establecido por cada país la obligación de valorar y contabilizar en el PIB las actividades ilegales como el tráfico de droga, la prostitución, el contrabando y las apuestas clandestinas. Cabe la sospecha que en mundo donde tienen importancia exclusiva los factores económicos, las disposiciones tomadas han sido el primer paso para llegar a una legalización completa de actividades criminales con las que aumentar los ingresos públicos, al respecto, en España en 2013 la incorporación de la economía ilícita ha permitido aportar un 0,87% al PIB del año 2010, en concreto, la prostitución supone un 0,35% (3.670 millones), el tráfico de drogas un 0,50% (5.245 millones) y otras actividades un 0,02%. Con referencia a la prostitución se ha cuestionado la fiabilidad de las cifras, dado que una larga parte del negocio se desarrolla fuera de los puticlubs, o sea, en la calle, fincas privadas, burdeles disfrazados de salones de belleza y centros de estética, habitaciones de hoteles y a través de citas online, algo que complica la apreciación de su tamaño y, una vez más, refrenda que los palacios del poder se interesan por cuestiones sociales y humanas no para el bienestar y la seguridad de los ciudadanos sino para reequilibrar el balance estatal y mejorar las estimaciones del crecimiento económico. La legalización del meretricio no tiene explicación ideológica, no se trata de abandonar una posición abolicionista para pasar a una posición antiprohibicionista, estigmatizando que la represión ha dado resultados contraproducentes que han desencadenado una subida espectacular de la compraventa de sexo, con un discurso análogo a lo que a menudo se escucha sobre la difusión y utilizo de droga (hachís, cocaína, metanfetamina y todo eso), por el contrario, eso demuestra que cuando se podía alentar la opresión judicial contra conductas disruptivas y arrinconar practicas criminales, no se hizo nada por falta de voluntad. Por ejemplo, hasta el año 70' el consumo de narcóticos era bastante circunscrito a pesar de desatar la alarma social, mientras que a partir de 1971 con el abandono de la legislación antiprohibicionista y la aplicación de duras sanciones aprobadas con la reforma del Código Penal, tuvo lugar una expansión sin precedentes del uso de sustancias psicotrópicas, que ni la sucesiva modificación del Código en 1983, con la distinción entre “drogas blandas” y “drogas duras”, logró detener, eso porque una importante parte de la población ya hacía un utilizo habitual de enteógenos hasta llegar al día de hoy en que estamos conforme con un uso social profundamente arraigado en la cultura consumista. Muchos políticos y partidos están por cambiar su radical e histórica postura ante la prostitución avanzando propuestas de regularización para confinar toda la oferta dentro de burdeles de carretera o “barrios rojos”, con el único fin de facilitar y acrecentar la recaudación fiscal sobre el “anómalo” negocio.

No sabemos si la legalización conseguirá el objetivo de acabar con la prostitución callejera, a lo mejor depende si en los puticlubs también habrá oferta de sexo barato (15-30 euros son las tarifas en lugares populares como El Raval de Barcelona, el polígono industrial de Marconi en Madrid y El Carmen en Valencia), bastante improbable si se tiene en cuenta que en el Barrio Rojo de Ámsterdam los precios son muchos más altos (50 euros el básico de 15 minutos), entonces, lo que puede pasar es observar a mujeres que seguirán arriesgándose en la calle toleradas por policías o, por el contrario, presionadas hasta impedirles su “trabajo” y quitarles a los hombres con pocos recursos su dulce-amargo tiempo de goce. Hay riesgo de que la prostitución se transforme en un deleite oligárquico como otros placeres un tiempo al alcance del menudo pueblo, no es una situación nueva, en los años 20', mientras crecía la presión del frente prohibicionista bajo la dirección de la Sociedad Española de Abolicionismo (1922) y con el respaldo de muchos seguidores entre los sindicatos y partidos de izquierda y el apoyo incondicional de las primeras organizaciones feministas, el rey Alfonso de Borbón se hacía rodar una serie de películas pornográficas por la Royal Film de los hermanos catalanes Ricardo y Ramon Baños, cuyas protagonistas eran putas de El Raval ferozmente explotadas. Los directores actuaban bajo el orden del Conde de Romanones, encargado por el rey de otorgarles dinero e guiones de las cintas, el monarca, gran aficionado al género, no tenía escrúpulos en utilizar meretrices para su disfrute y enriquecer su colección privada de filmes, la casi totalidad de los cuales fueron destruidos por el régimen franquista que, a pesar de tener una postura muy diferente pasando de la reglamentación de la prostitución después de la guerra a la abolición en 1956, no quería que se supiese que la familia real tenía esas aficiones, de hecho, herencia genética dado que eran notorias la codicia sexual de Isabel II y la presunta homosexualidad de su sumiso marido el duque de Cadiz Francisco de Asís. Los dos y otros nobles de la época son representados en 89 escenas pornográficas de matiz satírico conocidas como “Los Borbones en Pelota”, cuyo autor queda cuestionado, algunos las atribuyen al poeta Gustavo Adolfo Bécquer y a su hermano el pintor Valeriano Bécquer, pero, los investigadores Jesús Rubio y Joan Estruch aseguran que la obra pertenece al pintor de ideología republicana Francisco Ortego, sea como sea, los dibujos se pueden admirar en el Museo de la Erótica de Barcelona juntas a las copias de tres películas del rey Alfonso – las originales descubiertas en un convento de Valencia se conservan e la filmoteca local – que misteriosamente eludieron la censura franquista, se trata de “El confesor”, historia de un cura que se beneficia de su poder sobre una parroquiana, “Consultorio de señoras”, en que un medico experimenta un nuevo método para examinar a las mujeres, y “El Ministro”, que narra la historia de una esposa que acude al Ministerio para rogar que no se despida a su marido, favor que obtiene a cambio de una relación sexual con el ministro. Las perversiones y el sexo siempre tuvieron muchas caras y a menudo las que salieron lastimadas fueron las mujeres en general y las de los prostibularios en particular, es un aspecto de la historia que cualquier reglamentación del sexo pago no puede ignorar, salvo que prefiera quedarse indiferente delante el grito de humano dolor cerrando los ojos y viviendo en el falso romanticismo de lugares como Madame Petite, lujosos acuarios con peces de colores donde nadaban escualos, los mismos que se ocultan detrás de los burdeles modernos descuartizando jóvenes vidas, ni se puede desatender la soledad y la problemática de hombres que buscan fuera del hogar o de una pareja un momento de placer, afectividad o sexo fácil.

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