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Luis Agüero Wagner
Luis Agüero Wagner
Muchos hoy dudan que Abraham Lincoln, muerto por estas fechas hace 154 años, haya sido el primer presidente norteamericano asesinado

La historia oficial que siempre concuerda con las preferencias del trono, cuenta que cuatro presidentes de Estados Unidos fueron asesinados ejerciendo el cargo: Garfield, McKinley, Lincoln y Kennedy. Otros cuatro, según las mismas fuentes, murieron ejerciendo el cargo: William Henry Harrison, Zachary Taylor, Warren Harding y Franklin Roosevelt.

Sin embargo, hoy existen suficientes indicios para sospechar que al menos uno del segundo cuarteto, William Harrison, fue envenenado con arsénico por sus propios médicos.


A pesar de la creencia predominante que eleva a los profesionales médicos a un pedestal moral inmaculado, existen evidencias de la participación de muchos de ellos en episodios inmorales a lo largo de la historia, y por supuesto, sin exclusión de nacionalidades.

Los médicos agrupados en sociedades secretas y desligadas del juramento hipocrático, recuerdan los suspicaces, jugaron un papel clave en todos los magnicidios citados. Un médico, Samuel Alexander Mudd, fue señalado cómplice de John Wilkes Booth, quien hirió de muerte al presidente Abraham Lincoln el 14 de abril de 1865.

Tanto James Garfield como William McKinley, murieron tras recibir disparos de armas de fuego, muchos días después de ser atacados y precisamente cuando ambos parecían recuperarse. Teddy Roosevelt asumió tras la muerte de McKinley y es conocido por haber impulsado y afianzado el poder de una conocida sociedad secreta de iluminados.

En el caso de Zachary Taylor, fallecido el 4 de julio de 1850, incluso llevó a una exhumación en años recientes para tratar de comprobar las causas de su muerte, que muchos consideran derivada de los mismos conflictos que precipitaron la muerte de Lincoln. Toda la sintomatología sufrida por el duodécimo presidente de Estados Unidos, coincidía con el envenenamiento con arsénico. Además, los profundos conflictos derivados de la anexión del enorme territorio arrebatado a México poco antes, propiciaron el prolongado debate sobre el tema de la esclavitud que llevaron a la guerra de secesión.

Taylor había solicitado al Congreso que no organizara aún estados con propio gobierno en las tierras anteriormente mexicanas, que formarían los estados occidentales, algo que solo pospondría e incluso prorrogaría el agrio debate sobre la emancipación de los esclavos.

El conflicto solo estallaría con mayor virulencia pocos años después, y su epílogo sería de todas maneras el asesinato de un presidente. No había forma de ocultarlo, pues los luctuosos sucesos acaecieron en pleno teatro Ford, ante nutrida concurrencia.

El presidente fue sorprendido por un actor shakesperiano, quien tras ingresar al palco presidencial le disparó un certero disparo en la cabeza con una pequeña pistola con desmesurado calibre para su tamaño. Luego intentó amortiguar su caída al escenario tomándose del telón, pero no pudo evitar una fractura.

John Wilkes Booth, responsable del atentado, tampoco pudo evitar pronunciar una frase que la historia atribuye a los asesinos del también personaje de Shakespeare, Julio César: “Sic Semper Tyrannis” (así siempre a los tiranos). La frase solo contribuiría a que los aturdidos presentes del respetable público confundieran el magnicidio con el desarrollo de la pieza como si fuera parte del show.

En medio de esa confusión, nunca mejor dicho, el asesino abandonó la escena del crimen para huir rumbo sur de sus sueños, que ya se encontraba agonizante.

Las causas de ese asesinato, como lo explicamos arriba, podrían haber sido las mismas motivaciones que llevaron a la muerte de Taylor, catorce años antes. ¿El primer presidente asesinado? LAW

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