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Luis Agüero Wagner
Luis Agüero Wagner
Por estas fechas del año 1933, llegaba al poder el Alemania una nucleación política fraterna con la España falangista del Generalísimo Francisco Franco a quien deseaba cobrar deudas
Esta semana, el 30 de enero, se conmemoraron ochenta y cinco años de la llegada al poder del Partido Nacional Socialista de Trabajadores Alemanes, en el contexto de una situación caótica internos e inicuos tratados internacionales que resultaban intolerables para Berlin.

Pocos años después, en ancas del revanchismo y de la base prestada por una sociedad con enorme capital intelectual, tecnológico y científico, el ya dictador alemán Adolf Hitler desató una guerra relámpago nunca antes vista por la humanidad, apoderándose de Polonia, Checoslovaquia, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Luxemburgo y Noruega, logrando doblegar a Francia haciéndole firmar el armisticio del 22 de junio de 1940.

Dicen los enterados que la Werhmacht, la más poderosa fuerza militar de la Alemania Nazi, tenía elaborado un plan denominado “Operación Félix” cuyo objetivo era apoderarse de Gibraltar. El Operativo, que desalojaría a los ingleses de esa posición estratégica, debía ejecutarse también en enero, el día diez de ese mes, del año mil novecientos cuarenta y uno. Solo duraría treinta y seis horas.

Es que en lugar de invadir Inglaterra, algo que los conocedores de la historia saben que no es soplar y hacer botellas, Jodl propuso a los altos mandos aislarla de sus colonias mediante la conquista de Gibraltar, África del Norte y el Canal de Suez.

Solo era necesario que el dictador español Francisco Franco, que en textuales palabras de Hitler “debía todo a Alemania”, se integre a las potencias del Eje Roma-Berlín-Tokio para que con la derrota de Inglaterra los anhelos nazis de dominación se conviertan en realidad.

Hitler, que invadiría a su turno a Escandinavia, Francia, la Unión Soviética e incluso a su aliada Italia, vaciló ante la “heroica y gloriosa” España. Decidió entrevistarse primero con el caudillo por la gracia de Dios Francisco Franco en Hendaya, a pocos kilómetros de la frontera franco-española.

Algunos aseguran que el viejo zorro Franco entreveía una victoria aliada y decidió interponer exigencias inaceptables a Hitler, dueño de Europa. Estas pretensiones incluían parte de Argelia, el Sahara y la totalidad de Marruecos.

Entregar Marruecos a España traería complicaciones con Pétain, obviamente.

Otros aseguran que el dictador español sí deseaba integrarse al Eje, pero Hitler se negó a hacerle concesión alguna pues solo esperaba una devolución de gentilezas de quien le debía todo.

De ambas versiones, no puede descartarse ninguna pues el mismo Franco era un militar “africano”, mote que recibía la facción del ejército español inclinada a intervenir en el Magreb.

De aquella reunión concretada a fines de octubre de 1940, solo quedaron testimonios de una total falta de entendimiento. Serrano Suller afirma que Franco intentó erigirse en catedrático de historia ante los alemanes, Hitler dijo que la voz reposada y monótona del caudillo lo sacó de sus casillas.

El almirante Wilhelm Franz Canaris, jefe de inteligencia, opinó que lejos de encarnar a un héroe, Franco era un pequeño mequetrefe. El secretario de estado, Ernst Von Weizsaecker, minimizó la importancia de Gibraltar y aconsejó dejar a España fuera del juego.

Serrano Suller se sube al pedestal de salvador de la madre patria afirmando que en la última de las nueve entrevistas que tuvo con Hitler, logró salvar a España invocando lo anticuado y vulnerable de su “heroico y glorioso” ejército español.

Sea cual sea la verdad en ese intrincado laberinto de egos y testimonios contradictorios, el sueño imposible de un dictador-militar “africano” que deseaba quedarse con Marruecos, con el solo mérito de escoltar a la Alemania Nazi, terminó salvando al sufrido pueblo español de la pos guerra civil de penurias mayores.

Aunque haya costado, eso sí, casi cuatro décadas de una dictadura que asemejaba una caricatura del Tercer Reich.

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