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Luis Agüero Wagner
Luis Agüero Wagner
El más productivo de los legisladores paraguayos ha hecho posible un avance sin precedente en su país
En la última semana entraron en vigencia modificaciones a la Ley de protección Animal en Paraguay, que de esta manera se suma a varios otros países latinoamericanos que ya elevaron a hecho punible el maltrato de mascotas domésticas.

Aunque la Ley existía en Paraguay desde el año 2013, sus contradicciones y vacíos la hacían inaplicable de acuerdo con denuncias de activistas elevadas a foros internacionales. Esta normativa previa, solo establecía la prohibición de poseer animales domésticos a los infractores, algo que con las modificaciones que fueron iniciativa del Legislador Oscar Tuma, sumará sanciones como la pena privativa de libertad por el lapso de dos años. La modificación que hoy permite sea efectiva una Ley, cuyas anteriores contradicciones impedían su aplicación, establece además como infracciones graves a la zoofilia y el suministro de drogas que ocasionen la muerte del animal.

La Ley establece que la Dirección Nacional de Defensa, Salud y Bienestar Animal tendrá competencia sobre animales domésticos, sin superponerse al Servicio Nacional de Calidad y Salud Animal, que supervisa condiciones de los animales de granja.

La pena de dos años estipulada en la Ley paraguaya, se equipara a la que rige en Francia, donde maltratar animales puede a llevar a un ciudadano a prisión por el mismo lapso, además de imponerle abonar obligatoriamente la suma de treinta mil euros.

Esta Ley paraguaya es más severa que la norteamericana o la inglesa, aunque menos rigurosa que la vigente en países como Alemania o Suiza, donde la pena alcanza los tres años de cárcel.

Varios países sudamericanos han tenido significativos avances en materia de protección animal en los últimos años. Uruguay cuenta desde el año 2014 una Ley que incluso prohíbe en ciertos casos circos que exploten animales.

En Colombia, desde marzo del 2015 los actos de crueldad para con los animales pueden llevar al infractor a prisión hasta por tres años, como en Alemania o Suiza.

En Perú, maltratar un animal puede costar hasta cinco años de prisión desde un par de años atrás, en tanto que en México las penas son similares a las que ahora rigen en Paraguay. En algunos países, también está penado el abandono de animales en lugares públicos, las mutilaciones o cirugías innecesarias o su explotación en actividades incompatibles con su naturaleza.

En Bolivia, desde el año 2009 está prohibido explotar animales en espectáculos circenses, aunque la Ley impide considerar maltrato animal a la medicina tradicional y a los rituales ancestrales.

Como resultado de una consulta popular realizada en el año 2011, en Ecuador se prohíben los espectáculos públicos que acaben con la muerte de un animal.

Si alguien considera exagerada esta legislación, debería tomar en cuenta el caso del orangután Sandra, del Zoológico de Buenos Aires, que a fines del año 2014 fue declarada por un tribunal como persona no humana, privada ilegítimamente de su libertad.

Los abogados lograron que Sandra sea reconocida como un ser que mantiene lazos afectivos, razona, siente, se frustra con el encierro, toma decisiones, posee autoconciencia y percepción del tiempo, llora sus pérdidas, aprende, se comunica y es capaz de transmitir lo que aprende. En Colombia, un jurista prestigioso logró hace pocas semanas proteger a través de un hábeas corpus al oso “Chucho”, quien fue encerrado en el zoológico de Barranquilla tras dos décadas de libertad en una reserva de Manizales.

Dos siglos antes del nacimiento de Jesucristo, el escritor latino Plauto había plasmado en su obra “Asinaria”, que el hombre es el lobo del hombre, y deja de ser hombre cuando desconoce quién es el otro.

Quizás habiendo descubierto más profundamente la naturaleza humana, el lobo hoy ha optado por proteger a otros seres vivientes de su propia crueldad y en legítima defensa de sí mismo. Ya lo había dicho un famoso poeta inglés de principios del siglo diecinueve, cuando más se conoce a los hombres, más intensamente uno se enamora de su perro.

Artículos del autor

Decían los romanos que el tránsito de la gloria por este mundo siempre es breve, y los que siete décadas atrás organizaron un desfile en celebración de una victoria militar en la guerra del Chaco lo comprobarían poco después.
Tiempo atrás ciertos exponentes del mundillo político latinoamericano pusieron en boga la palabra “africanización” como sinónimo de degradación de algunos países del subcontinente, signados por la pobreza y desigualdad inherente a su sociedad.
Unas semanas atrás, en Villamontes, el presidente boliviano Evo Morales recordó a la guerra del Chaco (1932-1935) como una disputa entre petroleros y no entre países, y aseguró que la verdadera historia de aquella matanza entre soldados descalzos todavía está por escribirse.
Decía Carlos Saavedra Lamas, el primer latinoamericano en ganar el Premio Nobel, que el éxito a veces se constituye en un aliento para los inteligentes y en otros casos vuelve aún más tonto al tonto, pero en ambos casos es efímero.

El 21 de julio de 1938 acabaría la comedia con una copia fiel de lo ya estipulado en la madrugada del 9 del mismo mes y aunque los defensores de aquel acto conviertan todo el río Paraguay en tinta defendiendo aquel acuerdo, jamás podrán negar lo inconveniente que resultó para los derechos de su país.

La guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, entre 1932 y 1935, fue la primera en la cual se utilizaron aviones, tanques y morteros en los campos de batalla. Tuvo además el aditamento de que uno de los bandos tenía como comandante a un general alemán, exponente del esplendoroso prestigio bélico prusiano que obnubilaba a las élites latinoamericanas de aquel tiempo.
Decía Octavio Paz que la mujer tendida o erguida, vestida o desnuda, nunca es ella misma, sentencia que de cumplirse en Paraguay, constituye un profunda inequidad histórica.
Si alguien encarnó los rigores del infortunio en un intelectual latinoamericano, ese fue Augusto Roa Bastos.
 
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