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Luis Agüero Wagner
Luis Agüero Wagner
Uno de los más extraños episodios de la política norteamericana aconteció el 15 de enero de 1935, cuando un congresista norteamericano acusó a los Rockefeller de manipular a la Liga de las Naciones

Cuando el 15 de enero de 1935, en el contexto de la guerra paraguayo-boliviana, la Sociedad de las Naciones decidió levantar el embargo de armas que pesaba sobre Bolivia, manteniendo el mismo sobre Paraguay, el senador norteamericano Huey Long declaró a la prensa: "Esta decisión de la Liga de las Naciones no es más que un mensaje dirigido al Paraguay y firmado por Rockefeller que dice: No toquen los lugares donde hemos localizado pozos del petróleo".


La acusación de Long tenía fundamentos, sobre todo en perspectiva actual, si consideramos los estruendosos fracasos de aquella Liga sospechosa de venalidad, que no tuvo jamás intervención feliz.


La invasión de Manchuria por Japón, Abisinia por Italia o las anexiones de Austria y Chekoslovaquia por los nazis son apenás lo más notorio de un largo historial de intencionados fracasos.


Sin embargo, en enero de 1935 pocos tenían tan clara la naturaleza de la luego disuelta Liga como este senador norteamericano, que en estridentes discursos había responsabilizado a la empresa petrolera de Rockefeller de haber precipitado una guerra por recursos del subsuelo chaqueño entre Paraguay y Bolivia.


Mucha tinta se ha vertido intentando desacreditar a Huey Long, lo cual es fácil de explicar por su afición a enfrentarse con pesos pesados, pero no se puede negar que pocos veían con tanta claridad como él, a principios de 1935, la forma en que los imperialismos manipulan a la mal llamada “comunidad internacional” (apodo de Estados Unidos, según Eduardo Galeano) y cómo el petróleo anhelado por centros de poder desata sangrientos conflictos en el mundo periférico.


La indiferencia con la cual las denuncias de Long fueron recibidas por una opinión pública adormecida, tampoco difiere en mucho de la receptividad que hoy tienen estas iniquidades cuando son expuestas a la luz.


El 8 de septiembre de 1935, habiendo abandonado el senador Long con sus guardaespaldas una sesión especial en el Capitolio Estatal de Baton Rouge, adonde había arribado desde Washington buscando zanjar en cuestiones locales de su estado, un desconocido se le acercó al amparo de la oscuridad y en ese momento se escuchó un disparo. La guardia de Long abrió fuego contra el sospechoso ocasionándole a su turno 51 heridas de bala antes de ser éste identificado como un joven y respetado médico, Carl Austin Weiss, proveniente de una familia de reconocida alcurnia en la sociedad local.


Dos meses antes del asesinato, Huey Long denunció de la existencia de unas cintas de grabación donde Walmsley, dos ex gobernadores de Louisiana (Parker y Sanders) y cuatro representantes del Gobierno Americano, planeaban su asesinato. Quien tiene deseos de adentrarse en las controversias casi infinitas que rodean a este asesinato, que inspiró películas y guiones laureados en Hollywood, puede hacerse una idea solo con detenerse en el reciente documental “61 balazos” producido por una descendiente de Weiss, Yvonne Boudreaux.


El documental defiende la difundida tesis de que Weiss había actuado como cabeza de turco y que las balas que impactaron en Long tenían otra procedencia. En las primeras horas del día 10 fallecía el senador en el Hospital Our Lady of the Lake, según la memoria popular de Louisiana como víctima de la avidez sin límites del imperialismo petrolero.


La Standard Oil tenía así las manos libres para quedarse con el petróleo del Chaco, recurso que la historia del siglo XX nos ha enseñado, bien vale guerras y magnicidios.

Artículos del autor

Recuerdo haber leído años atrás unas memorias inéditas de Rafael Franco, connotado héroe paraguayo de la guerra del Chaco, sobre el bombardeo que aviones bolivianos lanzaron sobre el Fortín Boquerón, poco después que éste sea recuperado por las fuerzas paraguayas en un día como hoy, el 29 de Septiembre de 1932.

Sobre este conflicto bélico se ha mentido y censurado tanto, sobre todo por imposición de intereses extranjeros a la región, que la versión colonialista de la historia que en gran parte todavía predomina en Paraguay, ha pretendido imponer que el tratado de paz firmado en julio de 1938 fue absolutamente satisfactorio para el Paraguay.

Decían los romanos que el tránsito de la gloria por este mundo siempre es breve, y los que siete décadas atrás organizaron un desfile en celebración de una victoria militar en la guerra del Chaco lo comprobarían poco después.
Tiempo atrás ciertos exponentes del mundillo político latinoamericano pusieron en boga la palabra “africanización” como sinónimo de degradación de algunos países del subcontinente, signados por la pobreza y desigualdad inherente a su sociedad.
Unas semanas atrás, en Villamontes, el presidente boliviano Evo Morales recordó a la guerra del Chaco (1932-1935) como una disputa entre petroleros y no entre países, y aseguró que la verdadera historia de aquella matanza entre soldados descalzos todavía está por escribirse.
Decía Carlos Saavedra Lamas, el primer latinoamericano en ganar el Premio Nobel, que el éxito a veces se constituye en un aliento para los inteligentes y en otros casos vuelve aún más tonto al tonto, pero en ambos casos es efímero.

El 21 de julio de 1938 acabaría la comedia con una copia fiel de lo ya estipulado en la madrugada del 9 del mismo mes y aunque los defensores de aquel acto conviertan todo el río Paraguay en tinta defendiendo aquel acuerdo, jamás podrán negar lo inconveniente que resultó para los derechos de su país.

 
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