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Luis Agüero Wagner
Luis Agüero Wagner
Hace ya más de ocho décadas, concluía una batalla que dejaría una profunda resonancia espiritual en el ánimo de los paraguayos
Recuerdo haber leído años atrás unas memorias inéditas de Rafael Franco, connotado héroe paraguayo de la guerra del Chaco, sobre el bombardeo que aviones bolivianos lanzaron sobre el Fortín Boquerón, poco después que éste sea recuperado por las fuerzas paraguayas en un día como hoy, el 29 de Septiembre de 1932.

Las bombas bolivianas lanzadas por su Fuerza Aérea caerían durante el siguiente mes de Octubre en varias oportunidades, una de ellas estando presente en el enclave el recordado tribuno uruguayo Luis Alberto de Herrera.

Obstinado defensor de las causas paraguayas en más de una guerra, Herrera debió correr como un paraguayo más cuando empezó el estruendo de las letales cargas cayendo sobre el conglomerado de precarios ranchos rodeado de empalizadas que pretensiosamente recibía la denominación de “Fortín”.

La ingratitud impresa en el inconsciente colectivo paraguayo, como maldición surgida del abismo del tiempo, jugó una mala pasada a sus descendientes cuando su nieto, ex presidente uruguayo, fue víctima de un ladrón que en pleno recinto parlamentario paraguayo le despojó de un reloj que perteneciera a su ilustre antepasado.

No es solo la ingratitud un rasgo que deja su impronta en el inconsciente colectivo paraguayo, pues compiten con ella el conformismo y la falta de sentido de la oportunidad.

Dicen los especialistas que uno de los principios del arte de la guerra, es saber explotar el éxito luego de una batalla.

De acuerdo al testimonio de Rafael Franco, no explotar el éxito tras la retoma de Boquerón sería el primero de las graves errores cometidos por los máximos conductores militares y políticos durante la guerra del Chaco. Error que se repetiría con armisticios considerados por el mismo como inexplicables.

Uno de aquellos armisticios fue el concedido tras una fulminante victoria de las armas paraguayo en Campo Vía, donde muchos altos oficiales bolivianos dieron a la guerra por perdida. Paraguay había logrado capturar, en solo esa acción, más armamentos en condiciones de ser usados de los que disponía antes de iniciada la guerra.

La debacle boliviana había sido total, dos divisiones enteras habían quedado fuera de combate y los paraguayos tenían camino para una fulminante explotación del éxito que pronto hubiera colmado sus pretensiones.

Sin embargo, la falta de sentido de la oportunidad y el conformismo conspiraron para que pueda resolverse favorablemente el gran momento histórico que se le presentaba al Paraguay.

Un armisticio malogró la posibilidad luego de aquel once de diciembre de 1933, prolongándose innecesariamente por casi un mes. Al reiniciarse las acciones, Bolivia había vuelto a hacerse fuerte en sus posiciones.

Finalmente, los jefes paraguayos más temerarios consideraron también inexplicable cuando en junio de 1935, las armas guaraníes amenazaban la zona petrolífera chaqueña que de acuerdo al senador norteamericano Huey Long, habían desencadenado el conflicto.

Tanta verdad ha dejado en tintero la historia colonial que el Paraguay padece, donde vastas áreas de la realidad histórica son borradas de golpe y plumazo, que cuando una fecha histórica como Boquerón se acerca, me asaltan todas esas dudas que desde sus mentalidades, han impedido siempre a los paraguayos avanzar hacia un mejor destino a lo largo de su propia historia.

Empezando por intentar develar esos “misterios” de una guerra cuyo estigma persiste vigoroso en nuestras mentalidades y nuestro inconsciente colectivo.

Artículos del autor

Sobre este conflicto bélico se ha mentido y censurado tanto, sobre todo por imposición de intereses extranjeros a la región, que la versión colonialista de la historia que en gran parte todavía predomina en Paraguay, ha pretendido imponer que el tratado de paz firmado en julio de 1938 fue absolutamente satisfactorio para el Paraguay.

Decían los romanos que el tránsito de la gloria por este mundo siempre es breve, y los que siete décadas atrás organizaron un desfile en celebración de una victoria militar en la guerra del Chaco lo comprobarían poco después.
Tiempo atrás ciertos exponentes del mundillo político latinoamericano pusieron en boga la palabra “africanización” como sinónimo de degradación de algunos países del subcontinente, signados por la pobreza y desigualdad inherente a su sociedad.
Unas semanas atrás, en Villamontes, el presidente boliviano Evo Morales recordó a la guerra del Chaco (1932-1935) como una disputa entre petroleros y no entre países, y aseguró que la verdadera historia de aquella matanza entre soldados descalzos todavía está por escribirse.
Decía Carlos Saavedra Lamas, el primer latinoamericano en ganar el Premio Nobel, que el éxito a veces se constituye en un aliento para los inteligentes y en otros casos vuelve aún más tonto al tonto, pero en ambos casos es efímero.

El 21 de julio de 1938 acabaría la comedia con una copia fiel de lo ya estipulado en la madrugada del 9 del mismo mes y aunque los defensores de aquel acto conviertan todo el río Paraguay en tinta defendiendo aquel acuerdo, jamás podrán negar lo inconveniente que resultó para los derechos de su país.

La guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, entre 1932 y 1935, fue la primera en la cual se utilizaron aviones, tanques y morteros en los campos de batalla. Tuvo además el aditamento de que uno de los bandos tenía como comandante a un general alemán, exponente del esplendoroso prestigio bélico prusiano que obnubilaba a las élites latinoamericanas de aquel tiempo.
 
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