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Julio Ortega Fraile
Julio Ortega Fraile
¿Y cuántos van?

Valga (Pontevedra): Javier Bello, de 46 años, mata a su mujer María José Aboy, de 43, con un tiro de su escopeta de caza.

Violento + Armas = Combinación muy peligrosa.

Cazador = Violento.

Así que Cazador armado = Violento armado = Muertos.

Cada poco tiempo comprobamos que esto se cumple y no se trata de excepciones como aseguran los cazadores, a menos que excepción sea igual a recurrente, pero como esto último es un postulado falso se deduce que los escopeteros mienten mientras muchas mujeres, sus mujeres, mueren tras ser encañonadas.

Asesinadas.

Por ellos.

Con sus armas. Armas legales.

¿Armas legales en manos de violentos comprobados?

¿Sería admisible poner de director de una guardería a quien demostrase tendencia a la pederastia?

¿Y de responsable de un centro de acogida de refugiados a un neonazi?

¿Qué tal los miembros de La Manada como magistrados en juicios por violación?

Pues si no llevamos a cabo las aberraciones que proponen las tres últimas preguntas para no tener que lamentar abusos infantiles, inmigrantes apaleados ni violadores libres, dejemos de entregar licencias de armas a personas a las que les gusta, y mucho, utilizarlas.

Sé que hay ciudadanos en general y políticos en particular que aun sin ser cazadores consideran que los animales están para ser explotados/torturados/ejecutados. Y aunque esta forma de pensar tenga como consecuencia que otros se sepan autorizados moral y legalmente para hacer algo tan espantoso como causar sufrimiento o arrebatarle la vida a quienes deberían tener tanto derecho a disfrutar de ella como nosotros, los humanos, espero que en esa solidaridad excluyente, en esa compasión selectiva, en esa empatía mutilada y en esa rabia «según quién, dónde y cómo», conserven al menos un ramalazo de cordura para darse cuenta de que el número de parejas/vecinos/desconocidos que van cayendo asesinados por disparos de cazadores es muy alto y que cada poco tiempo suma un dígito más.

Al cazador le gusta matar. La Administración le pone la escopeta y él se encarga de poner los muertos.

¿Cuántos féretros más hacen falta para que la sociedad ponga su hartazgo en las tripas de los políticos y éstos pongan en la ley la prohibición de armas para violentos? Es decir, para cazadores.

Artículos del autor

Francisco Serrano, juez en excedencia, ha sido el encargado desde Vox de solicitar los nombres completos de los trabajadores dedicados a la valoración de la violencia de género con el objeto de realizar una suerte de depuración por criterios ideológicos, por más que intenten disfrazar ese propósito, y aunque es innegable que hay personas afines a los suyos los conocemos lo suficiente como para no dudar del peligro real, comprobado y trágico que representan.

Edmund Kemper, que desde muy joven torturó y asesinó animales, también tenía sus propias razones para matar a sus abuelos, a su madre, a una amiga de su madre y a varias estudiantes. En una ocasión le cortó la cabeza a una de 15 años y la enterró en su jardín.
​Hay miembros de las fuerzas de seguridad del Estado que pasan toda su vida profesional con un arma reglamentaria y se jubilan sin haber disparado jamás a nadie, la mayoría, porque no la quieren para matar. Todo lo contrario que un cazador.
​El próximo 15 de abril los cazadores han sido convocados en más de cincuenta ciudades españolas para, según ellos, reivindicar la caza como forma de vida y enfrentarse contra los que promueven el odio (odio, para ellos, es luchar porque dejen de matar).
​La más cobarde de las formas de violencia y el activismo más generoso se tocan en un mismo punto: sus víctimas. Ambos alcanzan su grado máximo siendo ejercidos sobre los seres más incapacitados (que no incapaces) para exigir derechos y para dar las gracias.

Y una inmensidad considera que esos toros no sufren al correr, negando que el encierro les provoca estrés, caídas, golpes, fracturas e infartos, y olvidando (o tal vez no, que sólo callando) que los que no mueran o se rompan durante la carrera serán torturados horas más tarde en la plaza.

Se cierran plazas de toros mientras los taurinos lloriquean un día ante sus dueños y al siguiente los insultan en un intento de que por pena o por coacciones vuelvan a ofrecer espectáculos de tortura en ellas.
Es muy peligroso, además de necio, dudar de la importancia de un diálogo sereno y basado en la razón como primer y mejor método para la resolución de conflictos, pero también es algo habitual que en algunas circunstancias no se establezca bajo esas premisas y por lo tanto sea estéril.
 
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