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Julio Ortega Fraile
Julio Ortega Fraile
Ayer me llamaban negocio. Hoy me dicen plaga. Mañana me matan

Afirmáis que son invasoras pero algo apesta a Goebbels en esa aseveración porque ellas no eligieron venir aquí. Decid mejor prisioneras traídas a la fuerza para satisfacer de forma temporal la vanidad y estupidez (indisolubles) de ciertos individuos a los que lo mismo les da por enjaular en su salón un ave acostumbrada a volar en las selvas de otras de latitudes, que por comprarse un rottweiller para que les cuide el coche cuando se van de putas o irse de ellas, menores, a Camboya.

No puedo evitar que la frase me recuerde a la de «son una plaga» utilizada por la administración y los cazadores al referirse a conejos o jabalíes y, amparados en ese sustantivo, alargar los extremos del sintagma nominal cual anzuelos retorcidos por la ruindad para clavar en la sociedad la idea de que organizar sus matanzas es poco menos que la SPRV para la viruela, pero he aquí que al mismo tiempo se autoriza el funcionamiento de granjas de ambas especies con fines cinegéticos donde se crían y sueltan para que los escopeteros, esos tarados con permiso de armas, los vayan cazando.

No, las invasiones nunca llegan al país invadido en jaulas ni a través de una aduana, pero sí parece que algunas de las más degeneradas y ladinas son capaces de hacerlo mediante unas urnas. Hablo de políticos que habiendo cambiado de sujetos a exterminar apenas lo han hecho de motivos y de métodos usados por los nazis para justificar y ejecutar la «solución final».

Alegáis que molestan a los vecinos y hay que ser muy miserables para emplear esta denominación. ¿Es un oso polar vecino de un león africano por más que estén celda con celda en un zoológico? A quienes importunan son a los vecinos del que tal vez pagó por arrancarlas de allí donde su color, su vuelo y su parloteo sumaban belleza y vida.

No les dejan descansar, aseguran, y para tirar de algo que no parezca puro egoísmo y quedar de respetuosos y amantes de otras criaturas similares a la que demonizan añaden que hacen daño a los gorriones. Pero resulta que cada poco sea porque el santoral señala que es San Juan, porque ya llegó la Navidad, porque noséquépuñeteroequipodefútbol ha ganado noséquépuñeteracopa, no les inquieta el estruendo de los petardos que dañan tímpanos, revientan globos oculares o fabrican muñones, que dejan perros perdidos y pájaros muertos. Gorriones incluidos.

Manifestáis que las caídas de sus nidos entrañan un peligro mortal para las personas pero sois incapaces de documentar un solo caso –digo tan solo uno- de alguien ni con heridas leves por esa razón. Nosotros, a los que nos dais asco, sí podemos en cambio citar con nombres y apellidos los cientos de muertos y heridos anuales por cogidas en corridas o encierros y por los disparos en la caza contra las que no os metéis y que amparáis.

Prometéis que las vais a sacrificar de forma ética y esto roza una aberración similar a los juicios previos a la lapidación de una mujer en Irán o al ajusticiamiento en la España de 1938 de un joven de diecisiete años en la tapia del cementerio de Torrero, donde lo que es bueno o lo que es malo y, por lo mismo, merece la pena capital, es decidido por un jurado compuesto por asesinos. Iba a decir que dementes, pero lo cierto es que están tan cuerdos como para ocupar cargos de responsabilidad sin que a muchos les duelan las piedras que no rompen su cráneo, ni las balas que no atraviesan su estómago, ni las redes que no los atrapan a ellos para después morir otros todavía no sabemos cómo.

¿Ética en un ayuntamiento que mata a las víctimas inocentes de un repugnante negocio y saqueo humano? ¿Ética en un ayuntamiento que defiende la tauromaquia, la caza o los zoológicos? ¿Ética en un ayuntamiento que cuenta que todo el proceso va a costar entre 6 y 8 euros por cotorra? ¿Ética en un experto en biodiversidad que en el periódico de mayor tirada y respaldando este crimen llama bichos a los seres que van a ser exterminados? ¿Ética en quienes no saben qué es la ética y se cagan en Sócrates, el filósofo al que otros similares a ellos obligaron a beber cicuta?¿Ética entre los brutos a los que se refería Edison cuando dijo aquello de que «La no violencia lleva a la más alta ética, lo cual es la meta de la evolución. Hasta que no cesemos de dañar a otros seres vivos, somos aún salvajes»?

No, malditos políticos que lo decidís, malditos expertos que lo apoyáis y malditos ciudadanos que lo celebráis, lo que entre todos le vais a hacer a esas doce mil cotorras argentinas en Madrid no se llama gestión ni constituye un bien social, su nombre es asesinato y construye un peldaño más en esa maldad del ser humano que parece tender al infinito.

Vosotros sois los invasores. Vosotros sois los millones de kilómetros cuadrados de plásticos en el océano, el petróleo en las alas de los cormoranes, el dióxido de carbono en la atmósfera o el fuego en los bosques. Vosotros sois la xenofobia, el machismo, la homofobia o el especismo. Vosotros sois, sí, el cáncer de este planeta y en este estadio de vuestra depravación hoy le toca el turno a las cotorras. Otras víctimas fueron antes, otras víctimas están siendo y otras víctimas serán mientras sigáis ocupando el poder. Mientras no os echemos. Mientras no os erradiquemos, plaga de mierda. Vosotros sí.

Artículos del autor

A finales del Siglo XIX el fisiólogo Charles-Édouard Brown-Séquard afirmó haber dado con un elixir que, entre otros efectos, aumentaba su hombría.

Morante es conocido por varias razones:

En su faceta ideológica por identificarse con un partido político de corte machista, xenófobo, homófobo, violento y fascista.

Valga (Pontevedra): Javier Bello, de 46 años, mata a su mujer María José Aboy, de 43, con un tiro de su escopeta de caza.

Francisco Serrano, juez en excedencia, ha sido el encargado desde Vox de solicitar los nombres completos de los trabajadores dedicados a la valoración de la violencia de género con el objeto de realizar una suerte de depuración por criterios ideológicos, por más que intenten disfrazar ese propósito, y aunque es innegable que hay personas afines a los suyos los conocemos lo suficiente como para no dudar del peligro real, comprobado y trágico que representan.

Edmund Kemper, que desde muy joven torturó y asesinó animales, también tenía sus propias razones para matar a sus abuelos, a su madre, a una amiga de su madre y a varias estudiantes. En una ocasión le cortó la cabeza a una de 15 años y la enterró en su jardín.
​Hay miembros de las fuerzas de seguridad del Estado que pasan toda su vida profesional con un arma reglamentaria y se jubilan sin haber disparado jamás a nadie, la mayoría, porque no la quieren para matar. Todo lo contrario que un cazador.
​El próximo 15 de abril los cazadores han sido convocados en más de cincuenta ciudades españolas para, según ellos, reivindicar la caza como forma de vida y enfrentarse contra los que promueven el odio (odio, para ellos, es luchar porque dejen de matar).
​La más cobarde de las formas de violencia y el activismo más generoso se tocan en un mismo punto: sus víctimas. Ambos alcanzan su grado máximo siendo ejercidos sobre los seres más incapacitados (que no incapaces) para exigir derechos y para dar las gracias.
 
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