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Julio Ortega Fraile
Julio Ortega Fraile
Ninguna tradición merece respeto si contiene violencia
Abusos sexuales, comas etílicos y tortura de animales hasta la muerte. Si fuese ficción cinematográfica contemplarlo sería una cuestión de gustos por más que se antojasen perversos, siendo realidad no tratar de impedirlo es una cuestión de perversión auténtica y de complicidad con el crimen, unos cuantos más de lo que tienen el carácter de legal.

Revolvamos entre sí todos esos ingredientes repugnantes durante siete días y el resultado en España no se llamará vergüenza y delito sino Fiesta declarada de Interés Turístico Internacional, vendiéndose al mundo como orgullo, tradición y seňas de identidad, lo que da una idea de la catadura del vendedor. Si ya producía arcadas que fuesen legales verlos elevados a la categoría de intocables es ser testigos de a qué límite puede llegar bajeza humana.

Para cierto tipo de gentuza, que otro nombre no merece, esto es motivo de satisfacción, del mismo modo que el pederasta considera natural su deseo de carne infantil o el skinhead cree sagrado su ideario criminal.

¿Qué abusador no lleva bajo la bragueta su mayor motivo de orgullo?

¿Qué torero no siente placer al hundir sus armas en el cuerpo del toro?

Y siempre ha habido cerebros que en poco se diferencian de un vómito sobre una acera en Pamplona, incluidos los de un buen puñado de políticos, responsables últimos al fin de cada gota de emesis, sangre y semen causantes de dolor durante estas jornadas dantescas.

Lo más desolador por la carga de tolerancia y hasta de apoyo que conlleva es que los sanfermines sean vistos por gran parte de la sociedad como cultura y diversión exentas de conductas delictivas y de maltrato.

Muchos dicen que las mujeres que allí son víctimas de abusos se los han buscado ellas y que hasta fueron consentidos, cual sórdidos remedos de aquel juez que encontró culpable de la violación de una muchacha a su minifalda y no a sus violadores.

Y una inmensidad considera que esos toros no sufren al correr, negando que el encierro les provoca estrés, caídas, golpes, fracturas e infartos, y olvidando (o tal vez no, que sólo callando) que los que no mueran o se rompan durante la carrera serán torturados horas más tarde en la plaza.

Ya no cabe alegar desconocimiento en este asunto. No hay una sola persona de las que están a favor de tales atrocidades que pueda ampararse tras la ignorancia de su comisión. Llegados a ese punto y curándose en salud su estrategia es llamarnos mal patriotas, amargados y "antitodo" a los que estamos en contra. Hay que joderse con sus conceptos del entretenimiento y de la libertad, comparten criterio con aquel sicario colombiano, "Tinta", al que le preguntaron qué se sentía al matar y respondió: "Poder, se siente poder".

Poder... Poder sobre otro hombre, poder sobre una mujer, poder sobre un toro. Aquí como allí. Ellos como él.

Al final, el saldo anual de lo que se percibe como digno de ser preservado para toda esa caterva son docenas de toros martirizados y asesinados, en ocasiones humanos fallecidos, un buen número de heridos siempre, mujeres agredidas sexualmente, peleas y las calles y el mobiliario urbano como tras el paso de Atila y sus hordas.

Al país que abomina del burka para las mujeres (yo el primero) en otras culturas no le inquieta que les arranquen las bragas a la fuerza en sus celebraciones.

El país que llama salvajes a los que cocinan gatos y perros por su gastronomía defiende un final aún más espantoso para los toros en sus tradiciones.

¿Viva San Fermín? No. Este San Fermín tal y como acontece cada año merece la muerte y ser enterrado al lado de otras canalladas que también tuvieron sus días de infausta gloria.

Artículos del autor

Se cierran plazas de toros mientras los taurinos lloriquean un día ante sus dueños y al siguiente los insultan en un intento de que por pena o por coacciones vuelvan a ofrecer espectáculos de tortura en ellas.
Es muy peligroso, además de necio, dudar de la importancia de un diálogo sereno y basado en la razón como primer y mejor método para la resolución de conflictos, pero también es algo habitual que en algunas circunstancias no se establezca bajo esas premisas y por lo tanto sea estéril.
Y no se trata de la frase de un enfermo mental con licencia de armas, como esos a los que Donald Trump, padre de cazadores y firme defensor de la caza, se las quiere conceder, ni de la advertencia de un cazador como aquel que en El Cabanyal (Valencia).
En algunos accidentes aéreos se dictamina que la causa principal es por un factor humano y se le echa la culpa a la tripulación de vuelo.
No soy creyente pero sí abolicionista de la tauromaquia, uno de los dos organismos presentes en la simbiosis que muestra esta felicitación encontrada en una página taurina.
Cada día me asombran menos las reseňas en las noticias sobre cazadores que mataron a alguien (humano) por un quítame allá esos metros de una linde, o líbrame de esos celos de pareja (o de ex), o aparta de mí ese terror a volver a casa un domingo sin algún cadáver en el maletero.
¿Qué sentiría en su conciencia, y en sus entraňas, si ahora saliese a la luz un vídeo inédito de Hitler en el que se le oyese decir:

No hace falta que respondas, sé que no te vale porque no te conviene, como a los ganaderos o empresarios taurinos no les viene bien que se sepan los números reales de la tauromaquia No sé si crees que podrás engaňar a nadie, desde luego a nosotros no, a los indiferentes tampoco aunque ese maltrato no les perturbe, es que ni siquiera a los tuyos, ni a ti mismo, lo único que demuestras es que la historia continúa pariendo nombres que son por sus actos símbolo de vergüenza, violencia, cobardía e hipocresía y tú, Óscar Higares, en lo que te concierne al menos: el maltrato de toros hasta la muerte, no eres mejor.

 
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