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Juan Ignacio Barrasa López
Juan Ignacio Barrasa López
La delgada línea roja entre Ciencia y Filosofía
Einstein y Platón entran en un bar. Cuando el camarero alza la vista y ve a ambos acercarse a la barra, sabe que las cosas se van a poner feas… El resto de clientes habituales se esfuman rápidamente intentando evitar ser víctimas de un duro ataque dialéctico. Pero a ellos dos les encanta ese juego. Luchan por quedar como el “gallo” del corral frente al resto de parroquianos.

“¡Hombre, Einstein! ¿Cómo te va? Te veo regular…Ya no eres la “sombra” de lo que eras…”, dijo Platón en tono sarcástico. “Bueno, ya deberías saber que eso es relativo. De los dos, yo soy quien tiene mejor físico”, respondió Einstein. Aquello era sólo el comienzo. Ambos se enzarzaron en una enconada discusión acerca de la importancia de sus respectivas áreas de estudio frente a las carencias de las de su adversario. Mientras Platón argumentaba que la Ciencia es incapaz de explicar algunos de los conceptos que ella misma ha creado y, por tanto, debe asumir que en muchas ocasiones se apoya en la filosofía, Einstein respondió con una frase de su amigo Richard Feynman: “La Filosofía de la Ciencia es tan útil para los científicos como la ornitología para los pájaros…”.

“No me hagas tirar de la cuerda”…, respondió Platón. “Ya sabes a lo que me refiero. Explícame entonces esa fantástica Teoría de Cuerdas de la que tan orgullosos estáis”. A Einstein le cambió el gesto súbitamente. Sabía que Platón acababa de meter el dedo en la llaga. Apuró un último trago de su cerveza y abandonó el local murmurando: “¡No tengo tiempo (ni espacio) para discutir con este individuo!

Habría sido genial poder ser testigo de un encuentro como este. Por desgracia, aquellas dos grandes mentes nacieron separadas por muchos siglos de diferencia. Aunque estoy seguro de que, de haberse conocido, habrían sido más amigos que enemigos. Pero en cuanto al tema que hoy nos ocupa, desde luego que habría generado un encendido debate entre ambos. Hace tiempo leí un texto que definía de forma muy gráfica los conceptos de filosofía, metafísica, teología y ciencia. El texto decía que la filosofía es como entrar en un cuarto oscuro buscando un gato negro. La metafísica sería como entrar en un cuarto oscuro buscando un gato negro que no está ahí. La teología entraría en un cuarto oscuro buscando un gato que no está ahí, pero gritaría “¡lo encontré!” e intentaría convencer al resto de que es cierto. Finalmente, la ciencia consistiría en encender la luz del cuarto para ver qué demonios hay dentro… Pero, ¿qué ocurre cuando la ciencia no encuentra el interruptor? O quizá, simplemente no tenga a su disposición bombillas lo suficientemente potentes como para iluminar el cuarto…

Probablemente nos encontremos actualmente ante una de las mayores disyuntivas entre Ciencia y Filosofía que ha tenido que encarar la Ciencia moderna, y que tiene que ver con esa teoría a la que Platón se refería en la discusión del bar: la “Teoría de Cuerdas”. Durante varias décadas la física ha intentado unificar en una única gran teoría dos de sus campos fundamentales: la física cuántica y la relatividad general. O, simplificándolo burdamente, la física que ocurre a pequeña escala (atómica y subatómica) y la que ocurre a gran escala. A través de varias aproximaciones matemáticas, la física teórica ha generado una teoría que parece dar respuesta a este conflicto. Según la teoría de cuerdas, todo el universo está repleto de diminutas cuerdas unidimensionales, cuya diferente vibración da lugar a distintos tipos de partículas (salvando las distancias, podría compararse con las cuerdas de la guitarra, cuyas vibraciones generan notas diferentes). El concepto de cuerdas unidimensionales ya es difícilmente comprensible fuera del ámbito matemático. Pero aún más complejo es el hecho de que, para que esta teoría sea cierta, es necesaria la existencia de siete dimensiones. Según los físicos de cuerdas, tras el Big Bang cuatro dimensiones se expandieron a gran escala (a saber, las tres dimensiones espaciales y el tiempo). Las otras cuatro habrían quedado encerradas en pequeñas burbujas multidimensionales conocidas como espacios de Calabi-Yau (en honor a sus descubridores).

Sólo hay un “pequeño problema”, y es que esta teoría es imposible de demostrar empíricamente. Según el modelo teórico, estas cuerdas tendrían un tamaño de 10 -30 m (distancia de Plank). El aparato más potente que existe en la actualidad, el famoso colisionador de hadrones (LHC) que demostró recientemente la existencia del bosón de Higgs, tiene un límite de detección alrededor de 10 -15 m.

No voy a profundizar en la teoría de cuerdas porque, sinceramente, ni yo mismo soy capaz de comprender toda su complejidad. Pero mencionaré que la física postula otras teorías demostradas matemáticamente, como la Teoría de los Multiversos (nuestro universo no es el único que existe…), que tampoco pueden ser demostradas experimentalmente. Y es aquí donde los propios científicos comienzan a preocuparse y plantearse si realmente estas teorías son “auténtica” Ciencia. El pasado mes de Diciembre tuvo lugar en Múnich un congreso donde importantes científicos y filósofos debatieron acerca de este problema. El germen de esta reunión fue un incendiario artículo publicado en Nature en 2014. Sus autores, el cosmólogo George Ellis y el astrónomo Joseph Silk, lamentaban el “preocupante giro” que estaba tomando la física teórica. Según los autores, algunos científicos consideran que, si la teoría es suficientemente elegante y explicativa, entonces no es necesario demostrarla experimentalmente. Pero, obviamente, esto queda totalmente fuera del método científico y mucho más cercano a la filosofía.

Para que una teoría científica sea considerada válida, es requisito indispensable que exista algún experimento que permita comprobar si dicha teoría es falsa, como muy bien argumentó el filósofo Karl Popper en los años 30. Está claro que no podemos afirmar categóricamente que la Teoría de Cuerdas sea falsa simplemente porque no tengamos actualmente la tecnología suficiente para poder demostrarla. El mismo Einstein declaró en el momento que propuso la Teoría de la Relatividad:

“Estoy convencido de que el conocimiento puro puede atrapar a la realidad”, y muchos años después, su teoría fue demostrada al observar la curvatura de la luz al aproximarse a una estrella. Hasta ahí estamos de acuerdo. El problema es que los físicos teóricos están actualmente empleando los principios de lo que se conoce como estadística Bayesiana, donde la probabilidad de que una predicción sea cierta se basa en datos anteriores y posteriormente se revisan dichas estimaciones a medida que se obtienen nuevos conocimientos. Pero, a falta de datos experimentales, algunos científicos están empleando factores exclusivamente teóricos, como la consistencia interna de la teoría o la ausencia de alternativas plausibles, para actualizar esas estimaciones. Es en estos casos donde existe una delgada línea roja entre Ciencia y Filosofía.

Tras el congreso de Múnich no parece haberse sacado mucho en claro. Algunos asistentes proponían una actualización del actual método científico. Pero, como bien señaló el historiador de la Ciencia Helge Kragh, “Históricamente ya se ha sugerido con anterioridad la necesidad de encontrar nuevos métodos para la Ciencia, pero los intentos de reemplazar la testabilidad empírica por otros criterios han fracasado siempre”.

Sólo el tiempo nos dirá si estas teorías son ciertas. O quizá nunca podamos demostrarlas. O puede que necesitemos reinventar el método científico. ¿Ven? ¡Ya me estoy poniendo a filosofar! Mejor me voy a encender la luz de mi laboratorio…

Artículos del autor

Y no es otra que el gran “Circo” en que se está convertiendo el sistema científico.

La realidad siempre supera a la ficción y, aquello que siempre nos pareció una quimera, es ahora posible en un laboratorio. A lo largo de las dos últimas décadas los avances en Biología, y más concretamente, en el campo de la Genética, han revolucionado nuestra manera de entender la Vida y la Evolución.
 
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