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Etiquetas:   Ciencia   -   Sección:   Opinión

Vida a la carta

Tres recientes avances científicos ponen de manifiesto que diseñar vida no es “sólo” juego de Dios
Juan Ignacio Barrasa López
@juan_barrasa
jueves, 18 de agosto de 2016, 09:26 h (CET)
La realidad siempre supera a la ficción y, aquello que siempre nos pareció una quimera, es ahora posible en un laboratorio. A lo largo de las dos últimas décadas los avances en Biología, y más concretamente, en el campo de la Genética, han revolucionado nuestra manera de entender la Vida y la Evolución.

Ya en 2010, Craig Venter (presidente y fundador de la compañía Celera Genomics) impactó a la sociedad científica con la noticia de haber creado por primera vez un organismo artificial. El grupo de Venter diseñó un genoma sintético y lo insertó en una bacteria vacía, dando vida al microorganismo Mycobacterium laboratorium: primera forma de vida creada y patentada por el ser humano. Pero, por si eso fuera poco, en Marzo de este año la revista Science publicaba en sus páginas un artículo del propio Venter en que se mostraba la creación de la forma de vida más sencilla posible. Una bacteria sintética con el genoma más pequeño que pueda encontrarse en cualquier otra célula de la naturaleza. ¡Tan sólo 473 genes! (salvo excepciones, una célula humana tiene de media unos 20000 genes).

Otra categoría de vida sintética es aquella que fusiona elementos vivos con dispositivos tecnológicos. En este sentido, un grupo de investigadores estadounidenses presentó en Julio de este año el desarrollo de un organismo sintético mitad animal, mitad máquina. Este pequeño organismo, bautizado con el nombre de Robotic Ray, está compuesto por un endoesqueleto de oro y un cuerpo creado con un polímero elástico que simula la forma de una raya marina. A su vez, ese cuerpo está revestido por unas 200000 células cardíacas de ratón genéticamente modificadas para responder a estímulos luminosos. De este modo, al aplicar un rayo de luz, Robotic ray se desplaza en la dirección del estímulo a través del movimiento de sus aletas elásticas impulsadas por la contracción sincrónica de los cardiomiocitos. Todo un prodigio de “bioingeniería” que puede observarse en la página web de la revista Science ( Vídeo Robotic Ray).

Pero dejamos para el final el que probablemente sea uno de los mayores avances científicos de las últimas décadas y que, no en vano, permitió a sus descubridoras estar nominadas al premio Nobel de Química en 2015. Se trata de una tecnología que permite modificar un genoma a la carta, lo que actualmente se conoce con el término de “Edición Genética”. Este sistema, conocido como CRISPR-Cas9, se basa en el mecanismo que las bacterias emplean para defenderse de las infecciones víricas. Cuando un virus inserta su material genético dentro de una bacteria, ciertas secuencias son reconocidas por pequeñas moléculas de ARN de la bacteria que, a su vez, se encargan de reclutar a la proteína Cas9. Esta enzima es capaz de cortar el ADN en sus dos hebras. Expresando esta proteína en cualquier organismo vivo, junto con un ”RNA guía” específico para el gen que nos interese modificar, podemos generar mutaciones a la carta. Es más, esta tecnología no sólo nos permite eliminar secuencias de ADN, si no también insertarlas o, según un reciente estudio publicado este mismo mes, mutar una única base. La tecnología CRISPR-Cas9 ya se ha empleado con éxito en numerosos organismos, existiendo incluso un modelo de ratón en el que, aplicando este sistema de edición genética, se puede revertir un tipo concreto de distrofia muscular.

Pero estos avances científicos no están exentos de polémica. Una de ellas es el caso de los mosquitos transgénicos modificados por CRISPR-Cas9 para ser resistentes a la malaria. Una vez liberados a la naturaleza, y gracias a un sistema denominado “gene drive”, serían capaces de sustituir a la población natural de mosquitos y, por tanto, podrían potencialmente erradicar la enfermedad. Pero no todo es tan sencillo. En realidad no podemos predecir con exactitud los efectos de su liberación al medio, tanto sobre la enfermedad como, principalmente, sobre el ecosistema como resultado de la sustitución de una especie natural autóctona. De hecho, la revista Nature publicó recientemente un artículo en el que un colectivo de importantes investigadores alzaba la voz respecto a sus preocupaciones por los potenciales efectos nocivos de esta sustitución de una especial natural por otra modificada genéticamente. Por último, otra cuestión polémica hace referencia al empleo del sistema CRISPR-Cas9 en embriones humanos. Hace unos meses el gobierno británico decidió permitir dicho uso únicamente en el ámbito de la investigación, si bien un grupo de científicos chino ya anunció anteriormente haber desarrollado embriones humanos resistentes al SIDA empleando esta técnica. ¿Significa esto que podríamos producir embriones humanos a la carta? ¿Cuáles son las consideraciones éticas detrás de ello?

La polémica está servida y, del mismo modo que ha ocurrido anteriormente con innumerables avances científicos, siempre existirán voces que se alzarán en contra de aquello que les hace sentir amenazados. Simplemente porque supone un cambio de paradigma en su forma de entender la vida, y ¿a quién no le genera eso miedo? Pero el progreso es inevitable, y los enormes beneficios que estas técnicas pueden generar, principalmente en el ámbito de la salud, no pueden desecharse por simples prejuicios morales. Aun así, no cabe duda de que deberá existir un férreo control, tanto a nivel científico como legislativo, sobre estas aplicaciones biotecnológicas.

Hay quienes piensan que los científicos empezamos a jugar a ser Dios. Pero como decía el medico Aubrey de Grey, “si cambiar nuestro mundo es jugar a ser Dios, ese no es más que otro modo en que Dios nos hizo a su imagen y semejanza”.
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