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Etiquetas:   Crítica de televisión   -   Sección:   Televisión y Medios

El mono imbécil

Hannah Sanel
Redacción
jueves, 16 de marzo de 2006, 14:14 h (CET)
Los chicos de Operación Triunfo (OT) también reciben clases de modales. La profesora come con ellos mientras va intercalando lecciones de cortesía de forma espontánea, según viene al caso. Lo mismo les recomienda no poner los codos sobre la mesa o estar pendientes del agua del vecino que les cuenta cómo dejar pasar a las damas primero es una costumbre que viene de la fortaleza biológica del hombre frente a la mujer.

Los “triunfitos” asienten a todo, sobre ellos pesa la fuerza de las cámaras y la certeza de que después de comer se “desharán” de la profesora y podrán dormir la siesta tirados en las hamacas, con una pierna aquí y otra allá, sin necesidad de más miramientos.

El canal de OT emitía en directo la comida de los chicos con su profesora. Decidí compartir el rato con ellos desde mi comedor, dejar la tele encendida al estilo de aquellas películas experimentales del mítico Andy Warhol, que pretendían crear un ambiente cotidiano, acompañar y para nada contar historias. Aunque en este caso la escena cotidiana traería algunas sorpresas.

Había tensión en la mesa, se percibía una química nula entre la profesora y los concursantes. La profesora no era un dechado de amabilidad. La falta de conexión entre ella y los alumnos derivó en varios encontronazos verbales con Víctor y en unos silencios generales que evidenciaban la falta de conexión con sus alumnos. Y además se estaba televisando, algo que debió poner nerviosa a la profesora.

Fue entonces, casi en los postres, cuando pagó el pato Idaira. La profesora no dudó en “hincar el diente” a la condición de vegetariana de la canaria, pidiéndole explicaciones de su negativa a comer carne, inquiriéndola para que justificara su rareza. Era un modo seguro de romper el silencio, de vencer dividiendo al enemigo: sus callados y fríos alumnos. Primero le dijo que la comprendía, pero a estas buenas maneras pronto le sucedió un fondo muy distinto. En la mente de la profesora, la idea del vegetarianismo le hizo a recordar cómo ella y su hermano hacían rabiar a su otra hermana preguntándose en voz alta de qué color sería el conejo que estaban comiéndose.

A golpe de asociación de ideas, la profesora comenzó a mostrar las raquíticas varillas que sostienen su chiringuito de buenas maneras. Y comenzó todo un carrusel de anécdotas relacionadas con animales. Mientras, Víctor, como oveja vuelta al redil, preparaba una infusión en una tacita bien fina a la activa tertuliana.

Después del gracioso referido del conejo, y de las risas subsiguientes –a excepción de la carita de tristeza de Idaira- la profe continuó con su clase de buenas maneras. Contó que una vez tuvo un mono que era imbécil. Lo trajo su padre de un viaje de África. El padre quedó sin adjetivar, pero el mono quedó archibautizado como rematadamente imbécil. La profesora de modales abría la boca regodeándose en la sílaba central del insulto. No quedó televidente que se perdiera lo “im-bé-cil” que era el mono. “El mono era imbécil”, “Era un mono imbécil”, “qué imbécil era el mono”. La imbecilidad del mono se debía a que se escapaba de la jaula, que no dejaban de abrirle la profesora y sus hermanitos.

Después le tocó el turno a su perra. Un animalito que la adora pero que a su juicio es “idiota”. “Mi perra es idiota”, “Mi perra es idiota”, “Mi perra es idiota”, reiteraba la profesora, una y otra vez. La idiotez de la perra, esta vez, se debía a su reacción de ladrar a los extraños, sobre todo a los criados inmigrantes que limpian su casa.

Como colofón, la profesora de buenas maneras contó que a su hermana le regalaron un leoncito en una tómbola. A estas alturas de la conversación era una tentación irresistible pensar, amén de otras cosas, si no habría obtenido ella el título también en tan terrorífica tómbola.

El mono “imbécil” resultó haber acabado en el chalet de la hermana, comido por el leoncito. Idaira fue la única que comentó lo triste de la narración. La profesora pretendió tranquilizarla, diciéndole que no se lamentara, que nadie de la familia soltó “ni una lagrimita por el mono”, que era un mono imbécil. Al padre, como era de esperar, siguió sin adjetivarlo.

Los chicos, ante la intensidad de los monólogos de la profesora, como corresponde a unos buenos alumnos, quisieron intervenir con sus propias anécdotas, eso sí, mucho más de andar por casa. Y llegó el turno de los perros y los gatos. La profesora pontificó que los gatos no se acercan a uno ni aún siendo cortés con ellos. Su gran desconocimiento de estos pequeños felinos le impedía saber que, como seres inteligentes que son, no se dejan seducir por las simples formas, información que invalidaba su pretendida sentencia sobre la conveniencia de un perro antes que la de un gato.

Ni los gatos ni otros seres inteligentes aprobarían el método de enseñanza de esta profesora, que concibe las maneras de forma vacua. Su concepto de etiqueta basado en la premisa de “las damas primero”, la jerarquía y el poder deja de lado la principal regla de oro de las buenas maneras, que no es otra que la de tratar a los demás de la forma en que a usted le gustaría ser tratado.

Esta profesora parece olvidar que los buenos modales sólo tienen sentido si nos hacen más humanos y que, sobre todo, el mejor modal es ser uno mismo. El problema viene cuando siendo uno mismo se ofrece un panorama tan desolador como el que hemos podido presenciar en esta comida.

El intento de la Academia por dar clases de buenos modales no deja de ser una pantomima de enseñanza. Los buenos modales son mucho más que no apoyar los codos sobre la mesa o el uso de un lenguaje culto. Son el primer paso para el comportamiento civilizado y la demostración de nuestra consideración hacia los seres que sufren, incluyendo a los animales. No se aprenden automáticamente, son el culmen de una educación integral, inteligente, generosa y solidaria.

La chabacanería, los tonos agresivos y el no ser capaz de ponerse en los zapatos de los demás son actitudes que ninguna etiqueta social logra disimular. El resultado de este experimento de buenos modales para los “triunfitos” ha resultado, con una profesora como la elegida, un espectáculo bochornoso. Es lo que tiene el canal de OT, que te permiten ver cosas que luego no son nunca seleccionadas para los resúmenes. No hay que pensar mucho para darse cuenta de por qué esta media hora nefasta ha llegado a nuestras casas. Lo ha permitido un efecto no deseado e inevitable del directo.

La Academia sigue rezumando un fondo dudoso, pese al esfuerzo realizado para salvar las apariencias. Las formas no son infalibles, sin embargo. Acaba descubriéndose lo que hay debajo. No puede simularse ser lo que no se es. No por mucho tiempo. La directora de castings, la tan criticada Noemí Galera, por ejemplo, no sabe guardar las formas porque tampoco sabe de fondos. Idaira fue su víctima, como ya lo fueron otros muchos que no pasaron las primeras pruebas del casting.

Sospecho que los dueños de la productora no han sido nada exigentes al seleccionar al personal, incluida a la Galera. O no han sabido hacer las pruebas correctas o, también es muy posible, tienen lo que se merecen.
También la selección de los triunfitos ha sido torticera. Bajo las apariencias de búsqueda de nuevos talentos se esconde la prioridad de todo negocio: obtener beneficios. Los chicos son carne de cañón para el programa, chicos con características apropiadas al medio audiovisual, que aceptan quemar su imagen cargando con la etiqueta de eternos aprendices. Y que han de sacrificar el mayor tesoro que posee todo cantante que aspira al éxito: el glamour, el secreto que alimenta la llama de la admiración por parte del público.

No se buscan cantantes con alma, que enamoren, que sean especiales, originales, artistas, en suma. No se buscan fondos. Se buscan formas. Se buscan caras bonitas, jóvenes, con voces plastificadas, clonadas de otras ya famosas pero no tan buenas como éstas. Carbón para la hoguera de su negocio.

Por eso, luego, con una promoción tan espectacular como la que brinda el programa, ninguno triunfa. Acaban como la paloma de Alberti, perdidos, creyendo norte el sur. O como el pobre mono “imbécil”, desorientados, sacados de su hábitat, entre las fauces de un leoncito cualquiera. Nadie derramará tampoco ni una sola lagrimita por ellos.

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